El eclipse y la insoportable necesidad de no perdérselo




Hay algo profundamente español en convertir un fenómeno que lleva millones de años ocurriendo en una especie de operación salida del Ministerio del Interior.


El próximo eclipse solar será, según nos cuentan, el acontecimiento del siglo. Y no lo digo yo. Lo dicen las televisiones, los periódicos, los hoteles, las agencias de viajes, los vendedores de gafas especiales y, probablemente, algún señor o señora que ya ha reservado una terraza en un pueblo de Cuenca con tres años de antelación.

He leído la columna de Eva Güimil (https://social.elpais.com/z81ae1) y no puedo estar más de acuerdo con ella. Sobre todo porque hay algo que me fascina de los acontecimientos extraordinarios: cómo conseguimos convertirlos en una obligación social.

Ya no basta con que haya un eclipse. Ahora hay que verlo. Y, además, hay que verlo bien. Y si es posible, acompañado, desde un lugar privilegiado, con unas gafas homologadas. Y haciendo fotografías, para después subirlas a Instagram o a Facebook para demostrar que estuvimos allí, porque si no hay fotografía, aparentemente el fenómeno no ha ocurrido.

El eclipse, por lo visto, no consiste en que la Luna se coloque delante del Sol durante unos minutos. No.

Eso sería demasiado sencillo. Ahora el eclipse es una experiencia que exige planificación, desplazamiento, alojamiento, restaurantes, tráfico, caravanas, reservas y, si uno se descuida, pedir vacaciones. La humanidad tardó miles de años en comprender qué demonios era un eclipse y nosotros hemos necesitado apenas unos días para convertirlo en un puente festivo.

Me hace mucha gracia eso que dice en su artículo Eva Güimil de "España se va a poner cara al sol con las gafitas puestas". Porque es exactamente lo que hacemos. Resulta que hace unos meses nos dicen que dentro de unos meses, a una determinada hora del día 12 de agosto, el Sol va a desaparecer parcialmente y una parte del país entra en estado de excepción emocional.

Hoteles, casas rurales y apartamentos turísticos completos. Restaurantes preparando menús especiales. Tiendas vendiendo gafas. Agencias de viaje organizando excursiones. Y familias enteras haciendo cálculos logísticos para conseguir aparcar a cuarenta kilómetros del lugar donde se verá mejor.

Todo para contemplar durante unos minutos algo que, por cierto, ya ha sucedido muchas veces y volverá a suceder. Pero que  esta vez será especial. Naturalmente.

Porque esta vez estaremos nosotros. Y tendremos una foto.

Ahí está la verdadera cuestión.

No queremos vivir acontecimientos. Queremos acreditarlos.

España puede estar ardiendo, la economía puede ir regular, la corrupción puede sobrepasar cualquier límite, legal y moral, pueden violar nuestras fronteras, nuestros políticos pueden seguir discutiendo sobre cualquier cosa y nosotros podemos llevar tres días sin saber dónde hemos dejado las llaves de casa. Pero, por favor, que nadie nos quite el eclipse. 

Porque quizá el verdadero fenómeno seamos nosotros. Lo que más me interesa del eclipse, en realidad, no es el eclipse. Es lo que dice de nosotros. Esa necesidad de participar colectivamente en algo porque todo el mundo participa. Ese miedo a perdernos "el acontecimiento". La ansiedad de estar fuera de la fotografía.

Porque quizá no queremos ver el eclipse. Quizá queremos poder decir que lo vimos. Que estuvimos allí, que formamos parte del espectáculo y que no nos lo perdimos.

Y eso sí me parece mucho más interesante que la alineación de tres cuerpos celestes.

La Luna seguirá girando.

El Sol seguirá saliendo.

La Tierra seguirá dando vueltas, ajena a nuestras reservas de hotel.

Y dentro de unos años nadie recordará cuánto pagó por una habitación aquella noche. Pero probablemente recordará que fue allí porque todos iban. Y eso sí que es un fenómeno digno de estudio. Un fenómeno social, además, mucho más previsible que cualquier eclipse: Nos encanta hacer todos lo mismo, siempre que nos convenzan de que es excepcional.

Así que disfruten del eclipse.

Pónganse las gafas.

Hagan fotos.

Vayan a donde tengan que ir.

Paguen lo que consideren oportuno.

Y, sobre todo, sean felices.

Yo también iré a verlo. Y cuando llegue el momento, miraré al cielo. Porque, sinceramente, el Sol ya me parece suficientemente interesante sin necesidad de convertirlo en un acontecimiento turístico.

Comentarios

  1. El texto es muy acertado y muy bueno, pero la imagen me parece brutal, no he podido evitar reírme . Real como la vida misma

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