El precio y el valor


"El precio pertenece al mercado y llena una factura. El valor pertenece a la conciencia y llena una vida." 


Vivimos en una época en la que casi todo tiene un precio y muy pocas cosas conservan intacto su valor. Sabemos cuánto cuesta una vivienda, un automóvil o un teléfono, pero cada vez resulta más difícil medir el valor de un compromiso adquirido, de una amistad leal o simplemente de tener una conciencia tranquila.

Según la R.A.E el primer significado de precio es “Valor pecuniario en que se estima algo”. El precio es una cifra. Sin embargo, el valor, según nos dice la tercera acepción del significado que da la R.A.E, es «Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.». El valor es intangible. 

Por tanto, el precio es una cifra y el valor es una convicción. Eso es así.

El precio lo fija el mercado; el valor lo determina el tiempo. El primero cambia con las circunstancias; el segundo permanece incluso cuando nadie lo reconoce. Hay personas capaces de vender sus principios por una cantidad concreta, mientras otras son incapaces de poner precio a aquello que consideran esencial. La diferencia entre unas y otras no está en su patrimonio, sino en su escala de valores.

Confundir ambos conceptos es uno de los grandes errores de nuestro tiempo. Se paga por el talento, pero el talento solo adquiere valor cuando se pone al servicio de un propósito. Se compra prestigio aparente mediante campañas de imagen, pero el verdadero prestigio solo nace de la conducta sostenida durante años. Se puede pagar por el silencio de alguien; jamás por su respeto.

La historia demuestra que quienes persiguieron únicamente el precio acabaron descubriendo que todo lo adquirido podía perderse. En cambio, quienes defendieron el valor de sus convicciones dejaron una huella que sobrevivió a su propia existencia.

Ocurre en la política, en la empresa y en la vida pública. Hay decisiones que resultan rentables a corto plazo, pero empobrecen moralmente a una sociedad. Cuando el precio desplaza al valor, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en una forma de gestionar la realidad. Y cuando el ciudadano comienza a admirar más el éxito que la integridad, la decadencia ya ha comenzado, aunque las cifras económicas parezcan sonreír.

El precio siempre responde a la pregunta «¿cuánto cuesta?». El valor responde a otra mucho más importante: «¿Merece la pena?».

No todo lo valioso puede comprarse. La confianza se gana. El honor se construye. La dignidad se conserva. El respeto se merece. Y la libertad, cuando se pierde, suele tener un coste infinitamente superior al que hubiera supuesto defenderla.

Quizá la verdadera riqueza de una persona no sea aquello que puede adquirir con su dinero, sino aquello que nunca estaría dispuesto a vender.

Porque, al final, el precio pertenece al mercado y llena una factura. El valor pertenece a la conciencia y llena una vida." 


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