La inflación y la decadencia de un Gobierno agotado
España atraviesa una de las mayores pérdidas de poder adquisitivo de su historia reciente, y lo hace bajo un Gobierno que ha convertido la improvisación, la propaganda y la parálisis en su única forma de gobernar. Lo que comenzó en 2018 como una promesa de regeneración democrática y justicia social ha terminado degenerando en un Ejecutivo cercado por los escándalos, incapaz de afrontar los problemas reales de los ciudadanos y cada vez más desconectado de la calle.
La inflación ha dejado de ser un fenómeno coyuntural para convertirse en una forma silenciosa de empobrecimiento masivo. Los alimentos básicos acumulan incrementos insoportables para millones de familias; llenar un carro de la compra cuesta hoy mucho más que hace apenas unos años, mientras salarios, pensiones medias y ahorro familiar siguen perdiendo valor real mes tras mes. El ciudadano trabaja más para vivir peor. Esa es la realidad que el Gobierno intenta maquillar con titulares triunfalistas y estadísticas interesadas.
Durante años, Pedro Sánchez y su Ejecutivo minimizaron el problema. Primero dijeron que la inflación sería “transitoria”. Después culparon exclusivamente a factores externos. Más tarde intentaron vender como éxito económico lo que en realidad era una brutal recaudación fiscal derivada del aumento artificial de precios. Porque mientras las familias hacían cuentas para llegar a fin de mes, el Estado ingresaba cifras récord gracias a una inflación que disparaba el IVA, el IRPF y las cotizaciones sin necesidad de subir oficialmente los impuestos.
Ese es el gran engaño: el Gobierno presume de escudo social mientras vacía silenciosamente los bolsillos de la clase media y trabajadora. La negativa sistemática a deflactar el IRPF conforme al IPC no es un error técnico; es una decisión política. Una forma encubierta de aumentar la presión fiscal sobre quienes sostienen el país con su esfuerzo diario. Y lo más grave es que se ha hecho desde un discurso supuestamente progresista, utilizando la retórica social para justificar una de las mayores pérdidas de renta real de las últimas décadas.
Pero el deterioro ya no es solo económico. Es institucional, político y moral. España asiste a un Gobierno exhausto, atrapado entre cesiones permanentes, divisiones internas y casos de corrupción que erosionan cada día más la confianza pública. La legislatura se ha convertido en un ejercicio de supervivencia personal de Pedro Sánchez, no en un proyecto de país. No hay reformas estructurales, no hay rumbo económico claro y, sobre todo, no hay autoridad política para afrontar los desafíos que vienen.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplan con indignación cómo el debate público se llena de cortinas de humo, enfrentamientos artificiales y propaganda partidista, mientras los problemas reales siguen sin resolverse: la vivienda inaccesible, el coste de la vida disparado, la precariedad laboral y el agotamiento de una clase media que ya no puede absorber más presión.
La inflación no entiende de ideologías. Castiga al votante de izquierdas, al de derechas y al que ya no cree en nadie. Pero la pasividad del Gobierno sí tiene ideología: la del poder por el poder, la de quien prioriza la resistencia política frente a las necesidades de la nación.
Y esa es hoy la mayor preocupación de muchos españoles: comprobar que, mientras el país se empobrece lentamente, quienes gobiernan parecen haber dejado de escuchar a la España real.
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