El victimismo como escudo político.


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Reflexiones tras la comparecencia improvisada de Pedro Sánchez

Esta mañana he seguido con atención la comparecencia improvisada de Pedro Sánchez ante los medios. Más allá del contenido concreto de sus declaraciones, me llamó la atención algo que se ha convertido en una constante de su forma de comunicar en los momentos de mayor dificultad política: el recurso al victimismo como estrategia de defensa.

No es una técnica nueva en política. De hecho, ha sido utilizada por líderes de muy distintas ideologías a lo largo de la historia. Cuando las explicaciones resultan incómodas o insuficientes, el foco deja de situarse sobre los hechos y se desplaza hacia quien supuestamente sufre una injusticia. El debate deja de ser qué ha ocurrido para convertirse en quién está siendo atacado.

En su intervención, Sánchez insistió en que desconocía las actuaciones atribuidas a Leire Díez y afirmó sentirse indignado por las informaciones aparecidas. Pero, junto a esa negación, introdujo un elemento que ya hemos visto en otras ocasiones: la idea de que él mismo ha sido víctima de actuaciones semejantes en el pasado. «Yo no he hecho lo que me hicieron a mí», llegó a afirmar. (El País)

Esa frase es políticamente significativa. No responde directamente a las dudas planteadas sobre el caso. Tampoco aporta nuevos datos. Su función parece otra: trasladar la conversación desde la responsabilidad política hacia el terreno emocional de la agresión sufrida.

Es una estrategia eficaz porque conecta con un sentimiento humano muy básico. Cuando alguien se presenta como víctima, la atención del público suele desplazarse de la acusación a la compasión. El observador deja de preguntarse exclusivamente qué ocurrió y comienza a preguntarse si la persona está siendo tratada de forma injusta.

Durante los últimos años, Pedro Sánchez ha recurrido con frecuencia a este marco narrativo. Lo vimos en las cartas dirigidas a la ciudadanía, en las referencias a campañas de acoso político y mediático, y en numerosas ocasiones en las que ha presentado determinadas investigaciones o críticas como parte de una ofensiva contra su persona o contra su proyecto político. (El País)

Este mecanismo tiene varias ventajas:

La primera es que cohesiona a los partidarios. Cuando un líder se presenta como objeto de un ataque, sus seguidores tienden a cerrar filas en torno a él.

La segunda es que simplifica el relato. En lugar de debatir sobre una sucesión compleja de hechos, documentos o responsabilidades, la discusión se reduce a una pregunta emocional: ¿están siendo justos con él?

Y la tercera es que permite transformar una posición defensiva en una ofensiva política. Quien se presenta como víctima puede pasar rápidamente a señalar a sus presuntos agresores.

Sin embargo, esta estrategia también tiene riesgos.

El principal es el desgaste. Cuando el recurso al victimismo se utiliza de forma reiterada, corre el peligro de perder eficacia. Una parte de la opinión pública puede llegar a percibir que cualquier crítica, investigación o controversia termina siendo reinterpretada como una persecución personal. Y en democracia existe una diferencia fundamental entre ser objeto de una campaña injusta y ser objeto del legítimo escrutinio público.

Los ciudadanos esperan que sus gobernantes respondan preguntas difíciles, especialmente cuando afectan a personas de su entorno político. La apelación constante a la condición de víctima puede acabar generando la sensación de que las explicaciones nunca llegan a producirse completamente.

Por eso, tras escuchar la comparecencia de esta mañana, me quedó la impresión de que Pedro Sánchez volvió a recurrir a una fórmula que conoce bien: convertir la defensa política en una defensa personal. No se trata de negar que pueda sentirse injustamente tratado. Tampoco de ignorar que la política española vive un clima de enorme polarización. Pero sí de observar cómo, una vez más, el relato de la víctima pareció ocupar un espacio tan importante como las respuestas que los ciudadanos esperaban escuchar.

Y quizá ahí reside la cuestión de fondo.

Cuando un líder político comparece en medio de una polémica, la pregunta más relevante no es si se siente atacado. La pregunta es si ha conseguido aclarar los hechos.

Porque en democracia la confianza no se construye sobre emociones, sino sobre explicaciones. Y cuando las explicaciones son insuficientes, el victimismo puede servir como refugio temporal, pero difícilmente como solución permanente.




Fuentes:

https://elpais.com/espana/2026-06-05/sanchez-nunca-avale-conoci-o-permiti-nada-de-lo-que-hacia-leire-diez-yo-no-he-hecho-lo-que-me-hicieron-a-mi.html?

https://cadenaser.com/nacional/2026/06/05/pedro-sanchez-atiende-a-los-medios-a-su-llegada-a-la-cumbre-ue-balcanes-cadena-ser/


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