Cuando el poder secuestra sus propios frenos.
Ayer leí en el periódico “The Objetive” un artículo de Gabriela Bustelo, titulado “Más allá de toda duda razonable”, muy recomendable (https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-06-16/mas-alla-duda-razonable-articulo-gabriela-bustelo/?).
En él se podía leer la siguiente frase: “Estamos asistiendo desde hace meses a la peor pesadilla de una democracia: el rapto de todos los organismos de autocontrol, secuestrados por un poder político».
Efectivamente, esto es así. Hay momentos en que una democracia deja de parecerse a sí misma. No hace falta que caigan las urnas ni que se suspendan formalmente las libertades para entender que algo grave está ocurriendo. Basta con mirar cómo se desarman, una a una, las piezas que deberían impedir que el poder se convierta en dueño absoluto del sistema. Y eso es exactamente lo que estamos viendo desde hace meses: el secuestro de los mecanismos de autocontrol por parte del propio poder político. Y esto es lo que, hace meses, describía yo en la serie “La arquitectura invisible: conciencia, sistema y persistencia en tiempos de ajuste silencioso”, publicada en mi blog “Donde vuelven los sueños” (https://dondevuelvenlossuenos.blogspot.com/) .
En los distintos artículos de la serie, que la democracia no se sostiene solo en votar cada cierto tiempo. Se sostiene en algo mucho más incómodo para quienes gobiernan: límites, controles, contrapesos, vigilancia institucional, independencia real y capacidad de corrección. Cuando todo eso empieza a ser colonizado, presionado o vaciado, el resultado no es gobernabilidad. El resultado es degradación democrática.
El problema no es mandar, sino no dejar que te controlen.
Un poder político serio no teme al control; lo acepta porque sabe que sin control no hay legitimidad duradera. El problema empieza cuando el gobierno confunde mayoría con impunidad, mandato con cheque en blanco y legitimidad electoral con derecho a ocuparlo todo. En ese punto, los organismos de supervisión dejan de ser contrapesos y pasan a ser obstáculos.
Y ahí está la clave: no se trata solo de qué se hace con el poder, sino de qué se hace para impedir que el poder sea fiscalizado. Porque cuando el Ejecutivo condiciona, intimida o captura los espacios destinados a vigilarlo, el mensaje es brutalmente claro: no quieren gobernar dentro de las reglas, quieren reescribirlas desde dentro.
La democracia no muere de golpe
Las democracias rara vez se derrumban con estruendo. Se erosionan con gestos que, por separados, parecen tolerables; juntos, son devastadores. Se erosionan cuando se normaliza el ataque al árbitro, cuando se desprecia al órgano de control, cuando se convierte la crítica en traición y la independencia en sospecha.
Primero se cuestiona al que fiscaliza. Luego se presiona al que informa. Después se debilita al que juzga. Al final, todo queda dentro de una sola lógica: la del poder que se controla a sí mismo. Y eso ya no es democracia plena, por mucho que se repita la palabra en cada discurso.
El secuestro de los contrapesos
Lo más inquietante no es que existan pulsiones autoritarias; eso ha existido siempre. Lo verdaderamente peligroso es cuando esas pulsiones dejan de esconderse y empiezan a ocupar con naturalidad el centro de la vida institucional. Cuando el poder político actúa como si el control fuera un estorbo y no una garantía, estamos ante una señal inequívoca de alarma.
Porque una democracia sin autocontrol institucional no es una democracia fuerte. Es una democracia vaciada. Un decorado con formas correctas y fondo deteriorado. Una fachada que todavía conserva el lenguaje de la legitimidad mientras vacía su contenido.
La pregunta incómoda
Y aquí conviene formular la pregunta que muchos evitan: ¿qué queda de una democracia cuando quienes gobiernan intentan controlar todos los mecanismos destinados a limitarles? La respuesta es incómoda, pero necesaria: queda muy poco. Queda una estructura formal, sí. Queda propaganda, también. Quedan comparecencias, consignas y apelaciones al mandato popular. Pero falta lo esencial: la garantía de que el poder no puede actuar sin ser frenado.
Sin controles reales, el poder deja de rendir cuentas. Y cuando deja de rendir cuentas, empieza a deslizarse hacia una lógica de captura total. No hace falta proclamar el autoritarismo; basta con administrarlo con tono institucional.
Lo que de verdad está en juego
No estamos discutiendo una simple disputa política. Estamos hablando de la salud del sistema. Porque cada vez que se debilita un mecanismo de control, se envía un mensaje de fondo: el poder ya no quiere ser limitado. Y cuando un poder político rechaza ser limitado, no está defendiendo la democracia. La está vaciando desde dentro.
Por eso el debate no puede reducirse a simpatías, siglas o afinidades ideológicas. Lo que está en juego es más básico: si aceptamos que el poder pueda secuestrar sus propios frenos sin coste político, entonces estamos normalizando una deriva peligrosísima. Hoy son los controles. Mañana será la crítica. Después, la disidencia. Y cuando queramos reaccionar, el daño ya estará hecho.
La democracia no se defiende con discursos vacíos. Se defiende impidiendo que el poder se convierta en juez de sí mismo.
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