Cuando el desprecio sustituye al respeto institucional

 

Como escribía en uno de mis artículos anteriores, el verano es tiempo para leer. Y en eso, ocupo la mayor parte de mi tiempo durante el día. Leyendo y releyendo, he encontrado una intervención en el Congreso de Mertxe Aizpurua, portavoz del Grupo Parlamentario de Bildu, en la que utilizó unas palabras y un tono despectivos hacia las victorias de la selección española en 2024 y hacia los símbolos que la acompañan, concretamente tras la victoria frente a Inglaterra, en la que se proclamó campeona de la Eurocopa(https://okdiario.com/eurocopa/bildu-no-soporta-exito-espana-presiona-pedro-sanchez-partirla-cuatro-selecciones-13177841?). Estas declaraciones volvían a poner sobre la mesa una contradicción difícil de ignorar. Y como el verano también es tiempo de escribir, aunque sea sobre asuntos pasados, pero que desgraciadamente todavía están presentes, voy a ponerme a ello. Porque esta reflexión no tiene fecha de caducidad. 

Hay algo profundamente revelador cuando un representante público es incapaz de alegrarse por el éxito de quienes representan a millones de ciudadanos. No hablamos de compartir una ideología, un proyecto político o una determinada visión territorial de España. Hablamos de algo mucho más elemental: el respeto institucional.

En una democracia madura, los cargos públicos son libres para defender sus ideas, incluso aquellas que cuestionan el propio modelo de Estado. Esa libertad forma parte de la esencia del sistema democrático. Pero esa misma democracia exige un mínimo de lealtad institucional y de respeto hacia aquello que representa al conjunto de la ciudadanía.

La selección española no pertenece a un gobierno. No pertenece a un partido. Ni siquiera pertenece a quienes sienten un patriotismo más intenso. Pertenece a millones de personas que, durante unas horas, olvidan sus diferencias políticas para celebrar el esfuerzo de unos deportistas que han competido bajo los colores oficiales del país.

Despreciar esa victoria no es únicamente criticar un símbolo. Es despreciar la emoción legítima de millones de ciudadanos.

Resulta llamativo que quienes ocupan un escaño en las instituciones españolas, con todos los derechos, recursos y garantías que estas proporcionan, muestren un desdén sistemático hacia los símbolos que esas mismas instituciones representan. La coherencia política no exige renunciar a las propias convicciones, pero sí reconocer el marco democrático que permite ejercerlas.

Quien acepta un acta parlamentaria acepta también unas reglas del juego. Entre ellas, el respeto a los símbolos comunes, aunque no los comparta personalmente. Porque la función de un representante público no consiste en alimentar la fractura emocional de la sociedad, sino en contribuir a una convivencia basada en el pluralismo y el respeto mutuo.

Existe, además, una cuestión de responsabilidad. Los representantes públicos desempeñan un cargo financiado con los impuestos de todos los ciudadanos, también de aquellos a quienes desprecian cuando ridiculizan aquello que para ellos constituye un motivo de orgullo. Ese hecho no obliga a compartir sentimientos patrióticos, pero sí debería imponer un mínimo de respeto hacia quienes hacen posible, con su esfuerzo fiscal, el funcionamiento de las instituciones en las que desarrollan su actividad política.

La libertad de expresión protege el derecho a discrepar. Pero la dignidad institucional debería impedir convertir el desprecio en una forma de hacer política.

España es una sociedad plural. En ella conviven identidades diversas, sensibilidades diferentes y proyectos políticos contrapuestos. Precisamente por eso resulta tan importante distinguir entre la crítica legítima y el menosprecio deliberado. Lo primero fortalece la democracia; lo segundo alimenta la polarización y erosiona los espacios comunes que todavía compartimos.

La selección española seguirá ganando o perdiendo partidos. Sus jugadores seguirán representando a un país plural y complejo. Lo verdaderamente preocupante no es que algunos no celebren sus victorias. Lo preocupante es que quienes han sido elegidos para representar a ciudadanos de una democracia utilicen ese escaparate institucional para ridiculizar aquello que millones de personas viven con normalidad, respeto y orgullo.

El pluralismo no exige amar los mismos símbolos. Exige respetar que otros sí lo hagan. Ese es, quizá, el primer requisito para una convivencia democrática que aspire a ser algo más que la suma de enfrentamientos permanentes.


Comentarios

Entradas populares de este blog

SERIE: Carretera hacia el azul infinito Un viaje por la Costa Amalfitana

“Y aun así, sigo”

Las Fallas: lo que arde y lo que permanece