LA CASUALIDAD NO EXISTE… Y ESO ES UNA MALA NOTICIA


Llevaba unos días sin escribir. No porque me hubiera quedado sin ideas —eso sería preocupante—, sino porque una de esas pequeñas conspiraciones de la vida cotidiana decidió ponerse de acuerdo para complicarme la existencia.

Primero apareció un problema. Después, otro. Y cuando el segundo parecía dispuesto a marcharse, llegó un tercero. Probablemente llevaba varios días esperando detrás de una puerta, con una carpeta bajo el brazo y la expresión profesional de quien sabe que todavía no ha terminado su jornada. Finalmente, cuando todo parecía empezar a encajar, apareció la complicación inesperada.

Esa nunca falta. Nadie la llama. Nadie la espera. Aparece sin haberla invitado.

Pero llega.

Y, lo que es peor, suele sentarse en primera fila. Así que durante unos días no pude escribir ni publicar nada en el blog. No fue exactamente un silencio elegido. Fue uno de esos silencios que la vida impone sin consultar.

Eso sí: tuve tiempo para pensar.

En la actualidad política, en la situación social, en todas esas cosas que uno intenta comprender hasta que recuerda que también tiene que hacer la compra, contestar algunos mensajes y encontrar unas gafas que, después de una búsqueda minuciosa por toda la casa, descubre que lleva puestas.

Hay días en los que uno comprende que la civilización occidental depende de que no se pierdan las llaves. Por eso decidí dejar los grandes asuntos para septiembre. O, dicho de una manera menos solemne: pensé que quizá sería mejor dejar que el verano hiciera su trabajo y permitir que la realidad política se deteriorara un poco más por su cuenta. Porque a veces la realidad necesita muy poca ayuda. Así que he decidido escribir sobre cualquier cosa que se me pase por la cabeza.

Me parece más saludable para mí. Y, probablemente, también para mis lectores.

Y fue precisamente entonces cuando empecé a pensar en una cuestión que, aparentemente, no tiene ninguna importancia.

La casualidad.

O, para ser más exactos, la posibilidad de que no exista.

Y ahí empezó el problema.

El misterioso plan de las llaves

Hay personas que creen firmemente que la casualidad no existe.

Yo no sé si tienen razón. Pero sospecho que, si la tienen, estamos ante una noticia bastante preocupante. Porque si nada ocurre por casualidad, entonces alguien —o algo— debe de estar organizando este disparate. Y convendría saber quién.

Por ejemplo: uno sale de casa cinco minutos tarde porque no encuentra las llaves. Busca en la mesa. En el mueble del recibidor. En el bolsillo del pantalón de ayer. En el cajón donde guarda pilas gastadas, facturas antiguas y un cable cuyo dispositivo desapareció hace ocho años.

Finalmente, las encuentra en el bolsillo de la chaqueta que lleva puesta.

Esto ya debería hacernos sospechar que hay una inteligencia superior detrás. O una inteligencia inferior, pero con mucho sentido del humor.

Luego bajas al garaje, arrancas el coche y descubres que el depósito está en reserva. La aguja no marca “poco combustible”. Marca “tu vida depende de una gasolinera”.

Paras a repostar y allí te encuentras con un antiguo compañero de colegio al que no veías desde hacía treinta años. Os tomáis un café. El café está sorprendentemente bueno, lo cual introduce un elemento sobrenatural en la historia.

Ese café hace que llegues tarde a una reunión. En la reunión conoces a una persona que, meses después, terminará siendo importante en tu vida.

Según los defensores de que la casualidad no existe, todo eso tenía que ocurrir.

¿También estaba previsto que no encontrara las llaves?

¿Y que las hubiera metido yo mismo en el bolsillo?

¿Y que el café estuviera bueno?

Porque, si es así, alguien tiene demasiado tiempo libre. Y, sinceramente, podría dedicarlo a arreglar otras cosas.


La casualidad: esa palabra multiusos

La casualidad es una palabra extraordinariamente cómoda. La utilizamos cuando no entendemos algo, cuando no sabemos explicar por qué dos acontecimientos terminan encontrándose en el mismo lugar y en el mismo momento.

—Ha sido casualidad.

Y asunto terminado.

Es una expresión magnífica. Sirve para explicar que te encuentres a tu ex en la boda de tu actual pareja, que el vecino taladre justo cuando te acuestas y que el camarero te traiga exactamente el plato que estabas intentando evitar.

Pero quizá la casualidad sea simplemente el nombre que le ponemos a aquellas cosas cuyas causas todavía no conocemos.

Porque casi todo tiene una explicación. Que conozcamos esa explicación ya es otra cuestión.

Yo, por ejemplo, sé que hay una explicación para que el mando a distancia desaparezca siempre cuando empieza la película. Lo que no sé es dónde está el centro de operaciones de esos pequeños objetos domésticos que se esconden cuando más falta hacen.

También existe la causalidad. Esa es mucho menos simpática.

La causalidad viene a decirnos que las cosas tienen consecuencias y que nuestras decisiones, incluso las más pequeñas, pueden terminar produciendo efectos que jamás imaginamos.

