Dos vidas paralelas no siempre forman una pareja
Hace unos días apareció en Facebook una de esas preguntas que parecen sencillas, pero que en realidad contienen una conversación entera:
«¿Alguien sabe cuál era el secreto de las parejas de antaño que duraron toda la vida juntas, hasta envejecer?».
Mi respuesta fue casi inmediata:
"El mismo que ahora. Amor, respeto, comprensión, amistad y un proyecto común. Y, a partir de ahí, a vivir".
Lo curioso vino después. En apenas veinticuatro horas, mi comentario recibió quince «me gusta». No es una cifra como para convocar una rueda de prensa ni contratar a un representante, pero hubo un detalle que me llamó especialmente la atención: los quince procedían de mujeres.
Ni un solo hombre.
¿Casualidad? Puede ser. Aunque quince casualidades seguidas empiezan a parecerse bastante a una estadística doméstica.
Tal vez los hombres que leyeron mi comentario estuvieran muy ocupados construyendo el proyecto común. O quizá se limitaron a asentir en silencio, esa habilidad masculina tan desarrollada que consiste en expresar sentimientos mediante un imperceptible movimiento de ceja. También es posible que alguno pensara darle al botón, pero temiera que su pareja interpretara el gesto como una confesión, una indirecta o, peor todavía, el anuncio de una conversación pendiente.
Porque todos sabemos que un «me gusta» en Facebook puede ser solamente un «me gusta»… hasta que alguien pregunta:
—¿Y esto por qué te ha gustado tanto?
Pero, dejando aparte la broma, me pareció significativo que fueran únicamente mujeres quienes se sintieran identificadas con aquella idea. Quizá porque, durante mucho tiempo, han sido ellas quienes han soportado buena parte del peso invisible de ese proyecto común: las que mantenían unida a la familia, recordaban las fechas, atendían las necesidades de todos, mediaban en los conflictos y se ocupaban de que la vida cotidiana no se desmoronara.
Y quizá también porque algunas mujeres perciben con mayor claridad que muchas relaciones actuales no fracasan necesariamente por falta de amor, sino por falta de un verdadero «nosotros».
Seguí pensando en ello. Porque seguramente el secreto no estaba en una fórmula misteriosa que nuestros padres y abuelos conocían y que nosotros hemos perdido entre las instrucciones del teléfono móvil. Tampoco creo que antes todo fuera mejor. Hubo matrimonios que permanecieron unidos por amor, pero también otros que lo hicieron por dependencia económica, por presión social, por miedo al qué dirán o porque separarse era mucho más difícil que continuar soportándose.
No conviene idealizar el pasado.
Pero tampoco deberíamos utilizar sus injusticias para negar que muchas parejas de entonces entendían algo que hoy parece haberse debilitado: una relación no consiste únicamente en que dos personas se quieran. Consiste también en que sean capaces de construir algo juntas.
Y construir exige algo más que sentimientos.
El enamoramiento puede unir dos vidas, pero no necesariamente les proporciona una dirección. Para que una pareja avance, necesita un proyecto común, una idea compartida de futuro. Antes, ese proyecto solía llamarse familia. Formar un hogar, tener hijos, educarlos, comprar una casa, afrontar las dificultades y llegar juntos a la vejez. Aquello tenía sus limitaciones, por supuesto, pero proporcionaba una estructura. Los dos sabían —al menos en teoría— hacia dónde caminaban.
Hoy tengo la impresión de que muchas parejas no construyen un proyecto común. Construyen dos proyectos individuales que circulan en paralelo.
Cada uno tiene su trabajo, sus aspiraciones, sus amistades, sus horarios, sus aficiones, sus cuentas y, en ocasiones, hasta sus vacaciones. Comparten una vivienda, algunos gastos, una plataforma de televisión y la contraseña del wifi, pero no siempre comparten un destino.
Van juntos, sí, pero no necesariamente hacia el mismo lugar.
Es como colocar dos vías de ferrocarril una al lado de la otra y confiar en que, por el mero hecho de mantenerse próximas, acabarán encontrándose. El problema es que las vías paralelas pueden recorrer miles de kilómetros sin llegar a tocarse jamás.
Esto no significa que uno deba renunciar a su personalidad para entregarse por completo a la pareja. El amor no debería borrar a nadie. Cada persona necesita conservar su espacio, sus inquietudes y una parte de su vida que le pertenezca. Pero una pareja tampoco puede reducirse a la convivencia de dos individualidades cuidadosamente protegidas.
Entre el sacrificio absoluto de uno y el egoísmo perfecto de los dos debe existir un territorio compartido.
Ese territorio se construye con amor, aunque el amor por sí solo no basta. Se sostiene con respeto cuando llegan las discrepancias; con comprensión cuando uno atraviesa una mala etapa; con amistad cuando la pasión se vuelve menos urgente; y con generosidad cuando la vida obliga a posponer temporalmente los planes propios.
Y, sobre todo, se mantiene con una decisión: seguir construyendo un «nosotros» sin que ninguno de los dos tenga que dejar de ser «yo».
Tal vez esa sea una de las grandes dificultades de nuestro tiempo. Nos han enseñado —con razón— a realizarnos individualmente, a defender nuestros deseos y a no depender emocionalmente de nadie. Pero quizá hemos confundido independencia con ausencia de compromiso. A veces hablamos de las relaciones como si fueran contratos temporales sujetos a una evaluación permanente: mientras me aporte, continúo; cuando me incomode, reviso las condiciones.
Sin embargo, un proyecto común no puede levantarse desde la contabilidad sentimental. Habrá épocas en las que uno aporte más y otras en las que necesite ser sostenido. Habrá enfermedades, problemas familiares, fracasos profesionales, cansancio y días en los que el otro no estará especialmente brillante, divertido ni seductor.
Envejecer juntos consiste, en buena medida, en atravesar todo eso sin convertir cada dificultad en una puerta de salida.
No creo, por tanto, que las parejas de antaño poseyeran un secreto extraordinario. Quizá algunas comprendieron algo bastante elemental: que una relación duradera no se encuentra terminada, sino que se construye cada día. Que amar no es mirarse continuamente a los ojos, sino mirar muchas veces en la misma dirección. Y que una familia no nace únicamente cuando llegan los hijos, sino cuando dos personas dejan de preguntarse por separado qué quieren de la vida y empiezan a preguntarse qué quieren hacer con ella juntas.
Después, como escribí en aquella respuesta, solo queda vivir.
Pero vivir de verdad: compartir las alegrías, soportar las tormentas, perdonar las torpezas, acompañarse en las pérdidas y celebrar que, después de tantos años, aquella persona continúa caminando a nuestro lado.
Quizá aquellas quince mujeres pulsaron «me gusta» porque reconocieron en mis palabras algo que llevan tiempo echando de menos. O quizá simplemente les gustó la respuesta y yo estoy aquí construyendo una teoría sociológica a partir de quince clics y una tarde con demasiado tiempo para pensar.
En cualquier caso, la pregunta permanece.
Porque dos proyectos paralelos pueden compartir mucho tiempo y mucho espacio. Incluso pueden parecer una pareja desde fuera.
Pero solo un proyecto común puede llegar a convertirse en una vida compartida.
Ya he pasado los 60 años y sí, yo soy de esas parejas de antaño.
El verano da para mucho.
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