Cuando leer era obligatorio… y necesario
Hace unos días leí una reflexión de Carmen Domingo en “El País” ( https://social.elpais.com/hq__fp) que me hizo pensar en la relación que mantenemos hoy con los clásicos. Contaba el caso de una influencer que había decidido leer Cumbres borrascosas y que, apenas comenzada la novela, descubrió algo verdaderamente inquietante: había palabras que no entendía.
Su reacción fue plantearse cómo iba a leer un libro si necesitaba tener un diccionario al lado.
Y ahí está, precisamente, el problema.
Yo ya he superado los sesenta años y pertenezco a una generación en la que la lectura de los clásicos formaba parte de la educación. No era una actividad opcional reservada para tardes de lluvia, ni una recomendación acompañada de emoticonos, ni una experiencia que pudiera abandonarse en cuanto apareciera una palabra desconocida. Era obligatoria.
Y, aunque entonces no siempre lo comprendiéramos, también era vital.
Nos hicieron leer a Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín, Bécquer, Baroja, Unamuno, Machado, Lorca y tantos otros. Algunos libros nos apasionaban; otros nos parecían interminables. Había páginas que recorríamos con entusiasmo y otras que atravesábamos como quien cruza un campo embarrado: despacio, protestando y con ganas de llegar cuanto antes al final.
Pero las leíamos.
Y cuando aparecía una palabra que no entendíamos, no considerábamos que el escritor hubiese cometido una insolencia contra nosotros. Buscábamos su significado. Preguntábamos al profesor, consultábamos un diccionario o intentábamos deducirla por el contexto.
El libro no tenía que rebajarse hasta nuestro nivel. Éramos nosotros quienes debíamos elevarnos hasta el libro.
Aquellas lecturas nos proporcionaron algo mucho más importante que el simple conocimiento de unas cuantas historias. Nos dieron vocabulario, cultura general, capacidad de expresión y referencias con las que interpretar el mundo. Aprendimos que la lengua no era únicamente una herramienta para pedir cosas, contestar exámenes o mantener una conversación, sino también una forma de ordenar el pensamiento.
Porque cuanto más amplio es nuestro vocabulario, mayor es nuestra capacidad para comprender lo que sentimos, explicar lo que pensamos y distinguir unos conceptos de otros.
No es lo mismo estar triste que estar melancólico, abatido, desolado, afligido o desencantado. Cada palabra contiene un matiz. Y quien pierde los matices termina contemplando la realidad como si solo existieran cuatro colores.
Por eso me preocupa esa idea, cada vez más extendida, de que todo texto debe ser inmediato, sencillo y accesible sin esfuerzo. Hemos llegado a considerar que, si un libro exige concentración, paciencia o la consulta de un diccionario, el defecto pertenece al libro.
Nos hemos acostumbrado a que todo sea breve, rápido y fácilmente digerible. Si una novela comienza con demasiadas descripciones, nos impacientamos. Si utiliza un vocabulario amplio, nos parece pretenciosa. Si tarda más de treinta segundos en captar nuestra atención, la abandonamos.
Queremos que Cervantes escriba como una publicación de Instagram y que Galdós reduzca sus novelas a un vídeo de un minuto.
Sin embargo, leer siempre ha exigido un esfuerzo. Precisamente por eso nos transforma.
Los clásicos no son importantes porque sean antiguos, ni porque aparezcan en los programas educativos, ni porque algunos profesores disfruten sometiendo a los alumnos a exámenes sobre libros de quinientas páginas. Son importantes porque contienen una parte esencial de lo que somos. En ellos están nuestras pasiones, nuestras miserias, nuestras ambiciones, nuestros miedos y nuestras contradicciones.
Cambian los vestidos, las casas y los medios de transporte, pero el ser humano continúa enamorándose, traicionando, ambicionando, envidiando, soñando y equivocándose de una manera sorprendentemente parecida.
Además, como señala Carmen Domingo, muchas de las historias que hoy consideramos modernas nacieron en aquellas obras. Buena parte de las novelas, películas y series actuales no son más que antiguas tramas vestidas con teléfonos móviles, coches de lujo y efectos especiales. Cambia el decorado, pero los conflictos siguen siendo los mismos.
Los clásicos nos permiten reconocer ese origen. Nos enseñan que casi todo lo que creemos nuevo ya fue imaginado, sufrido o contado antes.
No pretendo idealizar la educación de mi época. Tenía muchas carencias y algunos métodos que hoy resultarían difícilmente defendibles. Tampoco creo que todos los jóvenes deban disfrutar obligatoriamente de los mismos libros. La lectura no puede convertirse únicamente en una penitencia académica.
Pero una cosa es adaptar la enseñanza y otra muy distinta eliminar cualquier dificultad.
Educar no consiste en evitar todos los obstáculos, sino en proporcionar las herramientas necesarias para superarlos. Y un libro que contiene palabras desconocidas no es una amenaza: es una oportunidad. Cada término nuevo amplía un poco nuestro pensamiento y ensancha los límites de nuestro mundo.
Quizá de joven no fui consciente de todo lo que aquellas lecturas estaban dejando en mí. Uno rara vez agradece a los dieciséis años que le obliguen a leer una novela del siglo XIX. Entonces lo considerábamos una tarea más. Solo con el paso del tiempo comprendemos que aquellos libros fueron construyendo silenciosamente nuestra manera de hablar, de escribir y de entender la realidad.
Ahora sé que no solo leíamos historias. Estábamos adquiriendo cultura, criterio y memoria.
Por eso, cuando alguien afirma que necesita un diccionario para leer un clásico, no veo una razón para abandonar el libro. Veo la mejor razón para continuarlo.
Porque el diccionario al lado no demuestra que el libro sea demasiado difícil.
Demuestra que todavía tenemos la posibilidad de aprender.
El verano da mucho de sí. También para leer.
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