El peligro no está en la playa
Hay artículos que uno termina de leer y piensa: «Pues mira, por una vez, alguien ha dicho algo sensato».
Eso me ha ocurrido al leer el artículo “Porque ya no enseñamos las tetas” (https://social.elpais.com/uln0cm) de Ana Iris Simón en El País. Y reconozco que la frase tiene su mérito, porque vivimos tiempos en los que estar de acuerdo con alguien empieza a ser casi una actividad de riesgo. Sobre todo si la persona dice algo que no encaja perfectamente en el catálogo de opiniones que uno debería tener según el bando al que se supone que pertenece.
Pero vayamos al asunto.
La polémica, aparentemente, está en algo tan trascendental para la supervivencia de nuestra civilización como que algunas mujeres hayan decidido dejar de llevar la parte superior del bikini en la playa.
Inmediatamente aparecen las trincheras habituales. Unos lo presentan como una conquista de la libertad. Otros, como una muestra del deterioro moral de Occidente. Y, por supuesto, siempre hay alguien dispuesto a explicarnos que lo verdaderamente preocupante es que alguien se preocupe por semejante cosa.
Mientras tanto, la industria de la estética observa todo esto desde la distancia, cuenta billetes y probablemente se pregunta cómo hemos conseguido convertir una inseguridad corporal en un modelo de negocio extraordinariamente rentable.
Porque ahí está, a mi juicio, la cuestión que plantea Ana Iris Simón y que comparto. Nos hemos acostumbrado a pensar que cualquier intervención sobre el cuerpo es una manifestación de libertad individual. Y, naturalmente, puede serlo. Cada persona es dueña de su cuerpo y tiene derecho a decidir qué hace con él.
Pero una cosa es tener libertad para elegir y otra muy distinta es que determinadas elecciones se hayan convertido en tan normales que dejemos de preguntarnos por qué sentimos la necesidad de hacerlas.
Y ahí empieza la incomodidad.
Porque durante décadas nos han vendido la idea de que debemos aceptar nuestro cuerpo tal como es. Después, cuando ya casi nos habíamos aprendido el discurso, apareció un pequeño inconveniente: nuestro cuerpo debía aceptarse siempre que coincidiera razonablemente con el cuerpo que aparece en Instagram.
Y si no coincide, no hay problema. Tenemos gimnasio, dietas, filtros, bótox, liposucciones, tratamientos milagrosos. Y, por supuesto, tenemos quirófanos.
Todo muy libre.
Tan libre que miles de mujeres —y también hombres, aunque aquí hablamos principalmente de mujeres— terminan sometiéndose a operaciones para modificar su cuerpo porque el cuerpo que les ha tocado parece no cumplir las condiciones de acceso al mercado de la autoestima.
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Nos escandaliza una mirada incómoda en la playa, pero apenas nos escandaliza una sociedad que lleva décadas enseñándonos que determinados cuerpos son más deseables que otros.
Nos preocupa que alguien mire unos pechos. Y no parece preocuparnos demasiado que millones de personas hayan aprendido a mirar los suyos con complejo.
Hemos convertido el cuerpo en escaparate y después nos hemos sorprendido de que haya espectadores. La cuestión no es, por supuesto, prohibir los implantes, ni censurar los bikinis, ni establecer una policía moral de la playa. Dios nos libre. Bastante tenemos ya con los que se empeñan en decirnos cómo debemos pensar, vestir, hablar, comer y hasta indignarnos.
La cuestión es bastante más sencilla: preguntarnos si realmente somos tan libres como creemos. Porque hay una libertad curiosa que consiste en poder elegir entre veinte productos que previamente nos han convencido de que necesitamos.
Puedes ser como quieras. Eso sí: primero te enseñaremos cómo deberías ser. Puedes aceptar tu cuerpo. Pero antes te mostraremos durante horas cuerpos cuidadosamente seleccionados para que descubras todo aquello que deberías corregir.
Puedes envejecer con naturalidad. Naturalmente, después de pasar por caja para que el envejecimiento no se note demasiado.
Y si alguna vez te preguntas quién ha decidido que una mujer necesita determinados pechos, determinados labios, determinada cintura o determinada juventud para sentirse atractiva, probablemente alguien te responderá que nadie.
Que es una decisión personal. Por supuesto. Como comprar compulsivamente, mirar el teléfono cada cinco minutos, trabajar doce horas al día porque «te gusta», o como endeudarse para tener un coche que impresione al vecino. Todo son decisiones personales. Y quizá ahí está nuestra mayor trampa, porque hemos confundido libertad con capacidad de elección.
No siempre somos más libres porque podamos elegir entre más opciones. A veces simplemente tenemos un catálogo más amplio de cosas que sentimos, que necesitamos.
Por eso me parece interesante la reflexión de Ana Iris Simón. No porque haya que volver a una sociedad puritana en la que todo cuerpo deba ocultarse y cualquier escote provoque un síncope colectivo. Francamente, bastante tenemos ya con la climatología como para añadirle más ropa al verano. Tampoco porque haya que juzgar a una mujer que decide operarse. Cada cual puede hacer con su cuerpo lo que considere oportuno.
Lo interesante es preguntarnos qué está ocurriendo para que tantas personas sientan que su cuerpo necesita ser corregido, aumentado, afinado, rejuvenecido o reconstruido antes de poder sentirse cómodas dentro de él.
Quizá el problema no sea que algunas mujeres se quiten el sujetador en la playa. Quizá el problema sea que hemos construido una sociedad en la que muchas sienten que necesitan entrar en un quirófano para poder quitárselo sin complejos.
Y eso sí debería hacernos pensar.
Porque al final resulta que somos muy modernos, muy tolerantes y extraordinariamente libres. Tan libres que hasta podemos elegir qué complejo queremos tener.
Y si no nos gusta ninguno de los disponibles, tranquilos. Siempre habrá alguien dispuesto a inventarnos uno nuevo.
Eso sí: con financiación en cómodos plazos.
El verano da para mucho.
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