La prensa y el arte de indignarse según convenga



En mi artículo de ayer —“Por qué unos pactos son legítimos y otros escandalosos”, https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/07/por-que-unos-pactos-son-legitimos-y.html—, ya aclaraba que no soy votante ni simpatizante de Vox. Lo vuelvo a decir de entrada para evitar malentendidos interesados. Precisamente por eso me llama más la atención el tratamiento que una parte de la prensa está dando a los pactos del PP con Vox: no tanto por el hecho en sí, que entra dentro de la lógica parlamentaria, sino por el relato que se construye alrededor de él.

En España, la prensa ya no informa solo; también jerarquiza, interpreta y, demasiadas veces, milita. Y cuando eso ocurre, el criterio periodístico deja paso a una función mucho más pobre: la de fabricar indignaciones selectivas. El problema no es que un medio adopte una línea editorial, algo perfectamente legítimo. El problema aparece cuando la línea editorial se disfraza de objetividad y se convierte en una coartada para medir con dos reglas distintas lo que hacen unos y otros.

El pacto del PP con Vox se presenta a menudo como una amenaza casi excepcional para la democracia, como si pactar con un partido legal, con representación electoral en ámbitos locales, autonómicos, nacionales y europeos, y presencia institucional fuera una anomalía moral. Sin embargo, la misma prensa que eleva ese acuerdo a categoría de catástrofe trata con una sorprendente indulgencia los pactos de Pedro Sánchez con fuerzas que han cuestionado la estabilidad institucional, la unidad política del Estado o la propia lógica de gobierno. Ahí aparece la doble vara de medir, tan visible como incómoda.   

(https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/04/el-doble-rasero-mediatico-cuando-la.html). 

La cuestión de fondo no es si Vox gusta o disgusta. Tampoco si el PP acierta o se equivoca al pactar con ellos. La cuestión es por qué se ha instalado en el periodismo español una jerarquía moral tan arbitraria que unos pactos se explican como necesidad democrática y otros se denuncian como degradación institucional. Cuando pacta la izquierda, se habla de “diálogo”, “altura de Estado” o “responsabilidad”. Cuando pacta la derecha, se invoca el apocalipsis, la regresión o el peligro democrático. Y así, la información deja de ser una explicación de la realidad para convertirse en un instrumento de propaganda con mejor tipografía.

Ese sesgo no solo empobrece el debate público, también rebaja la inteligencia del lector. Porque el ciudadano percibe perfectamente cuándo un periódico analiza y cuándo sentencia. Percibe cuándo se informa y cuándo se empuja. Y lo peor para la prensa no es perder credibilidad por equivocarse, sino perderla por parecer que ya no busca comprender la política, sino repartir certificados de legitimidad según el color del gobierno de turno.

El periodismo serio debería hacer justo lo contrario de lo que hace esta maquinaria de opinión enmascarada: separar hechos de juicios, describir los pactos, explicar sus consecuencias y examinar sus costes sin construir un bando de buenos y otro de malos. Si un pacto es legítimo para sostener un gobierno, lo es en ambos sentidos. Si un acuerdo merece crítica, la crítica debe apoyarse en su contenido, no en la simpatía o antipatía que despierte en la redacción.

Lo preocupante es que una parte de la prensa ya no aspira a informar al lector, sino a orientarlo emocionalmente. No le ofrece herramientas para pensar, sino consignas para reaccionar. Y cuando eso pasa, la democracia pierde una de sus defensas más útiles: una prensa capaz de incomodar a todos por igual. Porque una prensa que solo se escandaliza cuando gobierna el adversario no es prensa crítica; es solo un actor más en la batalla política.


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