CRONICAS FALLERAS: LA CREMA. CUANDO EL FUEGO LO EXPLICA TODO.
Hay un momento en las Fallas que siempre llega… aunque nunca estés del todo preparado.
Es la cremà.
Durante días hemos vivido alrededor de la falla como si fuera algo eterno. La hemos mirado, enseñado, defendido. Hemos hablado de ella con orgullo, como si fuera una parte de nosotros que había tomado forma en mitad de la plaza.
Y quizá lo era.
Pero esta noche todo cambia.
El ambiente es distinto. Ya no hay la alegría desbordada de otros días. Hay ruido, sí… hay gente, hay música, hay pólvora. Pero dentro de uno mismo aparece algo más callado, más difícil de explicar.
Una mezcla extraña de orgullo y tristeza.
Me gusta estar cerca de la Falla cuando todo está a punto de empezar. Mirarla una vez más, recorrerla con la mirada como si quisiera guardarla entera en la memoria. Cada detalle, cada escena, cada rincón que durante días ha tenido vida.
Porque sabes que en unos minutos… dejará de estar.
Cuando prenden la mecha, el tiempo vuelve a cambiar.
El fuego empieza poco a poco, casi con respeto. Como si también él entendiera que no puede apresurarse. Las primeras llamas suben despacio, iluminando los colores, deformando las figuras, dándoles un último instante de vida diferente.
Y entonces ocurre.
La falla empieza a desaparecer.
Las llamas crecen, el calor se acerca, y ya no hay marcha atrás. Lo que durante meses se pensó, se construyó y se cuidó… se transforma delante de tus ojos.
Y duele.
Duele.
Pero al mismo tiempo, hay algo profundamente hermoso en ese instante.
Porque la cremà no es solo el final de una falla. Es el final de un ciclo. Es aceptar que todo lo vivido ha tenido su momento, su sentido, su lugar… y que ahora debe dejar paso a lo que vendrá.
Miro alrededor y veo a los míos.
Y entonces lo entiendo.
La falla no se pierde en el fuego.
Se queda en nosotros.
En cada conversación, en cada esfuerzo compartido, en cada momento vivido durante el año. El monumento desaparece, sí… pero todo lo demás permanece.
Cuando las llamas se apagan y solo quedan brasas, el silencio dura unos segundos.
Son breves, pero intensos.
Y en ese silencio hay una certeza que todos compartimos, aunque nadie la diga en voz alta:
Mañana empezamos de nuevo.
Porque ser fallero es, precisamente, eso.

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