Todos temen a la extrema derecha, pero nadie se pregunta por qué crece
¿Qué están haciendo mal los partidos tradicionales —y especialmente la izquierda— para que millones de ciudadanos hayan decidido dejar de votarles?
La victoria electoral de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt —región denominada Alta Sajonia—, con el 44% del voto, ha vuelto a hacer sonar todas las alarmas, más del doble que en las elecciones anteriores, y se quedó muy cerca de la mayoría absoluta, sobre una participación del 80%, lo que legitima el resultado más si cabe. Por tanto, no estamos hablando de un pequeño grupo testimonial ni de una protesta pasajera, sino de una fuerza política respaldada por casi la mitad de los electores que acudieron a las urnas. (reuters.com)
La primera reacción de la izquierda europea y de buena parte de los medios de comunicación que le son afines ha sido la acostumbrada: miedo, indignación, condena y llamamientos a construir un nuevo cordón sanitario.
Todo eso puede resultar comprensible. Europa conoce demasiado bien las consecuencias que pueden tener los extremismos cuando alcanzan el poder. Hay razones legítimas para preocuparse ante discursos xenófobos, autoritarios o contrarios a los principios fundamentales de la democracia liberal.
Pero la preocupación no sustituye al análisis.
Y llamar extremistas a los votantes tampoco sirve para recuperarlos.
Existe una explicación especialmente cómoda para interpretar el auge de la extrema derecha: millones de europeos se han vuelto de pronto racistas, insolidarios, autoritarios y enemigos de la democracia.
Es una explicación sencilla porque absuelve de toda responsabilidad a quienes han gobernado durante los últimos años. Si el problema reside exclusivamente en la maldad, la ignorancia o la manipulación de los votantes, los partidos tradicionales no necesitan cambiar nada. Les basta con continuar impartiendo lecciones morales y esperar que los ciudadanos regresen arrepentidos.
Pero quizá no regresen.
Tal vez una parte importante de esos ciudadanos no se haya convertido súbitamente en extremista. Quizá simplemente esté enfadada, decepcionada o cansada. Quizá lleve años intentando expresar unas preocupaciones que no encuentra reflejadas en el discurso político convencional.
La inmigración desordenada, la inseguridad, el deterioro de los servicios públicos, el precio de la vivienda, la pérdida de empleos industriales, el empobrecimiento de las clases medias, el coste de determinadas políticas medioambientales o la sensación de que las decisiones importantes se adoptan cada vez más lejos del ciudadano son problemas reales.
Se puede discutir su magnitud. Se pueden rechazar las soluciones que propone la extrema derecha. Lo que no se puede hacer es fingir que esos problemas no existen o descalificar a quienes hablan de ellos.
Cuando la política democrática se niega a escuchar determinadas preguntas, aparece alguien dispuesto a ofrecer respuestas. Aunque sean malas respuestas.
Y eso ocurre porque hay una izquierda que ya no habla como la izquierda. Durante buena parte del siglo XX, la izquierda europea representó a los trabajadores, a las clases populares y a quienes temían perder su empleo, su vivienda o su seguridad económica. Hablaba de salarios, fábricas, barrios, pensiones y condiciones de vida.
Hoy, demasiadas veces, parece más cómoda en los debates culturales y simbólicos que en los problemas cotidianos. Ha sustituido parte de su antiguo lenguaje social por otro cargado de conceptos que mucha gente apenas reconoce como propios. Mientras tanto, algunos de sus votantes tradicionales sienten que sus preocupaciones son recibidas con paternalismo, cuando no con abierto desprecio. Demasiado woke.
El resultado es una paradoja inquietante: partidos nacionalistas y populistas están conquistando antiguos territorios electorales de la izquierda. No necesariamente porque los trabajadores hayan abrazado de repente todas las ideas de la extrema derecha, sino porque creen que, al menos, esta los escucha. Después podremos discutir si los manipula, si exagera sus temores o si ofrece soluciones inviables. Pero antes habrá que reconocer que ha sabido entrar en barrios, fábricas y regiones donde la izquierda había dejado de estar emocionalmente presente.
