Sin reconocimiento no hay libertad.





Durante el confinamiento en el COVID, como muchas personas, comencé a escribir. Tenía mucho tiempo. Comencé escribiendo, ni más, ni menos, que un ensayo sobre la libertad y en estos momentos he decidido rescatar algunos artículos, revisarlos y publicarlos. El primero de ellos es este. Habla de la lección incómoda de Hegel sobre la libertad: 

La libertad, según Hegel, no es un eslogan vacío ni una consigna individualista: es un proceso exigente, histórico y profundamente social. Cuando afirma que “la libertad es la autorrealización racional del espíritu humano a través del reconocimiento mutuo y las instituciones éticas”, está desmontando una de las ilusiones más persistentes de la modernidad: la idea de que ser libre es simplemente hacer lo que uno quiere.

Para Hegel, esa concepción es infantil. La libertad no consiste en la ausencia de límites, sino en comprenderlos, asumirlos y, sobre todo, en integrarlos racionalmente en una vida compartida. El ser humano no nace libre en sentido pleno; se hace libre. Y ese “hacerse” no ocurre en el aislamiento, sino en relación con otros.

Aquí entra un concepto clave: el reconocimiento mutuo. Nadie puede ser libre en solitario porque la libertad exige que los demás me reconozcan como sujeto autónomo, del mismo modo que yo los reconozco a ellos. Este reconocimiento no es emocional ni superficial; es estructural. Está en la base de derechos, deberes y de toda convivencia política. Sin ese reconocimiento recíproco, lo que hay es dominación o conflicto, pero no libertad.

Ahora bien, Hegel va más allá y lanza una idea incómoda para quienes reducen la libertad a lo privado: la libertad solo se realiza plenamente en las instituciones éticas. La familia, la sociedad civil y, sobre todo, el Estado no son enemigos de la libertad, sino su condición de posibilidad. Esto rompe frontalmente con el discurso liberal simplista que identifica Estado con opresión.

Para Hegel, el Estado no es una maquinaria burocrática cualquiera, sino la encarnación de la racionalidad ética colectiva. Es donde la libertad deja de ser una aspiración abstracta y se convierte en realidad concreta: leyes, derechos, participación, orden. Sin instituciones, la libertad se disuelve en arbitrariedad; con instituciones racionales, se vuelve efectiva.

Un ejemplo claro: la libertad de expresión. En abstracto, cualquiera puede decir lo que quiera. Pero sin un marco jurídico que la proteja, sin tribunales que la garanticen y sin una cultura cívica que la sostenga, esa libertad es frágil o directamente inexistente. Es decir, la libertad necesita estructura, no ausencia de ella.
Esto tiene implicaciones políticas directas. Si la libertad depende del reconocimiento mutuo y de instituciones éticas, entonces el deterioro institucional no es solo un problema administrativo: es un ataque a la libertad misma. Y cuando el reconocimiento se rompe —cuando una parte de la sociedad deja de ver a la otra como interlocutor legítimo— lo que emerge no es más libertad, sino más conflicto.

Hegel, en este sentido, incomoda tanto a libertarios como a autoritarios. A los primeros porque les recuerda que sin Estado no hay libertad real; a los segundos porque deja claro que el Estado solo es legítimo si encarna la racionalidad y el reconocimiento, no la imposición arbitraria.

En definitiva, la libertad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que es racional en un mundo compartido. No es huir de las normas, sino reconocerse en ellas. Y no es un punto de partida, sino una conquista colectiva que se construye —y se pierde— en el terreno político.

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