Serie "Ceuta, algo más que una crisis". 2


2-  Ceuta es España, sin matices ni condiciones.

Hay afirmaciones que no deberían necesitar defensa. Verdades tan elementales que repetirlas parece casi una concesión a quienes pretenden discutirlas. Pero existen momentos en los que callar lo evidente equivale a permitir que otros lo pongan en duda.

Por eso hoy quiero decirlo con toda claridad, sin rodeos, sin complejos y sin pedir permiso a nadie:

¡Ceuta es España!

No es casi España. No es una posesión incómoda situada al otro lado del Estrecho. No es una herencia colonial cuya soberanía deba administrarse con cautela para no irritar a Marruecos. Tampoco es una moneda de cambio destinada a resolver conflictos diplomáticos. Es España.

Porque hay verdades que no necesitan matices, explicaciones cautelosas ni complejas interpretaciones diplomáticas. Verdades que deben afirmarse con serenidad, pero también con absoluta firmeza.

Una de ellas es esta:

¡Ceuta es España!

Lo es jurídica, histórica, política y sentimentalmente. No es una posesión provisional, una anomalía geográfica ni un territorio pendiente de negociación. Tampoco es una concesión que dependa de la voluntad de Marruecos o de la tolerancia de ningún organismo internacional.

Ceuta es una ciudad española y sus habitantes son españoles. Tan españoles como quienes viven en Madrid, Valencia, Sevilla, Bilbao o Barcelona. Cumplen las mismas leyes, pagan sus impuestos, participan en las mismas elecciones y sostienen, con su esfuerzo y su trabajo, el mismo Estado. Tienen las mismas obligaciones y, por tanto, deben disfrutar de los mismos derechos.

Entre ellos, el más elemental: el derecho a ser protegidos.

No puede existir una ciudadanía española de primera y otra de frontera. No puede haber ciudadanos cuya seguridad movilice inmediatamente a todas las instituciones y otros que deban acostumbrarse a convivir con la presión, la incertidumbre y la amenaza permanente.

Sin embargo, Ceuta sigue siendo contemplada demasiadas veces como una España distante.

Sabemos localizarla en el mapa, pero no siempre la hemos incorporado plenamente a nuestra conciencia nacional. La distancia física del territorio peninsular parece convertirse, para algunos, en una distancia política y sentimental. Como si el Estrecho no fuera únicamente un espacio geográfico, sino también una frontera invisible dentro de nuestra propia idea de España.

Nos acordamos de Ceuta cuando Marruecos vuelve a cuestionar su soberanía, cuando se produce una crisis fronteriza o cuando sus calles ocupan los informativos. Durante unos días se suceden las declaraciones solemnes, las visitas institucionales y las promesas de compromiso.

Después, el país vuelve la mirada hacia otro lado.

Y Ceuta permanece allí, defendiendo por sí sola una frontera que no le pertenece únicamente a ella. Porque la frontera de Ceuta no es una frontera ceutí: es la frontera de España y de Europa.

Conviene recordar también que la españolidad de Ceuta no puede ser reducida a una discusión sobre geografía. Si la pertenencia de un territorio dependiera exclusivamente del continente en el que está situado, tendríamos que revisar buena parte del mapa político del mundo.

La historia no se escribe con una regla sobre un atlas.

Ceuta forma parte de España por razones históricas, jurídicas y, sobre todo, humanas. Su vinculación con la Corona española se remonta a siglos atrás, mucho antes incluso de que existiera el Estado marroquí en su configuración contemporánea. Su españolidad no es una improvisación reciente ni el resultado de una ocupación moderna pendiente de resolver.

Pero existe una razón todavía más poderosa que cualquier documento: la voluntad de sus habitantes.

Los ceutíes se sienten españoles. Viven como españoles, piensan como españoles y participan en la vida común de España. Allí ondea nuestra bandera, rige nuestra Constitución y actúan nuestras instituciones. Su españolidad no es una teoría histórica, sino una realidad cotidiana.

No necesitan que desde la Península se les conceda un certificado de pertenencia.

Ya pertenecen.

El verdadero problema no es que Ceuta dude de España. El problema es que, en demasiadas ocasiones, parece que España se olvida de Ceuta. Y ese olvido resulta injusto y peligroso. Injusto porque convierte a miles de españoles en ciudadanos periféricos dentro de su propio país. Peligroso porque la indiferencia transmite debilidad y alimenta las pretensiones de quienes interpretan cualquier silencio como una renuncia.

La soberanía no se defiende únicamente con discursos pronunciados durante las crisis. Se defiende mediante una presencia constante del Estado, inversiones suficientes, servicios públicos dignos, seguridad, comunicaciones y oportunidades de futuro.

Ceuta no necesita declaraciones excepcionales de españolidad. Necesita la normalidad de sentirse atendida todos los días como cualquier otra ciudad española. Necesita que sus ciudadanos no tengan que recordar continuamente al resto del país que existen.

Ningún ceutí debería sentirse obligado a demostrar que es español. Ningún representante público debería hablar de Ceuta con incomodidad o emplear un lenguaje ambiguo para no molestar a Marruecos. La buena vecindad entre países no puede construirse a costa de poner en duda la soberanía de uno de ellos.

España puede y debe mantener una relación de cooperación con Marruecos. Pero esa cooperación debe partir del respeto mutuo, y el respeto comienza por reconocer aquello que no está sujeto a negociación.

¡Ceuta no se negocia!

¡No se entrega!

¡No se abandona!.

La defensa de su españolidad tampoco pertenece a una ideología determinada. No es una cuestión de izquierdas o de derechas, ni una bandera que pueda utilizarse según convenga en cada campaña electoral. Es una responsabilidad nacional que obliga a cualquier Gobierno y compromete a todos los ciudadanos.

Porque España no termina en el Estrecho. También está en las murallas de Ceuta, en sus calles, en sus colegios, en sus hogares y en cada uno de sus habitantes. Está en quienes nacieron allí y en quienes eligieron aquella ciudad para construir su vida. Está en la historia compartida y en el presente cotidiano.

Ceuta no es una parte secundaria de España, ni es una excepción que debamos explicar. No es un territorio extraño cuya pertenencia admita discusión.

Ceuta es España con la misma plenitud que cualquier otra ciudad de nuestra nación. Sus habitantes tienen las mismas obligaciones, pagan los mismos impuestos y poseen los mismos derechos. Su seguridad es nuestra seguridad. Su frontera es nuestra frontera. Su futuro es nuestro futuro.

Por eso debemos decirlo con claridad, pero también demostrarlo con hechos.

¡Ceuta es España!

Sin matices.

Sin condiciones.

Y sin necesidad de pedir permiso a nadie.



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