LA NOCHE EN QUE LAS PERSEIDAS FUERON OLVIDADAS



Esta noche ocurre uno de esos acontecimientos que, durante siglos, habrían provocado que nuestros antepasados salieran de sus casas, miraran al cielo y concluyeran que los dioses estaban intentando decirles algo.

¡Esta noche llegan las Perseidas!

Sí, las famosas lágrimas de San Lorenzo. La lluvia de estrellas. Ese espectáculo celeste que el universo lleva millones de años preparando con una puntualidad admirable y que nosotros, como sociedad avanzada, hemos decidido ignorar porque probablemente haya algo más importante que mirar en el móvil.

Y eso es lo verdaderamente extraordinario.

Durante generaciones, el ser humano levantó la cabeza para mirar las estrellas. Hoy levanta la cabeza únicamente cuando escucha que alguien ha dicho su nombre.

Las Perseidas llevan toda la vida cayendo del cielo. Nosotros llevamos toda la vida esperando que algo caiga del cielo: una subvención, un premio de lotería, una solución para la hipoteca, una oferta de última hora en Booking o, si la cosa se pone muy mal, un mensaje de WhatsApp que diga: «Tenemos que hablar».

Pero esta noche, nada. Silencio cósmico. Nadie parece acordarse de este fenómeno estelar anual. Es más, ni siquiera hemos organizado una polémica.

Y eso sí que me preocupa.

Porque vivimos en una época en la que cualquier cosa sirve para discutir. Una nube con forma sospechosa puede generar tres tertulias, cuatro expertos y una guerra civil en Facebook. Un eclipse provoca cientos de fotografías. Una puesta de sol puede convertirse en contenido patrocinado.

Pero llegan las Perseidas y parece que el universo ha mandado una invitación a la que nadie piensa acudir. Seguramente el problema sea que las estrellas no tienen algoritmo, ni tienen TikTok. Tampoco hacen reels, ni aparecen con un código de descuento. Tampoco tienen un influencer explicándonos cómo mirar hacia arriba en siete pasos. Y, sobre todo, no permiten hacer scroll, que según puede averiguar hace tiempo, es el desplazamiento que haces por una página o pantalla para subir o bajar y ver contenido que no cabe de una vez. 

Las Perseidas tienen además un defecto gravísimo para nuestra sociedad: no exigen nada. No compran, ni venden, ni prometen nada. Simplemente aparecen.

Y eso, en estos tiempos, resulta sospechoso.

Uno puede pasar tres horas viendo vídeos de gente que no conoce haciendo cosas que no le interesan, pero le parece una pérdida de tiempo estar veinte minutos tumbado en una hamaca mirando el cielo.

Hemos conseguido, mediante telescopios capaces de fotografiar galaxias a millones de años luz, tener acceso a imágenes del universo entero y, al mismo tiempo, hemos perdido la capacidad de contemplarlo, porque nos cuesta dejar cinco minutos el teléfono sobre la mesa.

Sabemos qué está pasando en Marte, qué ha desayunado un famoso y quién ha dejado de seguir a quién en Instagram. Pero no sabemos cuándo mirar al cielo.

Y quizá por eso las Perseidas hayan decidido venir sin hacer ruido. Porque no hay campaña publicitaria, ni hay comunicado oficial, ni hay rueda de prensa.

No hay un señor con americana diciendo:

Las estrellas han experimentado un crecimiento del 14 % respecto al año pasado y seguimos trabajando para mejorar su experiencia cliente.

No.

Las estrellas simplemente caen. Una detrás de otra.

Como llevan haciendo desde antes de que nosotros descubriéramos la palabra «tendencia».

Y mientras tanto, nosotros estaremos probablemente discutiendo sobre lo que ocurre en Ceuta, sobre política, sobre Sánchez, sobre fútbol, sobre si hace demasiado calor, sobre si alguien ha dicho algo que nos ha ofendido o sobre quién ha visto nuestro mensaje y no ha contestado.

Todo muy importante. Todo absolutamente imprescindible. Y arriba, mientras tanto, el universo haciendo su trabajo.

Quizá esta noche deberíamos salir un rato. Apagar las luces, dejar el teléfono, buscar un sitio oscuro. Y mirar. No para pedir un deseo.

Eso también lo hemos convertido en una especie de trámite administrativo del universo:

«Estrella fugaz. Deseo rápido. Siguiente.»

Quizá simplemente tengamos que mirar.

Porque tal vez el verdadero regalo de las Perseidas no sea que podamos pedir algo, sino que durante unos minutos podamos recordar que existen cosas que no necesitan explicación, opinión, precio ni contraseña. Cosas que están ahí, y que no nos necesitan.

Eso sí que es revolucionario.

Así que esta noche, mientras medio mundo sigue mirando pantallas, sigue mirando un eclipse a través de unas gafas como las de 3D de los cines, quizá unas cuantas personas levanten los ojos. Y descubran que el cielo sigue funcionando perfectamente sin nosotros.

Las Perseidas no se han olvidado de nosotros.

Somos nosotros quienes nos hemos olvidado de ellas.

Y probablemente esa sea la única tragedia verdaderamente cósmica de esta noche.



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