Hay dolores que no pasan. No se van. No se despiden siquiera. Se quedan. No hacen ruido todo el tiempo, pero están ahí, sentados en algún rincón de uno mismo, esperando. Y cuando regresan, no sorprenden: reconocen el camino, lo recorren despacio, como si nunca se hubieran ido. La primera vez que mi espalda me traicionó fue en 1997. Tenía 34 años, dos hijos pequeños, una mujer excepcional y toda la vida por delante. Hasta entonces, el cuerpo era un aliado silencioso. No pedía permiso, no exigía atención. Simplemente estaba, sosteniéndolo todo. Pero un día dejó de hacerlo. Una protusión en L4-L5. Un nombre clínico para algo que no tenía nada de frío ni de técnico. El dolor lo ocupó todo. No era un síntoma: era una forma de vivir. Dolía al caminar, dolía al quedarme quieto, dolía al intentar ser quien había sido hasta ese momento. Dolía incluso en lo más pequeño, en lo más íntimo: agacharse, girarse, levantarse. Y entonces entendí algo que nadie te explica: hay un instante en el que dejas...
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