Mueren sirviendo a España, solos ante el Estado
Porque mientras familias enteras intentaban comprender lo incomprensible, mientras compañeros de uniforme despedían con rabia contenida a dos de los suyos y mientras cientos de ciudadanos acudían a mostrar respeto y dolor, ni el presidente ni un solo ministro estuvieron presentes para representar al Estado al que aquellos agentes sirvieron hasta el final.
Ni uno.
La imagen es devastadora porque no admite demasiadas explicaciones. La Guardia Civil volvió a quedarse sola en el momento más duro. Otra vez el pésame institucional reducido a comunicados, mensajes protocolarios y declaraciones frías. Otra vez la sensación de que quienes arriesgan la vida diariamente ocupan un lugar secundario cuando llega la hora de acompañar, de dar la cara y de compartir el duelo.
Y mientras tanto, Fernando Grande-Marlaska aparecía en Granadilla, en Tenerife, escoltando para la fotografía oficial a la ministra de Sanidad a pie de muelle, en plena visita institucional relacionada con el crucero atracado allí. La comparación resulta inevitable y profundamente hiriente.
Nadie esperaba milagros. Nadie podía devolver la vida a esos dos guardias civiles. Pero sí se esperaba algo mucho más sencillo y mucho más importante: presencia, respeto, humanidad. La voluntad de mirar a los ojos a las familias y decirles que el Estado no abandona a quienes mueren sirviéndolo.
No ocurrió.
Y ese vacío se hizo todavía más indignante tras las declaraciones de María Jesús Montero, reduciendo prácticamente la tragedia a “accidentes laborales”. Una expresión burocrática, desalmada, infame, impropia de quien ha sido vicepresidenta del Gobierno y aspira a gobernar Andalucía. Porque cuando un guardia civil muere en acto de servicio, no se está hablando de una estadística administrativa. Se está hablando de sacrificio, de riesgo y de entrega.
Importa no reconocer todavía a Guardia Civil y Policía Nacional como profesiones de riesgo mientras otros cuerpos, como policías locales y autonómicas, sí cuentan con esa consideración. Importa la falta de medios denunciada durante años. Importa la sensación creciente entre muchos agentes de que solo se acuerdan de ellos cuando toca pedir sacrificios o protagonizar homenajes rápidos ante las cámaras.
Y sobre todo importa una pregunta incómoda: ¿qué mensaje recibe un guardia civil cuando ve que ni siquiera la muerte de dos compañeros merece la presencia del Gobierno en su despedida?
Respeto traducido en medios, en respaldo político, en protección jurídica y en reconocimiento institucional. Respeto que no desaparezca al día siguiente del funeral. Respeto que no dependa de la conveniencia ideológica ni del cálculo electoral.
Porque mientras muchos discuten desde un despacho, ellos siguen saliendo cada mañana sin saber si volverán a casa.
Y eso debería bastar para que un país entero —empezando por quienes lo gobiernan— estuviera a la altura.
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