Cuando Sánchez cambia convicciones por oxígeno político
En política no hay milagros, pero sí oportunismos bien aprovechados. Y la visita del Papa es, para Pedro Sánchez, exactamente eso: un bálsamo inesperado en medio de un clima político que exigía explicaciones, dimisiones y ceses que no llegan.
Resulta difícil no subrayar la contradicción. Un presidente que se ha definido públicamente como ateo confeso, que no ha asistido a ningún Funeral de Estado, no ha tenido reparo alguno en envolverse en la escenografía de una visita papal cuando esta le convenía. No hay aquí conflicto ideológico, sino cálculo político. Y en ese terreno, Sánchez se mueve con soltura: no se trata de creer, sino de capitalizar.
Porque en democracia la confianza no se construye sobre emociones, sino sobre explicaciones. Y cuando las explicaciones son insuficientes, el victimismo puede servir como refugio temporal, pero difícilmente como solución permanente. Ante ese déficit, la visita del papa ha funcionado como un cortafuegos perfecto: desplaza el foco, suaviza el clima y concede una tregua mediática que el Gobierno necesitaba con urgencia.
Durante unos días, la conversación deja de girar en torno a las incoherencias, las tensiones internas o las decisiones controvertidas, y se traslada al terreno de lo simbólico. Allí, Sánchez deja de ser el político cuestionado para convertirse en anfitrión institucional, en figura de Estado. Y en política, esa mutación —aunque sea momentánea— tiene un valor incalculable.
No es la primera vez que ocurre, ni será la última. La liturgia del poder siempre ha servido para maquillar sus grietas. Pero en este caso, la utilización resulta especialmente evidente: quien no ha mostrado afinidad con lo religioso no duda en instrumentalizar su peso social cuando necesita oxígeno político.
El problema es que este tipo de maniobras tienen fecha de caducidad. La imagen protege, pero no responde. El protocolo impresiona, pero no explica. Y cuando la escenografía se desmonta, lo que queda vuelve a ser lo mismo: preguntas pendientes y una credibilidad que no se reconstruye con fotografías ni apretones de manos.
Sánchez ha ganado tiempo, sí. Ha encontrado en la visita del papa un respiro que difícilmente habría obtenido por la vía de la rendición de cuentas. Pero ese respiro no es una solución, sino una prórroga. Y en política, las prórrogas suelen terminar de la misma forma: con el marcador volviendo a señalar aquello que nunca dejó de estar en juego.
Comentarios
Publicar un comentario