Del miedo a las urnas al poder por el poder

 

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Hace un par de días escribí un artículo titulado «¿Miedo a las urnas?» https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/2026/06/miedo-las-urnas.html.

Y la pregunta que planteaba en aquel artículo, era sencilla, pero profundamente incómoda. Porque si un gobierno está convencido de actuar correctamente, si considera que sus decisiones responden al interés general y si mantiene la confianza de la mayoría social, ¿por qué temer el juicio de los ciudadanos?

Aquella reflexión no pretendía cuestionar la legitimidad legal del Gobierno. Pretendía abordar algo diferente: la legitimidad política y moral que nace de la confianza popular. Porque en democracia las urnas no son una amenaza. Son precisamente la fuente última de la autoridad de cualquier gobernante.

Hoy, al contemplar la evolución de la política española bajo el liderazgo de Pedro Sánchez, aquella pregunta adquiere una dimensión aún más relevante.

En mi artículo reciente, «Sánchez o el poder por el poder», sostenía que el rasgo más característico del actual presidente no es una ideología especialmente definida ni un proyecto histórico claramente reconocible, sino una extraordinaria capacidad para conservar el poder. Una capacidad que, con el paso de los años, parece haberse convertido en el eje central de toda su acción política.

Y es aquí donde ambos textos convergen.

Porque cuando la prioridad de un gobernante deja de ser desarrollar un proyecto de país para convertirse en la conservación de su posición, las urnas dejan de contemplarse como una expresión natural de la democracia y comienzan a percibirse como un riesgo.

No porque se dude de la democracia. Sino porque se teme perder el control.

La diferencia es esencial.

Un estadista entiende las elecciones como una rendición de cuentas periódica ante la ciudadanía. Un político obsesionado con mantenerse en el poder las contempla como una amenaza potencial para su continuidad. En el primer caso, las urnas son un instrumento de legitimación. En el segundo, se convierten en un obstáculo que debe evitarse mientras sea posible.

Por eso la pregunta «¿Miedo a las urnas?» no es una simple provocación retórica. Es la consecuencia lógica de una forma de hacer política donde la supervivencia del Gobierno acaba situándose por encima de cualquier otra consideración.

Cuando observamos los continuos cambios de posición, las alianzas justificadas por la necesidad parlamentaria, las concesiones presentadas como inevitables y la resistencia sistemática a someter determinadas decisiones al veredicto ciudadano, emerge una sospecha inevitable: que el objetivo principal ya no es convencer a los españoles, sino gestionar las circunstancias necesarias para seguir gobernándolos.

La frase atribuida a Manuel Azaña adquiere entonces toda su fuerza:

"Yo no sé si soy un estadista; lo cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar."


Porque la cuestión central ya no es si Pedro Sánchez gobierna bien o mal. Ni siquiera si sus políticas son acertadas o equivocadas. La cuestión es otra: si las decisiones que adopta responden a una visión de España o a la necesidad de conservar una mayoría parlamentaria que garantice su permanencia en La Moncloa.

Si la respuesta es la segunda, entonces la pregunta de aquel artículo sigue plenamente vigente.

Y quizá explique muchas cosas.

Entre ellas, la creciente sensación de que las urnas han dejado de ser el lugar donde se busca la legitimidad para convertirse en el lugar donde se corre el riesgo de perder el poder.

Porque cuando mandar se convierte en el objetivo, consultar a los ciudadanos deja de ser una obligación democrática y empieza a percibirse como una amenaza.

Y esa es, probablemente, la diferencia más profunda entre quien aspira a servir a una nación y quien simplemente aspira a seguir gobernándola. Porque el miedo a las urnas sería la consecuencia natural de una política cuya prioridad fundamental es la conservación del poder.


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