Cuando el presidente decide no estar


Pensé que durante unos días la actualidad política española iba a conceder una tregua al presidente del gobierno. La visita del Papa ocupaba portadas, abría informativos y desplazaba la atención mediática hacia un acontecimiento de dimensión internacional. Así lo escribí en mi post del sábado: "Cuando Sánchez cambia convicciones por oxígeno político".

https://elpais.com/espana/catalunya/2026-06-07/sanchez-se-desplazo-a-barcelona-el-sabado-para-asistir-al-primavera-sound.html


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Muchos pensaron que Pedro Sánchez desaparecería temporalmente del foco.

Ocurrió exactamente lo contrario.

Porque el verdadero problema no es que el presidente apareciera asociado a un festival de música, al Falcon o a los dispositivos de seguridad que acompañan cada uno de sus desplazamientos. La cuestión de fondo es mucho más seria: la sensación de que, una vez más, decidió situar sus intereses personales por delante de las obligaciones inherentes al cargo que ocupa.

Un presidente del Gobierno no es un ciudadano cualquiera. No dispone de horarios ordinarios ni de responsabilidades limitadas. Su función exige presencia, dedicación y, sobre todo, conciencia permanente de que representa a una nación de cuarenta y ocho millones de personas.

La presidencia del Gobierno no es un empleo que se abandona temporalmente cuando resulta incómodo. Es una responsabilidad continua.

Y precisamente por eso resulta difícil comprender que, en medio de una de las etapas políticas más complejas de los últimos años, con investigaciones judiciales que afectan al entorno del poder, con una creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones y con numerosos asuntos pendientes de explicación pública, el presidente considere oportuno dedicar parte de su agenda a actividades de carácter privado que inevitablemente generan polémica.

No se trata de discutir si tiene derecho al ocio. Lo tiene.

La cuestión es si ese ocio puede prevalecer sobre la obligación política de estar al frente de los problemas que preocupan a los ciudadanos.

Porque gobernar no consiste únicamente en firmar decretos o comparecer en actos oficiales. Gobernar también significa asumir el peso de las circunstancias cuando estas son difíciles.

La ciudadanía espera que quien ocupa la máxima responsabilidad del Estado actúe con un nivel de exigencia superior al del resto de los españoles. No porque sea un privilegio, sino porque el cargo lo exige.

Cuando millones de personas observan que el presidente encuentra tiempo para acudir a festivales mientras evita determinadas explicaciones políticas, la percepción que se instala es devastadora: la de un dirigente más preocupado por proteger su imagen que por ejercer plenamente sus responsabilidades.

La política democrática se sostiene sobre la confianza. Y la confianza depende, en gran medida, del ejemplo.

Los ciudadanos pueden perdonar errores. Incluso pueden comprender decisiones equivocadas.

Lo que difícilmente aceptan es la impresión de abandono.

Porque un presidente puede ausentarse físicamente unas horas. Lo que no debería permitirse es transmitir la sensación de haber abandonado el puesto.

Y eso es precisamente lo que muchos españoles sintieron al contemplar unas imágenes que jamás debieron convertirse en noticia.

Mientras los problemas seguían esperando respuestas, el presidente había decidido estar en otro lugar.


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