Cuando el escándalo deja de escandalizar: el verdadero problema ya no es el poder, somos nosotros
Estoy cansado. No es una metáfora ni una pose retórica: es el agotamiento real de quien lleva demasiado tiempo mirando el mismo paisaje de degradación sin encontrar un solo elemento nuevo que lo justifique.
Durante meses he escrito —como tantos otros— sobre la podredumbre moral que rodea al presidente Pedro Sánchez. Sobre su capacidad para resistir a cualquier coste, para sobrevivir políticamente incluso cuando el desgaste institucional y ético resulta evidente. He analizado decisiones, contradicciones, giros imposibles, pactos que ayer eran inaceptables y hoy se presentan como inevitables. Y, sin embargo, todo ese esfuerzo ha empezado a parecer inútil.
No porque falten motivos. Al contrario: porque sobran.
El problema ya no es describir lo que ocurre. El problema es que lo que ocurre ha dejado de generar sorpresa. Se ha normalizado una forma de ejercer el poder basada en la negación constante de responsabilidades, en la construcción de un relato paralelo donde los hechos pierden relevancia frente al discurso, y donde la coherencia es sustituida por la conveniencia inmediata. Y cuando eso sucede, cuando la anomalía se convierte en rutina, el análisis corre el riesgo de volverse repetitivo, casi mecánico.
Escribir entonces deja de ser un ejercicio de denuncia para convertirse en una especie de crónica circular. Se señalan las mismas dinámicas, se anticipan los mismos movimientos, se repiten los mismos argumentos… y todo sigue igual.
Hay algo profundamente inquietante en esa sensación de vivir en dos planos distintos: uno, el de la realidad observable; otro, el del relato oficial, donde nada de lo anterior parece tener consecuencias. Esa distancia no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino también el propio sentido de la crítica. Porque, ¿qué valor tiene señalar una contradicción cuando la contradicción ha dejado de importar?
Por eso dejo de escribir sobre esto.
No como un gesto de rendición, sino como una forma de resistencia distinta. Persistir en el mismo enfoque, en la misma denuncia reiterada, solo contribuye a alimentar un ciclo que ya no produce efecto alguno. A veces, insistir es necesario; otras, insistir es exactamente lo que el sistema absorbe sin inmutarse.
Tal vez el verdadero desafío ahora no sea seguir describiendo la degradación, sino entender por qué ha dejado de escandalizar. No analizar únicamente al poder, sino también al contexto que lo permite, lo tolera o incluso lo justifica.
Porque el problema nunca es solo quien gobierna, sino el terreno sobre el que se le permite hacerlo.
Y ahí, quizá, todavía queda algo que merece ser escrito.
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