El español viaja.
La otra tarde estaba con mi mujer en la puerta de casa de mi hijo pequeño en una de esas visitas de padres en las que no hay nada especial que tratar y a la vez lo hay todo, cuando escuché una palabra que consiguió detenerme mentalmente.
No físicamente, claro. Allí estábamos con esa dignidad distraída de quien está pensando en sus cosas. Pero mi cabeza se quedó unos segundos atrás.
Por la acera de enfrente caminaba un señor hablando por teléfono. Tenía un acento que no conseguía identificar del todo. Era claramente hispanoamericano, pero no habría sabido decir de dónde. Hay acentos que uno reconoce inmediatamente y otros que parecen haberse pasado la vida viajando.
Yo estaba, a lo mío, junto a mi mujer hasta que escuché:
—... no le llamé porque pensaba que estaba embolatado...—
Y ahí se produjo el pequeño milagro.
Embolatado.
La palabra me hizo gracia inmediatamente.
No sé si fue por cómo la pronunció, por el contexto o porque mi cerebro español está acostumbrado a otras palabras para describir exactamente el mismo estado de confusión, agobio o desorientación. Pero «embolatado» me pareció una palabra estupenda.
Tenía algo.
Sonaba a persona atrapada en una madeja. A un individuo al que le habían liado la vida con un ovillo y ahora no encontraba ni el principio ni el final.
Así que hice lo que hacemos los seres humanos modernos cuando una palabra desconocida se cruza en nuestro camino: saqué inmediatamente el móvil.
No podía permitir que aquella palabra siguiera su camino sin que yo supiera qué significaba.
La busqué.
Y descubrí que embolatado se utiliza en algunos países de Hispanoamérica —especialmente en Colombia— para expresar que alguien está confundido, distraído, atareado, metido en un lío o incluso que se ha despistado.
Me encantó.
Porque de repente comprendí que aquella palabra tenía algo que muchas palabras nuestras han perdido: capacidad para dibujar una situación.
Uno puede estar confundido, puede estar liado, puede estar atareado, puede estar hecho un lío. Pero estar embolatado es otra cosa.
Estar embolatado parece implicar que la vida te ha cogido, te ha metido en una bolsa y después ha decidido agitarla un poco.
Y pensé que quizá deberíamos recuperar algo así.
No necesariamente la palabra, aunque reconozco que desde aquel momento siento cierta simpatía por ella. Me refiero a la capacidad que tiene el lenguaje de sorprendernos.
Porque hablamos constantemente y, sin embargo, cada vez escuchamos menos.
Tenemos miles de palabras a nuestra disposición y muchas veces utilizamos siempre las mismas. Todo es «increíble», «brutal», «complicado», «genial», «un problema», «una locura» o «un tema».
Hasta para describir una tragedia parece que hemos reducido el idioma a cuatro expresiones. Y entonces aparece alguien por la calle y dice que está embolatado. Y uno descubre que el español todavía tiene rincones en los que no había entrado. Quizá esa sea una de las cosas más bonitas de nuestro idioma: que no pertenece completamente a nadie.
El español viaja.
Cruza océanos, montañas y fronteras. Cambia de música, de ritmo y de temperatura. En México suena de una manera; en Argentina adquiere otra cadencia; en Cuba parece que las palabras bailan; en Colombia aparecen palabras como embolatado, que uno escucha por casualidad mientras camina por una calle de Madrid.
Y de pronto recuerdas que hablamos la misma lengua, pero no exactamente el mismo idioma. Porque una lengua no es solamente un diccionario. Es la vida de quienes la hablan.
Son sus costumbres, sus historias, sus bromas, sus maneras de enfadarse y de querer. Es la forma en que una abuela llama a sus nietos, la manera en que un amigo cuenta una anécdota o las palabras que alguien utiliza para explicar que lleva todo el día intentando resolver un problema.
Por eso me gustan estos pequeños descubrimientos. Una palabra desconocida puede parecer poca cosa. Pero a veces basta una palabra para abrir una ventana.
Aquella tarde yo, junto a mi mujer, esperaba a mi hijo y a su prometida.
Un hombre hablaba por teléfono.
Yo escuché una palabra que no conocía.
La busqué en el móvil. Y durante unos minutos terminé pensando en algo mucho más grande que el significado de embolatado. Pensé que quizá seguimos necesitando descubrir palabras, personas, lugares. Y maneras diferentes de mirar las mismas cosas. Porque probablemente el mundo está lleno de gente que habla nuestro idioma de una forma que todavía no conocemos. Y eso, lejos de ser un problema, me parece una extraordinaria noticia.
Aunque, bien pensado, después de esta reflexión hay algo que me preocupa. Si algún día me encuentro con alguien que diga que está desembolatado, voy a tener que sacar otra vez el móvil.
Uno nunca sabe hasta dónde puede llegar una palabra.
El verano da para mucho.
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