No hay dos Españas. Hay una España… y una anti España.



Anoche, en el transcurso de un programa en el que trataban la actualidad de España, escuché la frase que sirve de título a este post. Hablaban de la cantinela que durante décadas nos han repetido: “las dos Españas”. La derecha y la izquierda. Conservadores y progresistas. Tradición y modernidad. Como si el problema de España fuese simplemente una diferencia ideológica entre compatriotas que desean lo mejor para su país desde perspectivas distintas.

Pero la realidad actual ya no encaja en ese relato cómodo. La realidad es otra: no hay dos Españas. 

Porque una cosa es discrepar sobre impuestos, educación o economía. Y otra muy distinta es trabajar activamente para debilitar la nación, enfrentar a los ciudadanos, vaciar las instituciones y convertir el Estado en un instrumento al servicio de intereses políticos, clientelares o separatistas.

No. Hoy no hay dos Españas.

Hay una España que madruga, trabaja, paga impuestos, levanta empresas, cuida a sus mayores, educa a sus hijos y respeta la ley aunque muchas veces la ley no la respete a ella.

Y frente a esa España existe otra cosa: una anti España política y cultural que ha hecho del enfrentamiento su forma de gobierno y del deterioro nacional su herramienta de poder.

La España real no odia su historia, ni necesita pedir perdón por existir. Ni tampoco se avergüenza de su bandera, de su lengua ni de su identidad común.

La anti España, en cambio, vive de destruir todo vínculo colectivo. Necesita ciudadanos divididos, culpables y enfrentados. Necesita reescribir la historia constantemente porque no puede construir futuro alguno. Convierte las instituciones en trincheras ideológicas. Coloniza organismos públicos. Premia la sumisión y castiga la discrepancia. Y mientras habla de democracia, degrada lentamente cada contrapeso que limita su poder.

La anti España no busca convivencia; busca bandos. No quiere ciudadanos libres; quiere bloques manipulables. No quiere una nación fuerte; quiere territorios enfrentados y dependientes del poder político.

Por eso pacta con quienes desprecian a España mientras señala como sospechoso a quien la defiende. Por eso blanquea a quienes atacaron el orden constitucional mientras llama extremista a quien exige igualdad ante la ley. Por eso tolera insultos a jueces, policías o instituciones cuando sirven a su relato, pero se envuelve en un falso moralismo cuando la crítica va dirigida hacia ellos.

Y lo más grave no es solo lo que hacen. Lo más grave es el silencio de demasiados. La resignación de quienes observan cómo se degrada el país y prefieren mirar hacia otro lado porque creen que aún no les afecta.

Toda decadencia nacional empieza igual: cuando una minoría organizada pierde el respeto por las normas y una mayoría cansada pierde el valor para defenderlas.

España no está amenazada por pensar distinto. España está amenazada por quienes utilizan la democracia para vaciarla desde dentro. Por quienes llaman progreso al deterioro institucional. Por quienes convierten el sectarismo en virtud y el oportunismo en ideología.

Defender España no es odiar a nadie. No es excluir. No es imponer.

Defender España significa exigir que la ley sea igual para todos. Que la nación no se trocee a cambio de votos. Que las instituciones sirvan a los ciudadanos y no al partido de turno. Que la verdad importe más que la propaganda. Y que el futuro de nuestros hijos no dependa de los intereses de quienes jamás han creído en este país.

Porque al final, la verdadera división no es entre izquierda y derecha.

La verdadera división es entre quienes todavía creen en España… y quienes viven de destruirla.

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