El día de la marmota.


Hay un momento en el que uno deja de sorprenderse. No porque hayan desaparecido los motivos para hacerlo, sino porque su repetición termina anestesiando incluso la capacidad de indignarse. 

La política española es buena muestra de ello. Porque parece haberse instalado en una versión permanente de El día de la marmota: cada mañana despierta con un nuevo escándalo que se parece demasiado al de ayer, con un enfrentamiento que reproduce exactamente los argumentos de la semana anterior y con una promesa de regeneración que acaba diluyéndose antes de llegar la siguiente rueda de prensa.

Cambian los protagonistas. Cambian los titulares. Pero el guion permanece intacto.

Durante mucho tiempo he escrito sobre ello. No porque creyera que mis palabras fueran a cambiar el rumbo de los acontecimientos, sino porque pensaba que guardar silencio equivalía, de algún modo, a aceptar la normalidad de lo que considero anormal, como vengo a contar en mi novela “Lo que empezó en voz baja”. Escribir era una forma de ordenar las ideas, de compartir inquietudes y, sobre todo, de negarme a aceptar que el deterioro institucional, la polarización permanente o la utilización partidista de cualquier asunto acabaran formando parte del paisaje.

Sin embargo, también escribir cansa.

Cansa comprobar que los mismos debates regresan una y otra vez sin aportar soluciones. Cansa asistir al intercambio inagotable de acusaciones donde casi nadie parece interesado en escuchar al otro. Y cansa observar cómo cada decisión se interpreta únicamente desde el cálculo electoral y cómo el interés general se convierte en una expresión que todos pronuncian y pocos practican.

Existe un tipo de fatiga que no nace del exceso de trabajo, sino del exceso de ruido.

Vivimos rodeados de declaraciones, tertulias, redes sociales, filtraciones, desmentidos, exclusivas que duran apenas unas horas y polémicas que se suceden con tal velocidad que ninguna llega a resolverse antes de ser sustituida por la siguiente. Todo reclama nuestra atención. Todo exige una opinión inmediata. Todo parece urgente.

Y, sin embargo, pocas cosas parecen realmente importantes.

Tal vez el verdadero éxito de esta dinámica no sea convencer a nadie, sino agotarnos a todos. Porque un ciudadano cansado deja de analizar, deja de contrastar y, muchas veces, deja simplemente de interesarse. La saturación termina produciendo el mismo efecto que la censura: el silencio. No porque alguien lo imponga, sino porque el desgaste hace que uno prefiera mirar hacia otro lado durante un tiempo.

No creo que España carezca de personas honestas ni de instituciones valiosas. Tampoco pienso que todo esté perdido. Precisamente por eso resulta tan frustrante contemplar cómo el debate público parece incapaz de elevarse por encima de la confrontación diaria. Hay demasiada energía dedicada al conflicto y muy poca a construir.

Quizá por eso he decidido hacer una pausa.

No es una renuncia a las ideas ni una declaración de indiferencia. Tampoco significa que la realidad haya dejado de importarme. Es, simplemente, la necesidad de recuperar la perspectiva. Porque para observar bien un paisaje, a veces hay que alejarse unos pasos.

El verano invita a ello.

Durante unas semanas quiero escribir sobre asuntos menos comprometidos, pero no menos humanos. Hablar de los viajes que dejan recuerdos imborrables, de los libros que esperan pacientemente en la mesilla, de la fuerza discreta del mundo rural, de la memoria, de las personas que encontramos por el camino, de la belleza que aún resiste en los pequeños gestos cotidianos. En definitiva, escribir sobre aquello que no depende de un titular de última hora.

La política seguirá ahí cuando termine el verano.

Seguramente continuará ofreciéndonos nuevos capítulos de esta interminable marmota nacional. Los actores habrán cambiado alguna frase, aparecerán nuevos nombres y desaparecerán otros, pero sospecho que el escenario será muy parecido al actual.

Mientras tanto, necesito concederme el lujo de mirar hacia otro lado sin sentir que estoy desertando.

Porque descansar también es una forma de resistencia. Y porque, en ocasiones, cuidar la serenidad resulta mucho más útil que alimentar una indignación que amenaza con convertirse en rutina.

No sé si septiembre traerá una política mejor. Lamentablemente, la experiencia invita a ser prudente. Lo que sí espero es volver sobre estos temas con la mirada descansada, porque las ideas también necesitan respirar. Mientras tanto, este rincón volverá a ocuparse de aquello que nunca deja de tener valor: las personas, los libros, los viajes, el campo, la memoria y esas pequeñas historias que, sin hacer ruido, explican mucho mejor quiénes somos.

Nos volveremos a encontrar en septiembre con los comentarios políticos y de actualidad. Con suerte, con las mismas convicciones, pero con menos cansancio. Y, quién sabe, quizá también con la esperanza de que algún día dejemos de despertarnos, política y socialmente, en el mismo lunes interminable.


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