Arquitectos de la miseria: la obra maestra de la humanidad



Navegando por internet este fin de semana, he encontrado una frase de Groucho Marx que no es solo una ironía brillante; es una acusación disfrazada de chiste:

“La humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria”.

La frase condensa en una línea lo que siglos de historia los hombres se empeñan en demostrar: que el progreso, sin ética, no es más que una sofisticación del desastre.

Nos gusta narrarnos como una especie en constante ascenso. Hablamos de avances tecnológicos, de conquistas científicas, de derechos conquistados. Y, sin embargo, bajo esa superficie triunfalista, persiste una estructura repetitiva de desigualdad, abuso y destrucción. Hemos perfeccionado la maquinaria, pero no el propósito. Sabemos más, pero no necesariamente mejor.

La miseria a la que alude Groucho no es solo económica. Es moral, política y social. Es la incapacidad crónica de gestionar el poder sin corromperlo. Es la tendencia a institucionalizar la injusticia bajo discursos de orden o progreso. Es, en última instancia, la evidencia de que el esfuerzo humano no siempre se orienta hacia la dignidad, sino hacia la acumulación, el control y, demasiadas veces, la exclusión.

Lo verdaderamente incómodo de la frase no es su humor, sino su precisión. Porque elimina cualquier coartada: no hay dioses, ni destino, ni fuerzas externas a las que culpar. La miseria es, en buena medida, una obra colectiva. Construida con decisiones conscientes, con sistemas diseñados para beneficiar a unos pocos, con silencios cómplices y con una alarmante capacidad de normalizar lo inaceptable.

Tal vez por eso la cita sigue vigente. Porque no habla del pasado, sino del presente. Y porque obliga a una pregunta incómoda: si hemos sido capaces de alcanzar esas “altas cotas de miseria” por nuestros propios medios, ¿qué nos impide hacer exactamente lo contrario?


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