La podredumbre del poder y la coartada de sus cómplices.
Hay gobiernos que caen por la aparición de escándalos o por la gravedad de algunos de ellos. El problema del actual gobierno es más profundo y más corrosivo: la sensación de que la degradación moral ya no es una anomalía, sino un modo de funcionamiento. Lo que debería provocar dimisiones, rupturas, depuración interna y una reacción política inmediata, aquí se administra como si fuera un simple desgaste mediático. Y esa es precisamente la señal más inquietante de todas.
Porque cuando un poder se acostumbra a convivir con la sospecha, deja de defenderse y empieza a justificarse. Primero minimiza. Después, relativiza. Más tarde acusa a los demás de exagerar. Y finalmente, convierte la vergüenza en un problema de comunicación. Ese itinerario, tan viejo como la política misma, hoy se reconoce con claridad en un gobierno que ya no parece preocupado por preservar autoridad moral, sino por resistir el próximo golpe. No gobierna para regenerar; gobierna para aguantar. Y aguantar, cuando la podredumbre avanza, no es una virtud: es una forma de complicidad.
El presidente Sánchez ya no puede presentarse como un dirigente ajeno a la crisis que rodea a su entorno. Esa coartada se agotó hace tiempo. Nadie serio puede creer que un líder esté aislado de manera permanente de lo que ocurre en su círculo más cercano, en su partido, en sus colaboradores directos y en la red política que sostiene su poder. Cuando la degradación se extiende, la pregunta no es si el presidente firmó cada maniobra o conoció cada detalle; la pregunta es qué tipo de cultura política ha permitido que todo eso ocurra, se consolide y se normalice. Y la respuesta apunta a una mezcla tóxica de cinismo, disciplina de partido y afán de supervivencia.
El entorno inmediato del poder suele funcionar como una cámara de eco, donde se premiará la obediencia y se castigará la duda. Donde se confunde lealtad con silencio, y prudencia con encubrimiento. Y se fabrica la gran mentira de que cualquier escándalo se puede reducir a un caso aislado, a una mala compañía, a tres nombres concretos o a una anécdota que no altera el conjunto. Pero la experiencia política enseña lo contrario: cuando aparecen de forma repetida indicios de corrupción, favores, colocaciones, opacidad o prácticas inmorales, no estamos ante accidentes separados. Estamos ante síntomas de un sistema que ha perdido la noción del límite.
Y ese límite no lo cruza solo quien delinque. Lo cruza también quien calla para conservar poder. Lo cruza quien protege a los suyos cuando ya no puede defenderlos con argumentos. Lo cruza quien reduce el daño reputacional a una estrategia de comunicación. Lo cruza quien, desde dentro del partido, prefiere salvar la imagen de la estructura antes que la dignidad pública. Ahí empieza la verdadera descomposición: no en el hecho aislado, sino en la red de personas que decide que el costo de la verdad es mayor que el costo del deterioro.
El socialismo gobernante, o lo que queda de su vieja promesa moral, ha terminado atrapado en una contradicción devastadora. Nació históricamente como un proyecto de regeneración, de justicia social y de superioridad ética frente a las viejas prácticas del poder. Pero cuando un partido convierte la retórica de la decencia en escudo para tapar sus propias miserias, el daño es doble. No solo pierde credibilidad; pierde legitimidad simbólica. Y esa pérdida no se repara con propaganda, ni con comparecencias teatrales, ni con una sucesión de mensajes diseñados para ganar tiempo.
Peor aún: los partidos que sostienen al gobierno cargan ahora con una responsabilidad que ya no pueden disfrazar de pragmatismo. Apoyar a un ejecutivo en dificultades no es un delito político. Mantener la estabilidad institucional tampoco. Pero sostener un poder moralmente erosionado, mientras se finge que todo se reduce a una incomodidad pasajera, sí tiene un coste. Porque cada voto de apoyo, cada silencio calculado, cada negociación al margen de la crisis contribuye a prolongar un ciclo de desgaste que ya no pertenece solo al partido en el gobierno. También compromete a quienes le prestan oxígeno.
A estas alturas, la cuestión no es si el gobierno conserva mayoría parlamentaria. La cuestión es si conserva autoridad para pedir sacrificios, exigir ejemplaridad o hablar en nombre de la ética pública. Y la respuesta se vuelve cada día más incómoda. Un poder puede sobrevivir aritméticamente y estar políticamente muerto. Puede seguir sentado en los escaños y haber perdido la credibilidad que lo justificaba. Puede resistir en el Congreso y haber fracasado en el terreno más importante: el de la confianza cívica.
La vieja trampa que plantea Sánchez consiste en hacer creer que la duración equivale a la legitimidad. No es así. A veces un gobierno se mantiene precisamente porque quienes lo sostienen temen el coste de derribarlo, como está ocurriendo en la actualidad. A veces la estabilidad es solo una tregua entre intereses. Y a veces la permanencia no prueba fortaleza, sino miedo compartido. Miedo a que la caída arrastre a todos. Miedo a que una investigación avance. Miedo a que se abran más expedientes, más testimonios, más nombres. Miedo, en definitiva, a que el relato de los hechos termine imponiéndose sobre el relato de la conveniencia.
Por eso la situación actual no puede abordarse como una sucesión de episodios aislados. Hay que nombrarlo por lo que es: una crisis de fondo, una quiebra moral y una descomposición política que afecta al presidente, a su círculo, a su partido y a los socios que lo mantienen en pie. La cuestión ya no es si hay suficientes maniobras para resistir la tormenta. La cuestión es si queda algo de autoridad para seguir gobernando sin insultar la inteligencia pública.
Cuando el poder se corrompe, no siempre cae con estruendo. A veces se va pudriendo despacio, entre excusas, apoyos tácticos y silencios interesados. Y cuando finalmente se derrumba, suele hacerlo después de haber arrastrado consigo a demasiados cómplices que juraron estar solo de paso. Ese es el verdadero retrato de esta etapa: no solo la podredumbre del presidente y de su entorno, sino la degradación de todos los que, por conveniencia o cobardía, decidieron sostenerla.
Comentarios
Publicar un comentario