Educar es mucho más que enseñar.

Me encontré hace unos días con una frase que merece algo más que el rápido «me gusta» con el que solemos despachar estas cosas en las redes sociales: 




Y creo que, ahora, es el momento de reflexionar, ya que en unos días va a comenzar el curso escolar.

La frase puede parecer una de esas sentencias destinadas a circular por Facebook acompañadas de un dibujo simpático. Sin embargo, detrás de ella hay una cuestión bastante más seria. Y también bastante actual. Hemos avanzado enormemente en enseñanza y no estoy tan seguro de que hayamos avanzado en la misma proporción en educación.

Conviene empezar distinguiendo ambas cosas.

Enseñar consiste en transmitir conocimientos. Para enseñar matemáticas hay que saber matemáticas; para explicar historia hay que conocerla; para enseñar un idioma es necesario dominarlo. Naturalmente, además hacen falta capacidad pedagógica, paciencia y vocación. Nadie pretende restar mérito a una profesión tan importante como la docente.

Pero educar juega en otra liga.

Educar significa transmitir unas reglas básicas para desenvolverse en sociedad: respeto, responsabilidad, esfuerzo, consideración hacia los demás, capacidad para aceptar una negativa, cumplimiento de las obligaciones y conciencia de que nuestros actos tienen consecuencias.

Y aquí surge una diferencia fundamental: los conocimientos pueden explicarse; los valores necesitan, además, ser demostrados.

De poco sirve decirle a un niño que debe respetar a los demás si escucha continuamente a sus padres despreciar a quien piensa de manera diferente. Resulta difícil convencerlo de la importancia de decir la verdad si observa que los adultos recurrimos a la mentira cuando nos resulta conveniente. Y tampoco parece muy coherente exigirle que controle sus impulsos mientras nosotros perdemos los nervios ante la primera contrariedad.

Los niños escuchan, naturalmente. Pero, sobre todo, miran. Y suelen mirar bastante más de lo que creemos. Por eso la responsabilidad de educar resulta tan incómoda: nos obliga a examinarnos también a nosotros.

Durante los últimos años, además, hemos ido trasladando a la escuela responsabilidades que antes parecían corresponder de manera natural a la familia. Cada vez que aparece un nuevo problema social, alguien propone inmediatamente introducir una asignatura, un taller o un programa educativo. La familia no existe. Pero ese es tema para otro artículo.

La escuela debe enseñar muchas cosas y participar en la formación integral de los alumnos. Por supuesto. Pero resulta difícil imaginar que un colegio pueda sustituir aquello que un niño debería aprender diariamente en su casa.

Dar las gracias no necesita una asignatura. Pedir perdón tampoco.

Respetar a una persona mayor, escuchar cuando otro habla, comportarse correctamente en un lugar público, cumplir una promesa o entender que no siempre se puede conseguir lo que uno desea son aprendizajes que comienzan mucho antes de entrar en un aula.

Y aquí aparece otra cuestión sobre la que quizá deberíamos reflexionar. En nuestro deseo perfectamente comprensible de proporcionar a nuestros hijos una infancia mejor que la nuestra, hemos confundido algunas veces protección con eliminación de cualquier dificultad.

Queremos evitarles frustraciones, disgustos, fracasos y decepciones. El problema es que la vida no comparte nuestro programa educativo. Porque, a veces, la vida frustra y dice que no. La vida obliga a esperar y contiene derrotas.

Habrá un examen que suspendan, un empleo que no consigan, una relación que termine, alguien que no reconozca sus méritos y alguna puerta que permanezca cerrada aunque consideren que merecían atravesarla.

Preparar a una persona para enfrentarse a esas situaciones también es educar. Por eso no termino de compartir esa idea, cada vez más extendida, según la cual cualquier frustración infantil debe ser inmediatamente evitada. No. La frustración razonable no destruye a un niño. Forma parte del aprendizaje de la vida.

Nuestros padres probablemente no conocían la expresión «gestión emocional de la frustración». Sencillamente, nos decían que no.

Y el no quería decir no.