Otro ejemplo: Uno decide no ir a una cena, por esode que no conoce a alguien. Por eso conoce a otra persona. Por eso cambia de trabajo. Por eso acaba viviendo en otra ciudad.

Y veinte años después alguien le pregunta:

—¿Cómo terminaste aquí?

Y uno responde:

—No tengo ni idea.

Pues probablemente todo empezó aquella noche en la que decidiste no ir a cenar porque estabas cansado, llovía y además había que aparcar.

Una decisión aparentemente insignificante.

La humanidad ha cambiado de rumbo por motivos menos importantes. Algunos imperios cayeron por una batalla. Algunas carreras políticas terminaron por una frase. Algunas relaciones comenzaron porque alguien confundió una puerta con otra.


El destino trabaja en horario de oficina

Eso es lo inquietante de la vida: que casi nunca conocemos la importancia de una decisión mientras la estamos tomando. Porque nos creemos protagonistas de grandes acontecimientos, cuando muchas veces nuestro destino está siendo empujado por pequeñas decisiones tomadas mientras estamos pensando en otra cosa.

Una llamada que contestamos. Otra que no.

Un tren que perdemos. Un tren que cogemos.

Una persona a la que decidimos saludar. Otra a la que decidimos no saludar porque creemos que no nos ha visto, aunque nos ha visto perfectamente y además sabe que hemos fingido no verla.

Un “sí” pronunciado sin pensarlo demasiado.

Un “no” del que nos arrepentimos durante años.

Una puerta que abrimos. Otra que dejamos cerrada porque estamos en pijama y no esperamos visitas.

Y luego aparece alguien y dice:

—Qué casualidad.

No, amigo. A lo mejor no fue casualidad. A lo mejor fue simplemente la vida haciendo su trabajo. Aunque sería tranquilizador saber cuál es exactamente el horario laboral de la vida, porque a veces parece que trabaja por turnos, sin coordinación y con una preocupante afición a improvisar.


Todo pasa por algo

También existe quien sostiene que “todo pasa por algo”.

Esta frase suele pronunciarse en momentos especialmente desagradables.

A saber. Se te rompe el coche:

—Todo pasa por algo.

Te despiden:

—Todo pasa por algo.

Te deja tu pareja:

—Todo pasa por algo.

Te suben el alquiler:

—Todo pasa por algo.

Te toca un premio:

—Todo pasa por algo.

Y en este punto conviene detenerse. Porque si todo pasa por algo, sería estupendo saber qué demonios era ese “algo” cuando te toca la lotería. En cambio, cuando te cae una desgracia, enseguida aparecen filósofos dispuestos a explicarte que aquello tenía una finalidad superior.

—Quizá esta experiencia te ayude a crecer.

Naturalmente. Pero si pudiera crecer sin que me atropellara la vida con una excavadora, también lo agradecería.

Es curioso. La causalidad parece mucho más filosófica cuando la desgracia le ocurre a otro. Cuando te ocurre a ti, lo que quieres no es una lección trascendental. Quieres que el banco te devuelva el recibo, que el coche arranque y que alguien deje de decirte que “todo pasa por algo” durante al menos cuarenta y ocho horas.


Nada está escrito… o eso esperamos

Yo prefiero pensar que la vida no está completamente escrita. Que existen causas, consecuencias, decisiones, errores, oportunidades y circunstancias que se cruzan de una manera que jamás podremos controlar del todo. Y que, entre todo eso, aparece algo que llamamos casualidad porque necesitamos ponerle un nombre a lo que no comprendemos.

Pero hay una idea que sí me gusta. Y es pensar que nada ocurre por casualidad no significa necesariamente creer que existe un destino escrito, encuadernado y sellado por una autoridad competente.

Puede significar algo mucho más sencillo: 

Que todo lo que hacemos deja una huella. A veces visible. A veces diminuta. A veces tan pequeña que creemos que no importa. Pero deja una huella.

Una palabra puede cambiar una relación.

Una decisión puede cambiar una vida.

Una persona puede aparecer durante cinco minutos y permanecer en nuestra memoria durante cincuenta años.

Una conversación puede parecer intrascendente y convertirse, con el tiempo, en el momento exacto en que todo empezó a cambiar.

Y quizá ahí esté el verdadero misterio.

No en que las cosas sucedan por casualidad, sino en que nunca sabemos qué acontecimientos aparentemente insignificantes terminarán siendo importantes.


La sospechosa maquinaria de la vida

Por eso quizá deberíamos prestar un poco más de atención. A aquello que aparentemente no es importante. A las conversaciones, a los encuentros, a las decisiones pequeñas, a las personas que aparecen sin avisar, a los lugares donde terminamos llegando casi sin saber por qué. Incluso a las llaves que desaparecen en nuestro propio bolsillo, aunque solo sea para comprobar si detrás de todo esto existe un plan o si, sencillamente, somos bastante torpes.

Porque tal vez la casualidad no exista. O tal vez exista y simplemente sea mucho más lista que nosotros.

Y, puestos a elegir, casi prefiero la segunda posibilidad. Porque si realmente no existe la casualidad, entonces alguien está manejando los hilos. Y después de observar cómo manejamos nosotros algunas cosas —la política, la economía, las relaciones personales y hasta el mando de la televisión—, francamente… no sé si quiero conocer al responsable.

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