¿Cómo es posible que todavía haya españoles que crean que todo es un complot contra el PSOE?



A estas alturas, la pregunta ya no es por qué aparecen nuevas informaciones, nuevas investigaciones o nuevas revelaciones que afecten al partido del gobierno. La pregunta es otra: ¿cómo es posible que todavía haya ciudadanos que acepten la explicación de que todo responde a una conspiración organizada contra el PSOE?

Durante años se ha repetido el mismo argumento. Cada vez que surge una nueva polémica, una investigación judicial, una filtración o una información periodística incómoda, la respuesta oficial suele ser similar: existe una campaña de acoso, una operación política, una conspiración mediática o una estrategia de desgaste.

Pero llega un momento en que la acumulación de acontecimientos obliga a plantear una cuestión elemental de sentido común. Y es que una coincidencia puede ser casual. Dos coincidencias pueden resultar llamativas. Tres coincidencias pueden generar sospechas.

Sin embargo, cuando durante años aparecen de forma reiterada investigaciones, declaraciones, informes, procedimientos judiciales, testimonios y noticias procedentes de medios con líneas editoriales muy diferentes, la explicación del "complot permanente" comienza a exigir más fe que los propios hechos. Y resulta una paradoja evidente.

Para sostener que todo es una operación organizada, habría que aceptar que jueces, fiscales, policías, periodistas, denunciantes, funcionarios y medios de comunicación actúan coordinadamente durante años con un mismo objetivo.

Cuanto más amplia se vuelve la supuesta conspiración, menos creíble resulta. Porque las grandes conspiraciones tienen un problema: son extraordinariamente difíciles de mantener en secreto. Sin embargo, muchas personas continúan creyendo el relato oficial porque la política ha dejado de ser únicamente una cuestión ideológica para convertirse en una cuestión emocional.

Cuando un ciudadano siente que un partido representa sus valores, cualquier crítica hacia ese partido se interpreta como un ataque personal.

La consecuencia es que las pruebas dejan de analizarse por su contenido y pasan a valorarse según quién las presenta. Y es que la historia demuestra que los ciudadanos rara vez abandonan sus convicciones por una sola noticia. Incluso ante evidencias repetidas, muchas personas prefieren pensar que existe una campaña organizada antes que admitir que quienes apoyan pueden haber cometido errores, irregularidades o conductas reprochables.

Una democracia madura exige ciudadanos capaces de cuestionar al poder, sea cual sea el partido que lo ejerza. La función del periodismo consiste precisamente en investigar. La función de la justicia consiste en esclarecer. Y la función de los ciudadanos consiste en observar los hechos con espíritu crítico.

Porque cuando cualquier información incómoda se despacha automáticamente como un complot, el debate deja de basarse en la realidad y pasa a depender exclusivamente de la fe política.

Ninguna democracia puede sostenerse durante mucho tiempo sobre la fe. Solo puede hacerlo sobre los hechos.


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