EL GORRO AMARILLO Y EL CODIGO INQUEBRANTABLE.


Cada escritor tiene sus rituales: unos encienden velas aromáticas, otros beben café hasta perder la noción del tiempo, y algunos prefieren el silencio absoluto. Pero yo, bueno… yo tengo mi propio escudo de invencibilidad: un gorro de lana amarillo fosforescente. No es un gorro cualquiera, ni siquiera uno llamativo por su diseño —aunque brille en la oscuridad como si fuera una señal de neón—, sino un emblema sagrado que marca el inicio oficial de mis sesiones de escritura.

Cuando me lo pongo, se activa el “modo no molestar”. Es un acuerdo tácito conmigo mismo y con el mundo: nadie se acerca, nadie interrumpe, nadie me roba ni un solo pensamiento. ¿Por qué? Porque el gorro brilla intensamente, casi cegando, y envía un mensaje claro y preciso: “Precaución. Aquí hay un escritor trabajando, cualquier interacción será enfrentada con firmeza y, posiblemente, sarcasmo”.

Esta prenda se ha convertido en mi talismán, en mi armadura contra distracciones y quebrantos creativos. Sin embargo, esa brillantez nocturna no hace que sea menos cómico. En las oficinas, ya casi todos conocen mi peculiar hábito. Mis compañeros de trabajo caminan con cuidado cuando me ven con el gorro puesto, intentando no llamar mi atención para evitar encarar una “mirada mortífera” que sólo un escritor en trance puede exhibir.

Una noche, mientras intentaba terminar un capítulo crucial para mi novela, mi perro, llamado Pol, decidió que era el momento ideal para practicar sus habilidades de ninja doméstico. Saltó sobre mi teclado justo cuando estaba en medio de una frase dramática y trascendental: “Y entonces, en el momento exacto, el héroe…” ¡Crash! El golpe inesperado apagó la computadora portátil y me dejó en penumbras junto a mi luminoso gorro.

La situación fue absurda. Ahí estaba yo, con el gorro resplandeciendo como un faro, una computadora que no respondía y un perro que parecía decir: “¿y ahora qué?”. En ese instante, recordé por qué uso el gorro: no solo para ahuyentar a los demás, sino para concentrarme y reírme de los imprevistos que surgen en el proceso creativo.

Así que, sin más remedio, apagué la luz, abrí un cuaderno viejo y empecé a escribir a mano, mientras Rayo ronroneaba feliz a mi lado, iluminados ambos por el resplandor fosforescente de mi gorro de precaución.

Desde entonces, el gorro no solo es mi escudo contra interrupciones, sino también el símbolo luminoso de que, a veces, la creatividad necesita un poco de humor, paciencia y un perro travieso para brillar de verdad.

Y así, con el gorro puesto y una sonrisa en el rostro, sigo escribiendo historias que, espero, hagan que el mundo se ría un poquito más, siempre bajo la luz de mi lámpara fosforescente particular.


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