La corrupción no se sostiene sola: alguien la vota.
Este artículo lo escribí el 17 de diciembre de 2025. Pero vuelvo a publicarlo porque lo que en él expongo está plenamente de actualidad:
Cuando un partido es pillado hasta el cuello en corrupción y, aun así, otros partidos siguen apoyándolo, la pregunta deja de ser retórica. Se vuelve incómoda. Y exige una respuesta clara: no, no todos roban… pero demasiados consienten. Y eso, en política, también es corrupción.
Porque la corrupción no empieza en el sobre ni termina en el juez. Empieza mucho antes, cuando se decide mirar hacia otro lado. Cuando las pruebas se minimizan, cuando los sumarios se convierten en “ruido”, cuando los imputados pasan a ser “desconocidos” y los delitos se rebajan a “errores administrativos”. Ahí es donde el sistema empieza a pudrirse de verdad.
El guion se repite con una precisión inquietante. Sale a la luz una trama: contratos amañados, comisiones, favores cruzados. Las pruebas son sólidas, las investigaciones avanzan, los hechos son tozudos. Y entonces llega el momento clave: ¿se rompe con el partido corrupto o se le sostiene? Demasiadas veces, se le sostiene. Por interés. Por miedo. Por cálculo. Por poder.
Los argumentos son siempre los mismos. “Presunción de inocencia”, dicen, mientras votan para que nada cambie. “Estabilidad”, “avances políticos”, repiten, como si la continuidad de un gobierno valiera más que la decencia democrática. “Responsabilidad institucional”, añaden, mientras se erosiona la confianza ciudadana.
No es que todos estén manchados de dinero, pero sí de silencio. Y el silencio, cuando se trata de corrupción, es complicidad. Apoyar a un partido corrupto no es neutralidad: es tomar partido. Es aceptar que robar no es tan grave si el acuerdo político sale adelante. Es asumir que el poder justifica casi cualquier cosa.
Aquí no hay ingenuos. Los partidos que sostienen a un socio corrupto saben perfectamente lo que hacen. Y el mensaje que envían es devastador: da igual lo que hagas; si eres útil, te protegeremos. Ese mensaje cala. En los ciudadanos que dejan de creer. En los jóvenes que se alejan de la política. En una democracia que se vacía por dentro.
Luego llega la sorpresa ante el desapego, la abstención o el hartazgo. Pero ¿qué se esperaba? Si cuando la corrupción se demuestra no pasa nada, deja de ser una anomalía para convertirse en norma.
No, no todos los partidos son iguales. Pero cuando llega la hora de la verdad, demasiados se comportan de forma parecida. Y esa es la tragedia. Porque una democracia no cae solo por quienes roban, sino también por quienes, pudiendo frenarlos, prefieren no hacerlo.
La pregunta, por tanto, no es si todos están corrompidos, sino cuántos están dispuestos a tolerarlo. Y la respuesta, a juzgar por los hechos, inquieta.
Pero la corrupción no se sostiene sola: alguien la vota.
La corrupción no cae del cielo ni brota espontáneamente en los pasillos del poder. Tiene raíces, cómplices y beneficiarios. No basta con señalar a los políticos corruptos: detrás de cada uno de ellos hay una sociedad que los tolera, los justifica o, peor aún, los elige una y otra vez.
Durante años, muchos han preferido creer que el problema siempre está en “los otros”. Que los culpables tienen un color político concreto. Pero la realidad es más incómoda: cuando un corrupto gana unas elecciones, lo hace con votos legítimos. No los falsifica ni los roba: se los damos nosotros.
Cada papeleta depositada sin exigir responsabilidad, cada voto guiado por el fanatismo, el amiguismo o la inercia, alimenta ese sistema que luego fingimos rechazar.
El ciudadano indignado en redes sociales es, a veces, el mismo que calla cuando el escándalo afecta a los suyos. El que repite “todos roban” mientras justifica al propio. Esa doble moral es uno de los combustibles más eficaces de la corrupción: la indulgencia selectiva, la memoria corta.
Nos hemos acostumbrado a la deshonestidad como si fuera inevitable. Pero no lo es. La corrupción no es un fenómeno natural: es el resultado de decisiones colectivas. Y cada decisión tiene consecuencias.
Mientras sigamos votando con el miedo, la costumbre o la ceguera partidista, el resultado será el mismo: la impunidad persistirá, sostenida no solo desde el poder, sino también desde la sociedad.
Decir que “la corrupción está en todas partes” puede ser una forma cómoda de rendirse. La cuestión real es otra: ¿estamos dispuestos a dejar de sostenerla con nuestros votos, nuestras excusas y nuestro silencio?
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