El verano dió mucho de sí




El lunes será el último día hábil de agosto y, aunque el calendario se empeñe en recordarnos que el verano continuará todavía unas semanas, todos sabemos que eso es una formalidad astronómica.

El verano verdadero —el de las vacaciones principales, las carreteras llenas, las terrazas abarrotadas y los informativos recomendándonos beber agua como si acabaran de descubrirla— termina con agosto.

Después llega septiembre. Y septiembre no entra de puntillas. Septiembre aparece con una carpeta debajo del brazo, el correo electrónico abierto y una expresión seria. Nos recuerda que hay horarios, obligaciones, reuniones y facturas. Nos obliga a guardar las sombrillas, aunque todavía haga calor, y nos devuelve a esa extraña normalidad en la que todo vuelve a ser urgente.

Por eso, antes de que septiembre llame a la puerta, quiero despedir esta serie de artículos que he titulado **El verano da mucho de sí**.

Y ciertamente ha dado mucho de sí.

Durante estas semanas decidí apartarme un poco de la actualidad política y social. No porque la realidad hubiera dejado de proporcionar motivos para escribir —la realidad española nunca se toma vacaciones—, sino porque también convenía concederse un pequeño descanso, a modo presidencial, a mí como autor y, probablemente, a quienes tienen la paciencia de leerme. Mientras tanto, durante el verano la política tampoco descansa realmente. Simplemente se cambia de camisa, se afloja la corbata y continúa haciendo exactamente lo mismo, pero desde algún lugar con vistas al mar.

Así que opté por escribir sobre asuntos aparentemente más ligeros. Y digo aparentemente porque uno empieza hablando del calor y termina descubriendo una conspiración del lobby de las bebidas, los helados y los productos veraniegos. Escucha en televisión que las temperaturas son elevadas, se toma primero un café y después una Coca-Cola y acaba moviéndose por la casa como el demonio de Tasmania.

Todo, por supuesto, por obedecer responsablemente las recomendaciones de los medios de comunicación.

También hemos contemplado eclipses anunciados durante semanas como si el universo fuera a estrenar temporada. Llegó el momento, la Luna pasó por delante del Sol, todos miramos al cielo con nuestras gafas especiales y, pocos minutos después, regresamos a nuestras ocupaciones con la ligera sospecha de que aquello había durado menos que la publicidad previa.

Las Perseidas también tuvieron su oportunidad. Esas estrellas fugaces que atraviesan el cielo todos los años mientras la mayoría permanecemos mirando la pantalla del teléfono. Y ocurrió algo curioso: levantamos el móvil para fotografiar el firmamento y terminamos sin haberlo visto con nuestros propios ojos.

El verano nos permitió hablar de palabras encontradas por casualidad en una conversación ajena, como aquella maravillosa palabra, **embolatado**, que escuché pronunciar a un desconocido mientras hablaba por teléfono. También hubo espacio para recordar la lectura de los clásicos, obligatoria durante mis años de estudiante y fundamental para adquirir vocabulario, cultura general y, probablemente, algo de paciencia.

Incluso reflexionamos sobre las parejas de antaño, esas que permanecían juntas durante toda la vida y cuyo secreto algunos intentan descubrir ahora mediante publicaciones en Facebook. Mi respuesta recibió quince “me gusta” en veinticuatro horas, todos ellos de mujeres. En la actualidad son bastantes más y siguen siendo todas ellas de mujeres. Podéis comprobarlo. Una coincidencia demasiado perfecta para no resultar inquietante. Tal vez ellas comprendieron mejor la reflexión. O quizá los hombres decidieron que, en ciertos asuntos, la supervivencia consiste precisamente en no pronunciarse.

A lo largo de esta serie hemos hablado, en definitiva, de todo y de nada. De esas pequeñas situaciones que parecen insignificantes, pero que contienen una historia si uno se detiene a observarlas. Porque escribir no consiste siempre en abordar los grandes acontecimientos. A veces basta con escuchar una palabra en la calle, contemplar un eclipse ligeramente sobrevalorado, recordar un libro de juventud o sobrevivir a una mezcla irresponsable de cafeína y refresco.

El verano tiene esa capacidad. Altera los horarios, relaja las costumbres y nos permite mirar la realidad desde un ángulo algo menos solemne. Durante unas semanas, hasta los problemas parecen quedarse en segundo plano, aunque sepamos que continúan esperándonos pacientemente.

Pero agosto termina.

Cuando publique el próximo artículo, ya estaremos en septiembre y habremos regresado al periodo ordinario de actividad. Será el momento de recuperar el pulso de la actualidad política y social, de observar lo que sucede a nuestro alrededor y de comentarlo en la misma línea que ha ido desarrollándose en este blog: con independencia, espíritu crítico y la intención de mirar un poco más allá de los titulares.

Volverán los asuntos importantes, las decisiones inexplicables, las contradicciones públicas, las promesas solemnes y esa inagotable capacidad de nuestros dirigentes para proporcionarnos material.

Eso sí, procuraré no perder del todo el espíritu de estos artículos estivales. La actualidad ya es suficientemente seria por sí misma y, en ocasiones, la ironía permite comprenderla mejor que un discurso solemne. Reírse no significa restar importancia a las cosas. A veces es la única manera de contemplarlas sin resignarse.

Así termina **El verano da mucho de sí**.

Ha sido una pausa, pero no un silencio. Un paréntesis para escribir sobre lo cotidiano, lo absurdo, lo inesperado y esas pequeñas escenas que también forman parte de nuestra vida.

Ahora septiembre se acerca con aspecto de funcionario dispuesto a pedirnos la documentación. Cerremos la sombrilla, guardemos las gafas del eclipse y apartemos la Coca-Cola del café. La actualidad nos espera. Y me temo que también dará mucho de sí.



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