Durante siglos hemos repetido casi como un dogma la idea de que el poder corrompe. La frase es contundente, fácil de recordar y, sobre todo, tranquilizadora: sugiere que cualquiera, incluso las personas bienintencionadas, podría desviarse si alcanza suficiente influencia. Sin embargo, esta explicación quizá no sea del todo honesta. Tal vez no sea el poder el que transforma a las personas, sino las personas quienes, siendo ya vulnerables a la corrupción, gravitan hacia el poder como un imán irresistible.
El poder no es una sustancia que altere la moral de quien lo toca. Es, más bien, un amplificador. Funciona como una lupa que agranda lo que ya existe: la ambición, el ego, la generosidad o la mezquindad. Cuando alguien accede a una posición de autoridad, lo que cambia no es su esencia, sino su capacidad de actuar sin límites visibles. Y ahí es donde aparece la verdadera cuestión: ¿qué tipo de personas desean, persiguen y finalmente alcanzan ese poder?
No todos sienten la misma atracción. Para muchos, el poder implica responsabilidad, exposición, sacrificio. Para otros, en cambio, representa control, privilegio y la posibilidad de imponer su voluntad. Son estos últimos quienes, con más frecuencia, se sienten llamados por él. No porque el poder los corrompa, sino porque ya encuentran en él el terreno perfecto para desplegar tendencias que antes permanecían contenidas.
Esto explica por qué, una y otra vez, vemos repetirse patrones similares en distintos contextos: política, empresas, instituciones. Personas que llegan prometiendo orden o progreso y terminan atrapadas en redes de abuso o interés personal. No es un fenómeno espontáneo ni repentino; es la culminación de una trayectoria. El poder no inicia la corrupción, simplemente elimina los obstáculos que la frenaban.
Pero esta visión también tiene una implicación incómoda: desplaza la responsabilidad. Si creemos que el poder corrompe inevitablemente, podemos resignarnos. Si, en cambio, aceptamos que el poder selecciona —o es seleccionado por— quienes tienen mayor predisposición a corromperse, entonces la cuestión cambia radicalmente. Ya no se trata de temer al poder en sí, sino de observar con atención quién lo busca, cómo lo consigue y qué señales ha mostrado antes de alcanzarlo.
Esto exige una ciudadanía más vigilante, menos ingenua. Exige dejar de fascinarnos por el carisma vacío o la ambición desmedida, y empezar a valorar la templanza, la coherencia y la capacidad de renunciar. Porque, paradójicamente, quienes menos desean el poder suelen ser quienes mejor lo ejercen.
En última instancia, el poder no es el problema. Es el espejo. Y lo que refleja no siempre nos gusta verlo.
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