Sin justicia compartida no hay democracia posible: una reflexión para la España de hoy.
«La justicia no existe para que unos venzan a otros, sino para que todos puedan convivir bajo las mismas reglas.» M.V.L.L.
Este fin de semana me ha dado por releer un antiguo libro escrito por el Profesor José M. Rodriguez Paniagua, titulado “Historia del Pensamiento Jurídico” y encontré esta frase que me causó especial atención "La justicia, según el epicureísmo, consiste en ciertas convenciones que los hombres han establecido para tener una vida más placentera, sin molestarse unos a otros." Y que me da pie para hacer la siguiente reflexión:
Hace más de dos mil años, Epicuro formuló una idea de la justicia sorprendentemente moderna. Frente a quienes entendían la justicia como una verdad absoluta dictada por los dioses o inscrita en la naturaleza, Epicuro la consideró un pacto humano. Un acuerdo racional entre personas libres para poder convivir en paz, evitando el daño mutuo y favoreciendo una vida tranquila.
Esta concepción resulta especialmente interesante cuando se observa la realidad política y social de la España actual.
La justicia como instrumento de convivencia
Para Epicuro, las leyes no tenían valor por sí mismas. No eran sagradas ni intocables. Su legitimidad dependía de una cuestión muy sencilla: si servían para mejorar la convivencia entre los ciudadanos.
Cuando una norma protege a las personas, garantiza la seguridad jurídica y permite que la sociedad funcione de manera estable, cumple su función. Pero cuando deja de servir a ese propósito, pierde parte de su justificación moral.
Aplicado a la España contemporánea, este planteamiento invita a preguntarnos si el debate político gira realmente en torno al bienestar común o si, por el contrario, las instituciones se han convertido en escenarios de confrontación permanente.
La sensación de muchos ciudadanos es que la política ha dejado de ser un espacio para alcanzar acuerdos y se ha transformado en una lucha continua por el poder. En ese contexto, la justicia corre el riesgo de ser percibida no como un árbitro imparcial, sino como una herramienta más dentro del conflicto político.
El problema de la polarización
Uno de los rasgos más evidentes de la España actual es la creciente polarización. Los grandes asuntos nacionales parecen dividirse inmediatamente en bloques irreconciliables.
Desde una perspectiva epicúrea, esta situación constituye un fracaso de la función esencial de la justicia. Si las normas y las instituciones existen para evitar que los ciudadanos se dañen mutuamente, la constante tensión política produce precisamente el efecto contrario: genera desconfianza, enfrentamiento y una creciente sensación de inseguridad social.
Epicuro sostenía que la tranquilidad del alma era uno de los mayores bienes que podía alcanzar una persona. Difícilmente puede lograrse esa tranquilidad cuando la vida pública se desarrolla en un clima permanente de sospecha y confrontación.
La igualdad ante la ley
Otro aspecto fundamental de la reflexión epicúrea es que las convenciones solo funcionan si son aceptadas como justas por quienes las cumplen.
Cuando una parte de la sociedad percibe que existen privilegios, excepciones o tratamientos diferenciados según la posición política, económica o institucional de determinados grupos, el pacto de convivencia comienza a deteriorarse.
La fortaleza de un Estado de derecho no reside únicamente en la existencia de leyes, sino en la convicción compartida de que esas leyes se aplican de manera igualitaria.
En la España actual, buena parte de los debates sobre la actuación de los tribunales, las reformas legales o las relaciones entre poderes del Estado tienen precisamente como trasfondo esta cuestión: la necesidad de preservar la confianza ciudadana en la imparcialidad de las reglas comunes.
La justicia no es venganza
Existe además una enseñanza especialmente relevante en el pensamiento de Epicuro. La justicia no debe entenderse como un mecanismo de castigo permanente, sino como una garantía de seguridad para todos.
En ocasiones, el debate público parece orientarse más hacia la descalificación del adversario que hacia la búsqueda de soluciones. Sin embargo, una sociedad democrática madura necesita instituciones capaces de resolver conflictos sin convertir cada discrepancia en una batalla existencial.
Cuando los ciudadanos perciben que las normas sirven para proteger derechos y resolver diferencias pacíficamente, aumenta la confianza en el sistema. Cuando las normas son vistas como armas arrojadizas, la convivencia se resiente.
Una lección para nuestro tiempo
La frase de Epicuro conserva una vigencia extraordinaria porque recuerda una verdad elemental que con frecuencia se olvida: la justicia existe para hacer posible la convivencia.
No se trata de que todos piensen igual. Tampoco de eliminar el debate político, que es consustancial a una democracia. Se trata de mantener un marco común de reglas respetadas por todos, independientemente de las diferencias ideológicas.
España atraviesa una etapa de profundas tensiones políticas e institucionales. Precisamente por ello conviene recuperar la mirada serena de aquel filósofo griego que entendía la justicia como un acuerdo destinado a permitir una vida más tranquila y más libre.
Porque cuando las leyes dejan de ser un espacio de encuentro y pasan a convertirse en instrumentos de división, el pacto social comienza a debilitarse. Y cuando ese pacto se debilita, no pierde únicamente la política: pierde la sociedad entera.
La verdadera actualidad de la reflexión de Epicuro reside en recordar que la justicia no debería servir para que unos ciudadanos se impongan sobre otros, sino para que todos puedan convivir bajo unas mismas reglas, con seguridad, libertad y respeto mutuo. Ese sigue siendo, más de veinte siglos después, uno de los mayores desafíos de cualquier democracia.
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