La extrema derecha no siempre gana porque convenza. A veces gana porque los demás han dejado de convencer.
Así, es como, tras cada avance electoral, se repite la misma estrategia por parte de la izquierda: aislar a la formación vencedora, impedir que gobierne y reunir a todos los demás partidos en una coalición defensiva.
Puede ser legítimo que las fuerzas democráticas se nieguen a pactar con organizaciones que consideran incompatibles con sus principios. Pero el cordón sanitario solo actúa sobre la consecuencia, no sobre la causa.
Además, cuando una formación consigue cerca de la mitad de los votos, aislarla parlamentariamente puede alimentar precisamente el relato que la hizo crecer: el de unas élites dispuestas a cualquier alianza con tal de impedir que gobierne la opción elegida por una parte considerable de la población.
Se puede excluir a un partido de un gobierno. Lo que no se puede hacer es excluir indefinidamente de la conversación pública a sus votantes.
La pregunta no debería ser únicamente cómo impedir que gobierne la extrema derecha. También habría que preguntarse cómo evitar que continúe creciendo. Y para eso no bastan las etiquetas, las advertencias históricas ni las apelaciones al miedo.
Hay que volver a hacer política.
Y aquí es donde los medios de comunicación progresistas participan del mismo error. Analizan minuciosamente los peligros de la extrema derecha, pero dedican mucho menos espacio a estudiar los fracasos de la izquierda.
Cada resultado adverso se presenta como una nueva demostración de la manipulación de las redes sociales, de las campañas de desinformación o de la ignorancia del electorado. Rara vez se contempla la posibilidad de que los ciudadanos hayan entendido perfectamente las opciones disponibles y hayan votado, precisamente, contra quienes llevan años explicándoles lo que deben pensar.
También existe una diferencia evidente en el lenguaje. Cuando avanza un partido de izquierda, se dice que la sociedad reclama un cambio. Cuando avanza uno de extrema derecha, se afirma que la sociedad ha sido manipulada.
Tal vez haya manipulación, simplificación y propaganda. Siempre las ha habido en política. Pero atribuir millones de votos exclusivamente a la credulidad de los ciudadanos constituye otra forma de no escucharles.
La izquierda europea tiene derecho a estar preocupada. Más aún: tiene el deber de combatir democráticamente cualquier propuesta que amenace las libertades, la convivencia o la igualdad ante la ley.
Pero también tiene la obligación de preguntarse por qué ha perdido la confianza de tantos ciudadanos.
Tendrá que examinar su política migratoria, su relación con las clases trabajadoras, su aceptación de determinados excesos identitarios, su alejamiento de los problemas materiales y su tendencia a confundir superioridad moral con mayoría social.
Tendrá que preguntarse por qué tantos europeos creen que pueden hablar con libertad de casi cualquier cosa, excepto de aquello que verdaderamente les preocupa.
Y deberá hacerlo sin llamar ignorante, fascista o retrógrado a todo aquel que formule una pregunta incómoda. Porque la democracia no consiste en elogiar al pueblo cuando vota correctamente y regañarlo cuando no lo hace.
La extrema derecha puede crecer alimentándose del miedo, del enfado y de la frustración. Pero esos sentimientos no los ha inventado ellos. Los han encontrado abandonados en una parte de la sociedad a la que otros partidos dejaron de prestar atención.
Todos parecen muy asustados por el auge de la extrema derecha. Es razonable que lo estén.
Lo verdaderamente sorprendente es que todavía haya tan pocos dispuestos a mirarse al espejo y preguntarse qué han hecho para contribuir a ese auge. Porque si la única respuesta de la izquierda consiste en condenar a la extrema derecha, levantar cordones sanitarios y despreciar a sus electores, podrá sentirse moralmente satisfecha.
Pero seguirá perdiendo elecciones.
Comentarios
Publicar un comentario