El extraño país al que viajamos cada noche



Después de leer el artículo de Martín Varsavsky sobre el sueño (https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-08-26/misterio-cada-noche-articulo-varsavsky/), uno no sabe muy bien si acostarse tranquilamente o dejar una libreta preparada en la mesilla por si durante la noche se le ocurre la solución a algún problema, la melodía de una canción inmortal o, ya puestos, un invento capaz de cambiar el mundo.

Como mis lectores sabéis, ya he superado los sesenta años, lo que ya me da una perspectiva distinta de las cosas y, después de leer el artículo Varsavsky he llegado a una modesta conclusión: dormir bien se ha convertido en uno de los mayores lujos de la vida. Por experiencia os puedo decir que, cuando somos jóvenes, podemos pasar la noche en vela y presentarnos por la mañana ante el mundo con una ducha, un café y una inconsciencia admirable. A cierta edad, en cambio, una mala noche deja al día siguiente un hombre provisional, mal ensamblado y con menos paciencia de la recomendable. Yo duermo muy mal.

El artículo de Varsavsky comienza con una aparente sencillez: el autor ha dormido nueve horas y se despierta sorprendido por haber descansado tanto. Sin embargo, a partir de ahí nos, conduce hacia una pregunta desconcertante. Pasamos aproximadamente un tercio de nuestra vida durmiendo, pero seguimos sin saber con exactitud por qué necesitamos hacerlo.

Y eso resulta asombroso. Pues hemos enviado sondas fuera del sistema solar, conocemos la composición de estrellas situadas a millones de años luz y somos capaces de conversar con una máquina que responde casi inmediatamente. Pero cada noche apagamos la luz, cerramos los ojos y desaparecemos durante varias horas sin comprender del todo qué ocurre dentro de nosotros.

Dormir es, en realidad, un acto de fe.

Nos tumbamos indefensos, renunciamos voluntariamente al control y confiamos en que, unas horas después, volveremos a abrir los ojos. Mientras tanto, nuestro cerebro aprovecha para hacer limpieza, ordenar recuerdos, reparar daños y proyectar una película privada cuyo guionista parece haber cenado demasiado.

Porque los sueños tienen una lógica propia.

En ellos podemos conversar con personas que murieron hace años, caminar por una casa que nunca hemos visto, volver al colegio, volar sobre una ciudad o presentarnos a un examen de una asignatura que no hemos estudiado. Y aceptamos todo con absoluta naturalidad. Nunca nos detenemos en mitad del sueño para preguntar:

—Perdone, ¿pero qué hago yo aquí desnudo, hablando con mi antiguo profesor de matemáticas y montado en un caballo?

No. Seguimos adelante como si aquello fuera perfectamente razonable.

Lo más curioso es que, mientras soñamos, creemos que esa realidad es verdadera. El cerebro construye decorados, inventa personajes, recupera voces olvidadas y nos coloca dentro de la historia. Después, al despertar, destruye casi toda la obra. Dos horas de producción nocturna para conservar apenas una imagen, una sensación o una escena absurda que se desvanece mientras nos lavamos los dientes.

Varsavsky recuerda también algo que muchas parejas conocen perfectamente: a veces el sueño termina, pero la emoción permanece. Su mujer soñó que él la engañaba y se despertó enfadada. Él tuvo que soportar las consecuencias de una infidelidad que no había cometido, protagonizada por una versión imaginaria de sí mismo y ocurrida en un mundo inexistente.

Hay que reconocer que es una forma extraordinariamente sofisticada de meterse en problemas sin salir de la cama.

La situación podría resumirse así:

—Estoy enfadada contigo.

—¿Qué he hecho?

—Nada, pero en mi sueño te has portado fatal.

Y ante eso no existe defensa posible. Uno puede demostrar dónde estuvo la noche anterior, enseñar el teléfono e incluso presentar testigos. Todo será inútil porque el culpable no es el hombre real, sino su representante oficial en el subconsciente de su pareja.

Sin embargo, los sueños no solo transportan temores, celos o situaciones disparatadas. También pueden ofrecer soluciones. Algunos científicos, inventores y músicos aseguraron haber encontrado durante el sueño la respuesta que llevaban tiempo buscando. Parece que, cuando la vigilancia racional se relaja, el cerebro se permite conectar ideas que durante el día mantenemos cuidadosamente separadas.

Quizá ese sea uno de nuestros problemas: despiertos somos demasiado razonables.

La vigilia está llena de obligaciones, horarios, prudencia, noticias, llamadas, recibos y pequeñas urgencias. Nuestra mente trabaja bajo supervisión. Cada pensamiento debe presentar su documentación, justificar su utilidad y esperar turno. En el sueño, en cambio, desaparece el funcionario encargado de autorizar las ideas. Todo puede relacionarse con todo.

Es posible que por eso algunos hallazgos nazcan en esa frontera entre dormir y despertar, ese territorio que los italianos llaman dormiveglia y nosotros conocemos como duermevela. Es un momento extraño en el que las ideas flotan sin someterse todavía a la disciplina del día.

Edison y Dalí, según cuenta el artículo, dormitaban sujetando un objeto metálico. Cuando se les caía y golpeaba el suelo, el ruido los despertaba. De ese modo intentaban capturar las imágenes surgidas en el instante anterior al sueño profundo.

Yo he pensado en probarlo, aunque conociéndome, probablemente me despertaría sobresaltado, recogería el objeto, apagaría la luz y seguiría intentando dormir, pensando en lo que no me deja dormir y con una aspiración nocturna que consiste en no tener que levantarme al cuarto de baño.

Pero tras todas estas curiosidades aparece la parte más seria del artículo: millones de personas no pueden dormir bien. Yo, una de ellas. El insomnio no es simplemente pasar una mala noche. Es vivir los días con el cuerpo cansado y la mente erosionada. Quien duerme mal no solo pierde la noche; también entrega una parte del día siguiente.

Por eso resulta inevitable sentir gratitud cuando despertamos después de haber dormido profundamente. Solo apreciamos el sueño cuando nos falta, como ocurre con tantas cosas esenciales. Nadie celebra cada respiración ni cada latido, pero basta con que algo los dificulte para comprender su valor.

A estas alturas de la vida he aprendido que hay noches en las que los problemas parecen enormes y mañanas en las que, sin haber desaparecido, recuperan su tamaño verdadero. Dormir no siempre los resuelve, pero nos devuelve la fuerza necesaria para enfrentarnos a ellos.

Tal vez esa sea una de sus funciones más importantes, aunque no figure con precisión en los estudios científicos: cada noche dejamos durante unas horas el peso de nuestra vida en el suelo.

El cerebro ordena lo que puede, archiva recuerdos, inventa historias y ensaya soluciones. Nosotros, mientras tanto, viajamos por un país sin mapas en el que conviven los muertos, los temores, la infancia, los deseos y las personas que fuimos.

Después amanece.

Abrimos los ojos, reconocemos la habitación y regresamos a la realidad con la extraña sensación de haber estado en alguna parte. Casi nunca recordamos dónde. Quizá sea mejor así. Si pudiéramos conservar todos nuestros sueños, necesitaríamos otra vida entera para entenderlos.

Dormimos durante años y soñamos durante miles de horas. Es una parte inmensa de nuestra existencia y, sin embargo, apenas sabemos nada de ella.

Puede que Varsavsky tenga razón: la experiencia más extraña de la vida humana es precisamente la que repetimos todas las noches.

Y lo más extraordinario es que, después de semejante viaje, nos levantamos, preparamos el café y seguimos comportándonos como si no hubiera ocurrido nada.


El verano da mucho de sí.


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