Protestábamos, nos enfadábamos y durante un rato considerábamos que nuestros padres eran unos seres profundamente injustos. Después se nos pasaba. Y no parece que aquello nos provocara daños irreparables.

Quizá, incluso, aprendimos algo. Aprendimos que no éramos el centro del universo.

No es poca cosa.

Otro error que hemos cometido es confundir autoridad con autoritarismo. Son conceptos diferentes. El autoritarismo impone arbitrariamente; la autoridad establece límites y asume la responsabilidad de mantenerlos.

Un niño necesita afecto y comprensión, pero necesita igualmente saber dónde están los límites. Necesita comprender que convivir significa aceptar unas reglas y que tener derechos no elimina las obligaciones.

Eso tampoco se aprende únicamente en los libros.

Y hay una paradoja que me llama especialmente la atención. Probablemente tengamos hoy la generación mejor formada de nuestra historia. Jóvenes con carreras universitarias, másteres, idiomas y conocimientos tecnológicos que nosotros apenas podíamos imaginar a su edad.

Es una magnífica noticia.

Pero una sociedad puede estar extraordinariamente formada y no necesariamente bien educada. Porque una persona puede hablar cuatro idiomas y no saber escuchar en ninguno. Puede tener dos másteres y tratar con desprecio al camarero que le sirve el café. Puede manejar una tecnología extraordinariamente compleja y ser incapaz de admitir que se ha equivocado.

El conocimiento proporciona capacidades. La educación establece límites sobre cómo utilizarlas.

Y esa diferencia resulta fundamental.

Quizá por eso la frase con la que comenzaba este artículo me parece mucho menos ingenua después de pensar un poco en ella.

Para enseñar hay que saber. Para educar hay que ser.

Hay que intentar comportarse como pretendemos que se comporten aquellos a quienes educamos. Y digo «intentar» porque tampoco conviene caer en la ficción de los padres perfectos. No existen. Como tampoco existen los profesores perfectos ni, afortunadamente, las personas perfectas.

Todos perdemos alguna vez la paciencia. Todos somos incoherentes. Todos hemos dicho alguna cosa que después hubiéramos preferido callar.

La diferencia está en lo que hacemos después.

Reconocer delante de un hijo que nos hemos equivocado quizá tenga más valor educativo que intentar mantener artificialmente una autoridad basada en que los adultos siempre tienen razón.

Porque tampoco se trata de enseñarles a no equivocarse, sino de enseñarles a responder de sus errores.

Al final, la educación tiene una peculiaridad que la diferencia de casi todo lo demás: sus resultados tardan muchos años en conocerse. No aparecen en las notas de junio. Aparecen cuando ese niño se convierte en adulto y tiene que tomar decisiones sin sus padres delante.

Cuando encuentra una cartera y nadie lo ha visto.

Cuando podría aprovecharse de una persona más débil.

Cuando puede mentir y sabe que probablemente no será descubierto.

Cuando tiene que decidir entre cumplir su palabra o hacer aquello que más le conviene.

Entonces no habrá padre, madre ni profesor vigilando.

Estará solo. Y probablemente ni siquiera recordará muchas de las cosas que le dijeron cuando era niño. Pero conservará algo mucho más importante: lo que vio hacer.

Por eso educar es bastante más difícil que enseñar.

Para enseñar podemos abrir un libro.

Para educar, inevitablemente, nuestros hijos terminan abriéndonos a nosotros.


Comentarios

  1. Es mi humilde opinión, si en casa no educamos buenas personas con valores, principios y el respeto hacia los demás,
    Como no valorar su escrito positivamente, si tiene toda la razón en sus admirables palabras, escritas con un criterio de tanta sabiduría., mi más sincera admiración, ojalá llegara este su bloc a más personas
    Un saludo Manuel 🫂

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    1. Muchísimas gracias por sus palabras. Coincido plenamente: la educación comienza en casa, y ningún colegio puede sustituir el ejemplo, los valores y el respeto que allí se transmiten. Si además estas reflexiones sirven para que pensemos y las compartamos con otros, el blog ya habrá cumplido buena parte de su propósito. Un abrazo y gracias de corazón por leerme.

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