Bad Bunny: de símbolo del machismo a icono progresista



La velocidad con la que una sociedad es capaz de reescribir la biografía pública de sus ídolos resulta fascinante. Pocos casos lo ilustran mejor que el de Bad Bunny.

Durante años, buena parte de sus canciones fueron señaladas como ejemplo de una cultura que convertía a la mujer en objeto de deseo, trofeo de éxito o elemento decorativo dentro de un universo masculino dominado por el sexo, el dinero y la exhibición. Los mismos sectores que denunciaban el machismo estructural de la sociedad encontraban en el reguetón uno de sus ejemplos favoritos.

Sin embargo, algo cambió.

No fueron sus letras. No fue una revisión profunda de toda su obra. No fue una autocrítica pública sobre los mensajes que le habían hecho multimillonario. Lo que cambió fue su posicionamiento político.

Cuando Bad Bunny comenzó a alinearse con determinadas causas progresistas y a confrontar públicamente a Donald Trump, una parte de la izquierda mediática inició un proceso de absolución acelerada. El artista que durante años representaba algunos de los excesos de la cultura de la cosificación pasó a convertirse en símbolo de compromiso social, conciencia política y resistencia cultural.

La transformación no deja de ser llamativa.

Porque si las letras eran problemáticas antes, deberían seguir siéndolo ahora. Y si la cosificación de la mujer era reprobable hace cinco años, debería seguir siendo reprobable aunque quien la practique vote o piense como nosotros. Los principios, por definición, deberían ser independientes de la conveniencia política.

Pero la política contemporánea ha sustituido con frecuencia los principios por las trincheras.

Ya no importa tanto lo que uno dice o hace. Importa contra quién se enfrenta. En una época dominada por la polarización, muchos personajes públicos son evaluados no por sus méritos o defectos, sino por su posición dentro del tablero ideológico. Si atacan al adversario correcto, sus contradicciones pasan a segundo plano. Si simpatizan con el bando equivocado, cualquier error se convierte en pecado capital.

Bad Bunny es simplemente el ejemplo más visible de una enfermedad  más extendida: la moral muy selectiva.

La misma sociedad que exige escrutinio permanente para unos personajes concede indulgencias extraordinarias a otros. La misma prensa que examina cada palabra de quienes considera adversarios mira hacia otro lado cuando el protagonista contribuye a la causa adecuada. Y la misma izquierda que durante décadas construyó buena parte de su discurso sobre la crítica al machismo parece descubrir de repente que algunos comportamientos son menos graves cuando vienen acompañados de consignas progresistas.

No se trata de defender a Trump ni de atacar a Bad Bunny. Se trata de señalar una incoherencia evidente.

Si la dignidad de la mujer es un principio, no debería depender del color político del artista. Si la cosificación es condenable, lo es siempre. Y si no lo es siempre, entonces quizá nunca fue realmente una cuestión de principios, sino de afinidades.

Porque cuando una ideología empieza a perdonar a sus aliados aquello mismo que denuncia en sus adversarios, deja de actuar como una convicción moral para convertirse en una simple herramienta de combate político.


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