CRONICAS FALLERAS. UNA DEFENSA DE LO QUE SOMOS.
Ayer acabaron las Fallas y hay algo que todos los años me incomoda.
Es el relato.
Ese que reduce las Fallas a borracheras, a verbenas descontroladas, a noches sin medida. Ese que simplifica una tradición centenaria hasta convertirla en un ruido molesto, en una excusa para el exceso, en algo que poco tiene que ver con lo que realmente somos los falleros.
Y no.
Las Fallas no son eso.
O, al menos, no deberían serlo.
Porque detrás de cada falla hay un año entero de trabajo. Detrás de cada casal hay convivencia, esfuerzo, compromiso. Detrás de cada acto hay historia, cultura y una forma de entender la vida en comunidad.
Ser fallero no es salir a beber sin control durante una semana.
Es entender que formas parte de algo mucho más grande que tú.
El problema no es que exista la fiesta —porque las Fallas son, y deben ser, fiesta—. El problema es cuando el ruido tapa el sentido. Cuando el exceso sustituye al respeto. Cuando quienes no conocen la esencia terminan marcando la imagen de todos.
Y ahí es donde no podemos mirar hacia otro lado.
Es responsabilidad de los falleros, en primer lugar.
Porque somos nosotros quienes debemos marcar el límite. Quienes debemos recordar, dentro y fuera del casal, que todo vale… hasta que deja de valer. Que la libertad no puede convertirse en descontrol, ni la celebración en falta de respeto hacia la ciudad, hacia los vecinos o hacia la propia fiesta.
Pero también es responsabilidad de quienes organizan y representan.
No basta con celebrar y promocionar. Hay que proteger. Hay que ordenar. Hay que tener el valor de poner freno cuando es necesario, aunque no sea lo más popular. Porque preservar una tradición no es solo mantenerla viva, es cuidarla de aquello que la desvirtúa.
Las Fallas han sobrevivido generaciones enteras porque tenían un sentido.
Un equilibrio.
Una identidad clara.
Si permitimos que se diluyan en el exceso, en la banalización, en el “todo vale”, estaremos perdiendo mucho más que una fiesta. Estaremos perdiendo una forma de ser, de convivir, de construir comunidad.
Y eso no se recupera fácilmente.
Se trata de recordar qué es lo que estamos celebrando.
De volver a poner en el centro lo que de verdad importa: la cultura, el esfuerzo colectivo, la tradición, el respeto.
Porque las Fallas no necesitan más ruido.
Necesitan más conciencia.
Y quizá ha llegado el momento de decirlo alto y claro:

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