Ellos sí estaban donde había que estar

 

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Hay países que descubren a sus héroes demasiado tarde. Normalmente, cuando ya no pueden volver a casa.

Ayer, dos guardias civiles murieron en una persecución contra el narcotráfico. Dos hombres que salieron a trabajar sabiendo algo que muchos prefieren ignorar: que hay una parte de España donde el Estado se sostiene únicamente porque todavía quedan personas dispuestas a ponerse delante del miedo.

Mientras nosotros tomábamos cervezas, discutíamos de política o mirábamos el móvil, ellos perseguían a quienes convierten nuestras costas en corredores de droga, dinero y violencia. Y lo hacían en inferioridad. Siempre con menos medios de los necesarios, con jornadas interminables y bajo una presión que rara vez ocupa titulares más de cuarenta y ocho horas.

Pero estaban allí.

Porque alguien tiene que estar.

El narcotráfico ya no es aquella imagen romántica y casi folclórica que durante años algunos quisieron vender. No son lanchas rápidas y dinero fácil. Es corrupción. Es intimidación. Es armas. Es destrucción silenciosa de barrios enteros. Es la normalización del miedo. Y frente a eso, quienes primero llegan casi siempre son ellos: guardias civiles, policías, agentes anónimos que saben que cada operativo puede torcerse en segundos.

Ayer se torció.

Dos familias recibieron la peor noticia posible. Dos compañeros tendrán hoy un silencio distinto en el cuartel. Dos huecos imposibles de llenar.

Y, sin embargo, incluso ahora, habrá quien convierta la tragedia en discusión partidista, quien utilice las muertes para atacar al adversario político de turno, quien reduzca el dolor a un argumento de tertulia. Es la enfermedad de nuestro tiempo: todo dura poco, incluso la dignidad.

Pero hay algo que debería quedar por encima de cualquier ideología.

El respeto.

Respeto por quienes aceptan un trabajo que exige enfrentarse a lo peor de la sociedad para proteger al resto. Respeto por quienes saben que la palabra “servicio” no es un eslogan, sino una obligación que a veces se paga con la vida. Respeto por unas familias que nunca firmaron ese riesgo y que aun así lo soportan cada día en silencio.

Quizá el verdadero problema de este país es que nos hemos acostumbrado demasiado rápido a que siempre haya alguien dispuesto a sacrificarse por nosotros.

Hasta que un día no vuelve.

Entonces aparecen los homenajes, las banderas a media asta y los discursos solemnes. Todos necesarios, sí. Pero insuficientes. Porque honrar a quienes mueren defendiendo la ley también implica algo más incómodo: dar apoyo real a quienes siguen ahí fuera, exigir medios, protección y una estrategia seria contra organizaciones criminales que hace tiempo dejaron de ser un fenómeno menor.

Ayer murieron dos guardias civiles.

No eran personajes de una serie. No eran cifras. No eran un titular pasajero.

Eran hombres que hicieron exactamente aquello que se espera de los valientes: acudir cuando otros retroceden.

España les debe no olvidar por qué murieron.

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