POLITICA Y MORAL

Durante los meses más duros de la pandemia, millones de españoles aceptaron restricciones jamás vistas en democracia. Familias separadas, ancianos muriendo solos, negocios arruinados, niños encerrados durante semanas y ciudadanos multados por salir a la calle mientras el Gobierno repetía, una y otra vez, que todo aquello era imprescindible y legal.
Hoy sabemos que no era así.
El Tribunal Constitucional dictó varias sentencias que cuestionaron de forma contundente la cobertura jurídica de aquellas medidas excepcionales. No se trató de un simple matiz técnico. El alto tribunal dejó claro que derechos fundamentales fueron limitados de una forma incompatible con la Constitución.
Y esa realidad convierte en todavía más insoportable la imagen moral que proyecta la cúpula del poder socialista de aquellos años.
Mientras millones de ciudadanos obedecían, callaban y sacrificaban su vida cotidiana en nombre de una supuesta ejemplaridad institucional, alrededor del núcleo de poder aparecían episodios de frivolidad, privilegios y comportamientos impropios de quienes exigían disciplina absoluta al país entero.
El problema ya no es únicamente jurídico. Es moral.
Porque un gobierno puede equivocarse en una emergencia histórica. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es la sensación de que quienes imponían sacrificios gigantescos a la población vivían alejados de las consecuencias reales de sus propias decisiones.
La cuestión de fondo afecta directamente al liderazgo de Pedro Sánchez. Un presidente no solo gobierna con decretos; gobierna también con las personas que elige, protege y promociona. Y cuando una parte importante de su entorno político acaba envuelta en escándalos, abusos de poder, conductas impropias o sospechas permanentes, la responsabilidad política deja de ser individual para convertirse en estructural.
La degradación ética nunca aparece de golpe. Empieza cuando el poder deja de exigir ejemplaridad a los suyos. Cuando el relato importa más que la verdad. Cuando la propaganda sustituye a la autocrítica. Cuando la obediencia interna vale más que la decencia pública.
Eso es lo que muchos españoles sienten hoy al mirar atrás: que hubo ciudadanos encerrados, arruinados y vigilados mientras una élite política actuaba con una arrogancia incompatible con los sacrificios que exigía al resto del país.
Y esa herida democrática no se cerrará con campañas de comunicación ni con argumentarios partidistas.
Porque la confianza pública, una vez quebrada, tarda años en reconstruirse.
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