Y nosotros tan tranquilos
Hay frases que uno lee y piensa: «Hombre, por fin alguien ha dicho algo sensato». Y luego hay frases de Fernando Savater en su artículo en The Objective (https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-08-16/atentos-tontometro-articulo-fernando-savater/) que, además de sensatas, tienen la irritante virtud de obligarnos a levantar la cabeza de nuestras pequeñas preocupaciones para descubrir que, mientras nosotros discutimos sobre si hemos puesto demasiada sal en la tortilla, el mundo está haciendo cosas que hace siglos ni siquiera podían imaginarse:
«Anda que no sucederán cada día cosas que no pasaban desde hace varios siglos y no les damos mayor importancia».
Estoy completamente de acuerdo. De hecho, creo que hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para convivir con lo extraordinario sin que se nos altere lo más mínimo el gesto.
Hace unos siglos, si alguien hubiera dicho que un día podríamos hablar con una persona que estuviera en Australia mientras permanecíamos sentados en calzoncillos en el sofá de casa, probablemente lo habrían quemado por brujo. Hoy hacemos una videollamada, vemos que el otro tiene mala cara y le preguntamos:
—¿Qué te pasa?
—Nada. He dormido mal.
Y seguimos con nuestra vida.
Tenemos en el bolsillo un aparato que permite consultar prácticamente todo el conocimiento acumulado por la humanidad, encontrar una dirección en una ciudad que no conocemos, hacer una fotografía, escuchar cualquier canción grabada en la historia, comprar una lavadora, consultar el tiempo y averiguar, en menos de diez segundos, qué significa una palabra que acabamos de escuchar por la calle.
Y, sin embargo, lo utilizamos principalmente para mirar vídeos de un señor que se cae de una bicicleta.
¿No deja de ser fascinante?
Durante siglos, los seres humanos miraron al cielo preguntándose qué había allí arriba. Algunos hicieron cálculos, otros construyeron telescopios, otros se jugaron la vida intentando demostrar que la Tierra no era el centro de todo.
Ahora tenemos fotografías de galaxias lejanas, sabemos que existen agujeros negros y hemos enviado máquinas a otros planetas.
¿Y qué hacemos?
Discutimos en internet sobre si Plutón debería seguir siendo considerado planeta. La humanidad ha llegado a Marte y nosotros seguimos sin ponernos de acuerdo sobre quién debe bajar la basura.
Eso sí que es progreso.
Pero Savater apunta a algo todavía más interesante: nos hemos acostumbrado a lo extraordinario. Y quizá esa sea una de las características más curiosas de nuestro tiempo.
Cuando yo era niño, tener un teléfono en casa ya era una cosa bastante seria. Había que esperar a que alguien terminara de hablar para poder utilizarlo y, si llamabas a otra ciudad, la conversación parecía una operación financiera.
Hoy llevamos un teléfono que sabe dónde estamos, qué hora es, cuánto hemos caminado, qué hemos comprado, qué música escuchamos y, probablemente, qué intenciones tenemos para el fin de semana.
Y nadie se sorprende. Al contrario. Si tarda tres segundos en cargar una página, nos ponemos de mal humor.
Hemos pasado de considerar milagroso poder hablar con alguien que estaba a veinte kilómetros a indignarnos porque el teléfono no encuentra cobertura dentro de un ascensor.
Eso también es una forma de evolución. ¿O de degeneración?
Todavía no lo tengo claro.
Y ocurre lo mismo con la medicina, los viajes, la ciencia, la comunicación o la tecnología.
Nuestros antepasados tardaban días o semanas en desplazarse de un lugar a otro. Nosotros podemos desayunar en Valencia y cenar en Roma.
Antes, conocer lo que estaba ocurriendo al otro lado del mundo podía tardar meses. Ahora nos enteramos de una catástrofe en cualquier rincón del planeta mientras estamos esperando que termine de calentarse el café.
Antes había que ir a una biblioteca para buscar información. Ahora basta con preguntárselo al teléfono.
Aunque conviene recordar que también podemos preguntarle al teléfono quién ganará el próximo partido, cómo hacer una tortilla sin huevos o si nuestro dolor de cabeza significa que tenemos una enfermedad tropical.
Y ahí la tecnología deja de ser un avance para convertirse en una fuente de ansiedad.
Pero quizá lo más curioso sea que no nos impresionamos. Hemos convertido lo extraordinario en rutina.
Un avión despega, atraviesa continentes y aterriza al otro lado del planeta.
«Bueno, llegaremos sobre las ocho».
Un robot explora Marte. «Mira qué curioso».
Un ordenador escribe, traduce, pinta, compone música y mantiene una conversación. «A ver si algún día aprende de verdad».
Y mientras tanto, seguimos esperando que el camarero nos traiga la cuenta.
Quizá Savater tenga razón precisamente por eso: porque vivimos rodeados de acontecimientos que, vistos desde la perspectiva de cualquier generación anterior, parecerían milagros.
Pero nosotros los hemos incorporado al paisaje, como quien se acostumbra a tener el mar delante de casa y deja de mirarlo. Tal vez nos falte un poco de capacidad de asombro.
No hace falta volver a la Edad Media ni empezar a arrodillarnos cada vez que funciona el microondas. Bastaría con detenernos alguna vez y pensar:
«Oiga, ¿no es un poco increíble todo esto?».
Porque lo es.
Vivimos en una época en la que podemos comunicarnos instantáneamente con alguien que está a miles de kilómetros, viajar a otro continente en unas horas, ver en directo acontecimientos que suceden al otro lado del planeta y acceder en segundos a una cantidad de información que habría vuelto loco de felicidad al más sabio de los antiguos.
Y, sin embargo, probablemente lo que más nos preocupa esta tarde sea que se nos ha quedado sin batería el móvil.
Así que sí, estoy completamente de acuerdo con Savater, con un matiz, os suceden cosas todos los días que hace apenas no unos siglos, sino unos años, habrían sido consideradas imposibles.
Y nosotros, tan tranquilos.
Aunque pensándolo bien, quizá esa sea precisamente la maravilla. Que la humanidad ha conseguido convertir los milagros en cosas normales. Seguramente el problema sea que e, de tanto acostumbrarnos a ellos, hemos terminado por no darnos cuenta. Y eso sí que sería una pena. Porque, después de todo, anda que no están pasando cosas.
Lo raro es que sigamos pensando que no pasa nada.
El verano da mucho de sí.
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