La última arquitectura del poder: Sánchez, la responsabilidad perdida

 

“Pedro Sánchez ante el Congreso: una comparecencia no solo para explicar, sino para medir hasta dónde alcanza la arquitectura que sostiene al poder.”


Esta mañana he seguido muy atentamente la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso y he podido comprobar, que no ha sido únicamente una intervención para responder a una crisis política. Ha sido, sobre todo, una oportunidad para observar una de las grandes características del actual liderazgo socialista: la dificultad para asumir responsabilidades cuando los problemas alcanzan al propio espacio de poder.

En los últimos artículos de este blog hemos hablado de la arquitectura invisible del poder: esa estructura formada por relatos, lealtades, silencios, equilibrios parlamentarios y estrategias de supervivencia que permite que un sistema continúe incluso cuando empieza a mostrar grietas.

Pero toda arquitectura necesita pilares. Y uno de los pilares esenciales de una democracia es la responsabilidad.

No solamente la responsabilidad jurídica, que corresponde determinar a los tribunales, sino la responsabilidad política y ética. Esa que obliga a un dirigente a preguntarse no solo si ha cometido un error personal, sino si las personas que colocó en puestos de relevancia han comprometido la confianza depositada en su Gobierno.

Porque el problema político de Sánchez no está únicamente en los casos concretos que rodean a determinadas personas. El problema está en una pregunta mucho más incómoda:

¿Hasta dónde llega la responsabilidad de quien nombra?

Un presidente no puede controlar todas las actuaciones futuras de las personas que forman parte de su equipo. Eso sería imposible. Pero un presidente sí responde por los criterios con los que construye su círculo de confianza, por los controles que establece y por la actitud que mantiene cuando aparecen señales de alarma.

La política no funciona solo con la presunción de inocencia. Funciona también con códigos de conducta, ejemplaridad y responsabilidad pública.

Y ahí aparece una de las mayores críticas hacia Sánchez: la sensación de que ante cada problema la respuesta no ha sido asumir una parte de la responsabilidad política, sino trasladar la carga hacia los protagonistas directos, presentando cada episodio como un hecho aislado.

Pero cuando los nombres empiezan a repetirse alrededor del mismo espacio de poder, cuando los acontecimientos afectan a personas cercanas al núcleo político del presidente, la sociedad empieza a hacerse otra pregunta:

¿Estamos ante una sucesión de casos individuales o ante un problema de cultura política?

Ese es el punto donde la explicación deja de ser suficiente y empieza a ser necesaria la responsabilidad.

También ha defendido la figura de José Luis Rodríguez Zapatero y con ella la situación adquiere también un significado simbólico dentro de este debate. Quien durante años representó para una parte del socialismo español una referencia moral y política, aparece ahora sometido al escrutinio público por su papel en determinadas controversias. Más allá de cualquier valoración judicial, la cuestión política es si quienes han construido su trayectoria alrededor de principios de regeneración, ética pública y compromiso institucional deben responder también cuando esos principios parecen ponerse en cuestión.

La política tiene una memoria selectiva. Lo hemos tratado en otros artículos de este blog. Los partidos recuerdan con precisión los errores del adversario y encuentran explicaciones para los propios. Pero la ciudadanía suele tener una percepción distinta: observa patrones.

Y cuando percibe que las responsabilidades siempre terminan alejándose de la cima del poder, aparece una sensación peligrosa: la de que existe una doble vara de medir.

La intervención de Sánchez en el Congreso ha vuelto a mostrar su principal característica política: la resistencia.

Sánchez resiste. Defiende. Contraataca. Convierte cada crisis en una batalla política.

Esa capacidad es, sin duda, una de sus mayores fortalezas.

Pero también puede convertirse en su mayor debilidad.

Porque gobernar no consiste únicamente en sobrevivir. Gobernar implica reconocer errores, asumir costes y demostrar que la defensa de una institución está por encima de la defensa de una posición personal.

Cuando un dirigente interpreta toda crítica como una operación para derribarle, corre el riesgo de no escuchar la parte de esa crítica que reclama algo diferente: no una caída, sino una explicación; no una derrota, sino una responsabilidad.

Y aquí aparece la cuestión de la disolución de las Cortes.

Si un Gobierno llega a un punto en el que la agenda pública gira más alrededor de sus problemas que de sus proyectos, si la confianza comienza a deteriorarse y si la política se convierte en una defensa permanente, la convocatoria electoral deja de ser una amenaza y se convierte en un mecanismo democrático de renovación.

Pero esa salida tiene un obstáculo evidente.

Los socios que sostienen al Gobierno.

Porque quienes mantienen la mayoría parlamentaria tienen también sus propios intereses. Algunos dependen de acuerdos concretos, de capacidad de influencia y de una posición política que podría verse comprometida si se abre un nuevo escenario electoral.

Pero, sobre todo, existe un factor decisivo: el miedo a una alternativa formada por la derecha junto con la extrema derecha.

Ese temor funciona como el gran elemento de cohesión del bloque que sostiene a Sánchez. No necesariamente porque todos compartan el mismo proyecto, sino porque muchos consideran que cualquier ruptura podría abrir una puerta que desean evitar.

Y así aparece la gran contradicción de esta legislatura:

Un gobierno que puede estar políticamente desgastado, pero que permanece porque quienes podrían hacerlo caer temen todavía más la alternativa.

La estabilidad deja entonces de apoyarse únicamente en la confianza y empieza a apoyarse en el miedo.

Pero una democracia madura no debería vivir eternamente de equilibrios defensivos. Porque al final la pregunta no es si Sánchez puede seguir resistiendo. Probablemente pueda.

La pregunta es si la resistencia es suficiente cuando lo que se exige es responsabilidad.

La arquitectura invisible del poder puede sostener un edificio durante mucho tiempo. Puede ocultar grietas. Puede retrasar reformas. Puede mantener un equilibrio frágil. Pero llega un momento en que la cuestión ya no es si el edificio sigue en pie.La cuestión es si quienes están dentro todavía confían en él.

Y esa decisión, tarde o temprano, siempre termina perteneciendo a los ciudadanos.


Comentarios

Entradas populares de este blog

SERIE: Carretera hacia el azul infinito Un viaje por la Costa Amalfitana

“Y aun así, sigo”

Las Fallas: lo que arde y lo que permanece