Cuando la verdad desaparece: el poder que la borra y la indiferencia que la abandona


Hay frases que no dialogan; se enfrentan.

Y hay otras que parecen enfrentarse hasta que descubrimos que, en realidad, describen dos momentos sucesivos de una misma tragedia.

Es verano, es tiempo para leer y escribir, y para olvidar temas de la actualidad. Aunque en mi publicación de ayer caí de nuevo en la tentación (¿Dónde están los impuestos? https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/07/donde-estan-nuestros-impuestos.html), llevado por la lamentable actualidad de los incendios. 

Llevo varios días dándole vueltas a este diálogo entre Orwell y Huxley. Según estos autores, hay dos maneras de hacer desaparecer la verdad. La primera consiste en perseguirla. La segunda, mucho más sutil, en dejar de necesitarla. 

Estas dos frases que sirven de punto de partida para esta reflexión parecen describir un mismo fenómeno desde perspectivas distintas. George Orwell nos advierte de un peligro político: «La verdad desaparece cuando el poder decide borrarla.» Aldous Huxley señala un peligro antropológico aún más profundo: «La verdad desaparece cuando nadie siente ya la necesidad de buscarla.»

La primera denuncia a los gobernantes. La segunda interpela a los ciudadanos.

Y quizá esa sea la diferencia esencial entre las dos: 

Orwell: la verdad como víctima del poder

En el universo de Orwell, autor de la novela “1984” la verdad tiene enemigos perfectamente identificables. El Estado reescribe los periódicos, modifica los archivos, destruye documentos y cambia el significado de las palabras. La mentira necesita policías, censores, ministerios y propaganda.

El poder comprende que quien controla el pasado controla el presente, y quien controla el lenguaje controla la realidad. No basta con prohibir ciertas ideas; es necesario hacer creer que nunca existieron.

La mentira es, por tanto, una decisión consciente del poder.

Pero Orwell presupone algo importante: todavía existen personas que desean conocer la verdad. Precisamente por eso hay que ocultársela.

Huxley: La verdad como víctima de la indiferencia

Huxley, autor de “Un mundo feliz”, entre otras,  dibuja un escenario mucho más inquietante. Porque ya no hace falta prohibir libros cuando nadie quiere leerlos, ni hace falta censurar noticias cuando la distracción permanente resulta infinitamente más atractiva que la reflexión, ni tampoco hace falta destruir la verdad cuando la sociedad prefiere el entretenimiento a la comprensión.

En este modelo, el problema no es la existencia de un poder opresor, sino la desaparición del deseo de conocer. La verdad, simplemente, muere por abandono. No porque alguien la encarcele, sino porque nadie acude a visitarla.

Dos amenazas distintas

La intuición habitual consiste en pensar que Orwell y Huxley describen sistemas incompatibles. Sin embargo, la historia demuestra que son perfectamente complementarios. Porque todo poder aspira a controlar el relato de los hechos.

Pero ese objetivo resulta mucho más sencillo cuando los ciudadanos han dejado de distinguir entre información y espectáculo, entre conocimiento y opinión, entre evidencia y emoción.

Orwell explica cómo actúa el poder.

Huxley explica por qué encuentra tan poca resistencia.

El verdadero enfrentamiento

Si hubiera que elegir cuál de las dos amenazas resulta hoy más peligrosa, la respuesta quizá sorprenda. Porque el poder siempre ha intentado manipular la verdad. Y eso no constituye una novedad histórica.

Lo verdaderamente nuevo es que una parte creciente de la sociedad parece haber renunciado al esfuerzo intelectual que exige buscarla. Porque buscar la verdad requiere tiempo y exige aceptar la posibilidad de estar equivocado. Obliga a escuchar argumentos incómodos y requiere distinguir hechos de interpretaciones.

Todo ello supone un esfuerzo que la cultura de la inmediatez considera innecesario. Y cuando desaparece ese esfuerzo, el poder ya no necesita imponer una versión oficial. Simplemente le basta con inundar el espacio público de versiones incompatibles.

Entonces ya no importa qué sea verdad. Importa únicamente qué relato consigue más adhesiones.

España como ejemplo

La realidad política española ofrece numerosos ejemplos de esta doble dinámica.

El actual gobierno utiliza con frecuencia el lenguaje como instrumento de combate político. Las palabras cambian de significado según quién las pronuncie. Lo que ayer era una cesión hoy es diálogo; lo que ayer era un privilegio, hoy se presenta como justicia; lo que ayer era una excepción, mañana recibe el nombre de normalidad.

Eso pertenece al mundo de Orwell.

Pero existe otra realidad, quizá más preocupante, y es que cada vez importa menos verificar los hechos. Las noticias se consumen como si fueran entretenimiento. Las redes sociales premian la indignación antes que la comprobación. Y muchos ciudadanos no buscan información que contradiga sus convicciones; buscan confirmación emocional.

Eso pertenece al mundo de Huxley.

El triunfo perfecto

Existe un momento en el que Orwell deja de ser necesario porque Huxley ya ha vencido. Y es cuando nadie siente curiosidad por la verdad, la censura pierde utilidad.

¿Por qué prohibir un libro que nadie leerá?

¿Por qué manipular un dato que nadie comprobará?

¿Por qué borrar documentos cuando basta con saturar el debate de ruido?

El poder más eficaz no es el que obliga, lo decía en mi serie de artículos “ La arquitectura invisible”, publicada en este mismo blog (https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/04/la-arquitectura-invisible-y-lo-que.html). Es el que consigue que las personas dejen voluntariamente de hacerse preguntas.

Recuperar la verdad

Quizá la defensa de la verdad no dependa únicamente de las instituciones, de los jueces o de los periodistas.

Depende también de una actitud moral.

Buscar la verdad exige humildad para reconocer errores, paciencia para contrastar fuentes y valentía para aceptar conclusiones que quizá contradigan nuestras preferencias.

La verdad no desaparece únicamente cuando alguien decide ocultarla. También desaparece cuando nosotros dejamos de echarla de menos. Y ahí reside la enseñanza conjunta de Orwell y Huxley.

Uno nos advierte contra el abuso del poder. El otro nos previene contra la pereza de la conciencia.

Si Orwell tenía razón, debemos vigilar a quienes gobiernan.

Si Huxley tenía razón, debemos vigilarnos también a nosotros mismos.

Porque una democracia puede sobrevivir a un gobierno que miente. Lo que difícilmente puede sobrevivir es a una ciudadanía que ha dejado de querer saber la verdad.


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