Serie "Ceuta, algo más que una crisis"

 

Sobre Ceuta se ha escrito prácticamente todo. Conocemos las cifras, hemos visto las imágenes y hemos escuchado las explicaciones del Gobierno, las acusaciones de la oposición y las llamadas de auxilio de quienes viven allí. Los medios de comunicación han reconstruido los acontecimientos desde todos los ángulos posibles y, a estas alturas, resulta difícil aportar una información verdaderamente nueva.

Solo puedo aportar mi visión. Y mi visión parte de tres convicciones que no voy a disimular detrás de ningún eufemismo:

  • Lo ocurrido fue una invasión de facto.
  • Ceuta es España con todas las consecuencias.
  • El Gobierno no estuvo a la altura de su responsabilidad.



1. No es solamente una crisis humanitaria.

Lo ocurrido en Ceuta no puede despacharse con la expresión tranquilizadora de «crisis humanitaria».

Naturalmente que existe un drama humano. Lo hubo en cada persona que se lanzó al mar, en quienes murieron intentando alcanzar la costa, en los menores arrastrados por la multitud y en las familias engañadas con la promesa de que la frontera española estaba abierta. Negarlo sería perder la humanidad. Pero las verdaderas víctimas no son quienes cruzaron la frontera. Presentarlas así, ignorando a quienes sufrieron las consecuencias de aquella entrada masiva, supone aceptar un relato incompleto y profundamente injusto.

Las víctimas principales fueron los ceutíes.

Fueron ellos quienes, sin haber provocado nada, vieron invadida su ciudad. Quienes perdieron de un día para otro la normalidad, la seguridad y la libertad con la que desarrollaban su vida cotidiana. Quienes contemplaron cómo las calles, los servicios públicos y los centros de acogida quedaban desbordados. Quienes tuvieron miedo por sus familias, por sus negocios y por el futuro de una ciudad abandonada durante demasiado tiempo a su suerte.

No conviene invertir las responsabilidades. Quienes atravesaron ilegalmente la frontera pudieron actuar movidos por la necesidad, engañados por falsas promesas o instrumentalizados por mafias y otros intereses. Pero también fueron quienes protagonizaron materialmente la invasión y quienes provocaron, en conjunto, el colapso de Ceuta.

La desesperación puede explicar una conducta; no la convierte automáticamente en legítima ni obliga a ocultar sus consecuencias.

Hubo personas que murieron en el intento y esa tragedia merece respeto. Pero ese dolor no puede utilizarse para borrar del relato a los españoles que permanecieron dentro de la ciudad, soportando las consecuencias de una invasión que no habían buscado ni provocado.

Porque el drama humano también estaba en los hogares ceutíes, en los comerciantes que tuvieron que cerrar, en los trabajadores que no pudieron desarrollar su actividad, en las familias que evitaron y evitan salir a la calle y en unos servicios públicos incapaces de absorber una presión equivalente, en pocas horas, a una parte enorme de la población de la ciudad.

Los ceutíes no aparecieron en las imágenes lanzándose al mar, pero fueron quienes vieron naufragar su normalidad.

Reducir lo sucedido al sufrimiento de quienes entraron significa olvidar deliberadamente el sufrimiento de quienes ya estaban allí. Y también significa ocultar una realidad política esencial: España no tenía solamente la obligación de atender a quienes alcanzaban la costa; tenía, antes que nada, la obligación de proteger a sus propios ciudadanos.

No lo hizo a tiempo.

Por eso, lo ocurrido no fue solamente una crisis humanitaria. Fue una invasión de facto que convirtió a los habitantes de Ceuta en víctimas de la incapacidad del Estado para defender su frontera y garantizar el orden dentro de una ciudad española.

Por eso utilizar el “drama” de los invasores para ocultar la dimensión política y territorial de lo sucedido es faltar a la verdad.

Cuando más de 70.000 personas atraviesan ilegalmente una frontera en apenas dos días, superan los controles, desbordan a las fuerzas de seguridad, colapsan los servicios públicos y obligan al Estado a desplegar al Ejército, no estamos únicamente ante un movimiento migratorio.

Repito. Estamos ante una invasión de facto. Y no utilizo la palabra «invasión» como un recurso retórico. Tampoco como una provocación. La utilizo porque describe lo ocurrido: durante unas horas, una frontera española dejó de existir en la práctica y decenas de miles de personas entraron en nuestro territorio sin autorización y sin que el Estado pudiera impedirlo.

Una frontera que no puede detener una entrada masiva deja de ser una frontera. Y un Estado que pierde temporalmente el control de una parte de su territorio tiene la obligación de reconocerlo, explicarlo y asumir responsabilidades.

Un informe policial conocido posteriormente considera que el movimiento no había sido espontáneo, sino coordinado con el propósito de desbordar los controles fronterizos. También señala la insuficiente presencia de las fuerzas marroquíes y recoge situaciones en las que agentes uniformados parecían orientar el avance de los migrantes. Es posible que esto no demuestre por sí solo la existencia de una orden directa del Gobierno marroquí, pero destruye la pretensión de presentar los hechos como una coincidencia o como la suma casual de miles de decisiones individuales.

Porque decenas de miles de personas no se concentran en una frontera, avanzan simultáneamente y superan los controles por generación espontánea.

Podemos discutir eternamente la palabra. Podemos sustituirla por otra más cómoda, más burocrática y menos comprometida. Podemos hablar de «presión migratoria extraordinaria», «afluencia masiva», «emergencia fronteriza» o cualquier otra construcción diseñada para describir los hechos sin afrontar su significado.
Pero la realidad no cambia porque suavicemos el vocabulario.

Los migrantes, por utilizar un término eufemístico, considerados individualmente, no  declararon una guerra contra España. Muchos fueron utilizados, engañados o empujados por la desesperación. Pero la ausencia de armas y uniformes no elimina el efecto colectivo de lo sucedido: la frontera fue vulnerada, el territorio quedó expuesto y la capacidad del Estado fue superada, por inacción.

Una cosa es la responsabilidad personal de quienes llegaron y otra muy distinta la naturaleza política de una entrada masiva y coordinada.
Confundir ambas dimensiones es una forma de manipulación.

Quienes se oponen a utilizar la palabra «invasión» suelen responder con argumentos humanitarios, como si defender la frontera y auxiliar a las personas fueran actitudes incompatibles. No lo son.

Se puede rescatar a quien se está ahogando y devolverlo después si no tiene derecho a permanecer en España. Se puede proteger a un menor y perseguir a quienes lo utilizaron. Se puede atender a una persona herida y exigir que se cumpla la ley. Se puede ser humano sin ser ingenuo y solidario sin renunciar a la soberanía.

Lo que un país serio no puede hacer es convertir la compasión en una excusa para dejar indefensa su frontera.

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