El calor no existe: la gran conspiración del verano
Llevo varios días sospechando que este verano hay algo que no encaja.
Todo el mundo dice que hace calor. Los periódicos, la televisión dicen que hace calor. Las aplicaciones meteorológicas dicen que hace calor. Incluso los presentadores aparecen sudando en directo, como si hubieran sido enviados a una sauna con micrófono.
Pero ¿y si no fuera verdad?
No me refiero a que el termómetro marque 38 grados. Eso sería un detalle menor. Quizá el termómetro también esté implicado. ¿Quién fabrica los termómetros? ¿Quién calibra los termómetros? ¿Quién se beneficia de que confiemos ciegamente en un pequeño tubo lleno de números?
La pregunta importante es otra:
¿Quién gana cuando usted cree que se está derritiendo?
Sigamos la pista del dinero.
Cada vez que los informativos anuncian una ola de calor, las terrazas se llenan de personas pidiendo bebidas frías.
Cada vez que aparece un mapa teñido de rojo, aumentan las ventas de helados.
Cada vez que hablan de “noche tropical”, miles de ciudadanos salen disparados a comprar ventiladores, aunque algunos terminen moviendo más polvo que aire.
Y cuando la televisión pronuncia la palabra “temperaturas extremas”, las empresas de aire acondicionado hacen su agosto.
¿Casualidad? Yo no creo en las casualidades; ya lo decía en el artículo que publiqué el 10 de agosto, "La casualidad no existe... y eso es una mala noticia" (https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/08/la-casualidad-no-existe-y-eso-es-una.html). Al menos, no cuando hay un Magnum de por medio.
Se me ocurre que podríamos estar ante un poderoso lobby del verano: fabricantes de refrescos, helados, cerveza, ventiladores, aire acondicionado, piscinas hinchables, sombrillas, bañadores, cremas solares, gazpacho y cualquier producto que pueda venderse con la palabra “refrescante” delante.
No afirmo que exista. Pero tampoco soy capaz de afirmar que no exista. Y, en estos tiempos, esa frase ya se considera prácticamente una investigación.
Ahora vamos a repasar la operativa. La operación comienza siempre de la misma manera:
Primero aparece el mapa meteorológico, completamente rojo, como si España estuviera a punto de ser cocinada a fuego lento.
Después llega el experto, que explica que debemos hidratarnos, evitar las horas centrales del día y buscar lugares frescos. ¡Caramba! Una información revolucionaria, teniendo en cuenta que los seres humanos llevamos siglos descubriendo que ponerse al sol a las tres de la tarde no suele acabar bien.
A continuación, conectan con un reportero desde Sevilla, Córdoba, Valencia o cualquier otro lugar donde haga calor. El periodista está situado junto a una fuente, una piscina o una terraza llena de personas bebiendo algo con mucho hielo.
—Estamos soportando temperaturas realmente elevadas —dice.
En ese momento, el mensaje ya ha sido implantado:
- Hace calor.
- Hay que comprar el refresco.
- Hay que pedir el helado.
- Hay que encender el aire acondicionado.
- Hay que ir a la piscina.
Y, si la campaña está bien diseñada, compraremos también un bañador nuevo porque el del verano pasado “se ha quedado pequeño”. Misteriosamente, siempre se ha quedado pequeño después de varios meses de sofá y torrijas. La verdad es que ¿no sé por qué?
Para mí se trata de una conspiración perfectamente coordinada.
A saber. La cadena parece clara:
1. El telediario anuncia una ola de calor.
2. El mapa se vuelve rojo.
3. El meteorólogo frunce el ceño.
4. Una señora se abanica frente a la cámara.
5. Un señor sale de la piscina y confirma que tiene calor.
6. La terraza coloca los cubitos estratégicamente.
7. El consumidor entra en acción.
Y ahí estamos nosotros, ciudadanos indefensos, convertidos en agentes comerciales gratuitos:
“¡Qué calor!”
“¡Esto es insoportable!”
“¡No se puede salir!”
Cada una de esas frases es, en realidad, publicidad boca a boca. El ciudadano se convierte en prescriptor de la campaña sin cobrar un euro y, además, termina pagando la bebida. El sistema es tan sofisticado que hasta el gazpacho podría estar implicado. Nadie sospecha de una sopa fría. Ese es precisamente el tipo de producto que mejor funciona dentro de una conspiración.
Y hay otro detalle que no termina de convencerme y que me reafirma en mi idea de que no hace calor, sino de que se trata de una muy buena campaña orquestada por el lobby del calor:
¿Por qué los informativos llaman “ola de calor” a algo que ocurre prácticamente todos los veranos?
¿Por qué no lo llaman simplemente “agosto”?
Durante siglos, nuestros antepasados salían a la calle en agosto, sudaban y seguían con su vida. No tenían alertas rojas, aplicaciones meteorológicas ni expertos conectando en directo desde una playa.
Y, sobre todo, no tenían un reportero preguntando a un señor que acaba de salir de la piscina:
—¿Cómo está llevando el calor?
La respuesta suele ser:
—Mal.
Extraordinario trabajo periodístico. Hemos necesitado quince cámaras, tres redactores, un meteorólogo, un satélite y probablemente un dron para descubrir que un señor empapado tiene calor.
De aquí que he llegado a la conclusión de que sentirse derretido es un negocio para la industria que ha conseguido algo extraordinario: convertir una temperatura, un poco alta, en una necesidad de consumo.
Ya no basta con tener calor. Hay que combatirlo.
Hay que hidratarse, refrescarse, protegerse, ventilarse y consumir. El calor ha dejado de ser una circunstancia meteorológica para convertirse en una oportunidad de negocio con hielo incluido.
De ahí que todo esto me lleve a pensar que quizá este verano no haga tanto calor como nos están haciendo creer. Quizá somos víctimas de una gigantesca operación de marketing tan sofisticada que incluso han conseguido que nosotros mismos hagamos campaña:
“Necesito algo fresquito”.
“Voy a poner el aire”.
“¿Nos tomamos una cerveza?”
“Compra una sandía, que hoy no se puede vivir”.
Todo encaja demasiado bien.
El calor vende.
Y si el calor vende, alguien tendrá interés en que pensemos constantemente en el calor.
Por eso le propongo una revolución.
Mañana, cuando vea en televisión un mapa completamente rojo, no se alarme. Mire su termómetro. Abra la ventana. Respire profundamente y pregúntese:
¿Tengo calor o me han convencido de que lo tengo?
Si continúa sudando, no se precipite. Puede ser una reacción psicológica. Si el sudor persiste, consulte a su médico.
O a su heladero.
Y si finalmente decide comprarse un helado, no diga que lo ha hecho porque tiene calor. Diga que ha sido víctima de la propaganda. Al menos conservará la dignidad mientras le cobra siete euros por una tarrina con dos bolas.
Aunque, pensándolo bien…
¿Y si el propio helado forma parte de la conspiración?
Tendremos que seguir investigando.
Pero mañana.
Hoy hace demasiado calor.
O eso dicen.
Me voy a meter la cabeza al frigorífico.
El verano da para mucho.
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