España no duerme: se rinde.
Hay sociedades que se rebelan y sociedades que se acostumbran. España, hoy, parece instalada en esa segunda categoría: la del país que lo ve todo, lo sufre todo y, sin embargo, parece reaccionar tarde, mal o casi nunca. No porque no haya motivos. Al contrario. Sobran. Lo que falta es oxígeno. Lo que sobra es cansancio. Lo que se pudre, lentamente, es la confianza.
Nos dicen que la ciudadanía está aletargada. Qué cómodo resulta ese diagnóstico para quienes confunden la paciencia con la sumisión y la fatiga con la indiferencia. La realidad es más dura: la sociedad española no está dormida, está exprimida. La han dejado sin aire entre la corrupción política, la degradación institucional, los salarios que no alcanzan y una vivienda convertida en privilegio. Cuando todo aprieta a la vez, la protesta no desaparece: se encoge, se aplaza, se traga.
La vivienda es el gran símbolo de esta derrota cotidiana. No tener casa ya no es un drama excepcional; es casi una biografía compartida. El CIS sitúa la vivienda como principal problema para el 41,3% de los españoles. No es una cifra menor, es una radiografía moral del país. Dice, con una crudeza insoportable, que para una parte enorme de la población el acceso a un techo digno se ha convertido en una lucha absurda, desigual y muchas veces perdida de antemano. Y cuando una sociedad no puede asegurarle una casa a su gente, no puede presumir de normalidad.
A esa humillación se suma la economía del estrechamiento. Los salarios suben en los titulares, pero el poder adquisitivo retrocede en la vida real. La inflación ha devorado buena parte de cualquier mejora nominal y deja a demasiadas familias en una posición de fragilidad permanente. Vivir así no es vivir: es administrar la escasez con resignación, como quien aprende a no pedir demasiado para no llevarse otra decepción. Y desde ahí, desde esa asfixia silenciosa, es muy difícil construir músculo cívico.
Luego está la corrupción. La vieja enfermedad que no mata de golpe, sino por desgaste. El problema no es solo que haya casos; el problema es que se acumulan, se repiten y contaminan el paisaje moral del país. Cada escándalo nuevo confirma el anterior y prepara el siguiente. Así se destruye una democracia por dentro: no con un golpe ruidoso, sino con una larga costumbre de tolerar lo intolerable. La corrupción no solo roba dinero o prestigio; roba algo peor: la expectativa de que denunciar sirva para algo.
Y aquí aparece el gran veneno: la resignación. No la resignación noble, esa que a veces nace de la prudencia, sino la resignación sucia, ese encogimiento del ánimo que lleva a millones a pensar que nada cambiará porque nada cambia. Es una forma de anestesia civil. Un mecanismo de defensa. La ciudadanía no desconecta porque no le importe; desconecta porque está harta de asistir al mismo teatro de bronca, impostura y descaro.
La política, además, ha dejado de ser un lugar de solución para convertirse en una trituradora de nervios. Demasiado ruido, demasiada escenografía, demasiada propaganda y muy poca verdad útil. El resultado es una sociedad fragmentada, cada vez más encerrada en sus propios problemas, incapaz de transformar el malestar común en un pulso colectivo. La crisis de la vivienda golpea a unos, la pérdida de poder adquisitivo a otros, la corrupción a todos. Pero la suma no cuaja. Y ahí está el fracaso: en que el dolor compartido no encuentre todavía una voz compartida.
España no está dormida. Está herida. Y una herida prolongada no siempre sangra: a veces se infecta. Lo peligroso no es solo el hartazgo; es la costumbre de convivir con él. Cuando la política degrada la vida pública, la economía estrecha la vida privada y la corrupción vacía la credibilidad del sistema, la sociedad no se desmaya: se acostumbra a respirar peor.
Y eso, para cualquier democracia, es una forma elegante de empezar a perderse.
Fuentes:
- CIS
- Europa Press
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