¿Adaptar la sensibilidad? Y la infancia que subestimamos
Hace unos días que leí esta publicación en "El País", y a pesar de estar en gran parte de acuerdo con el columnista, Sergio del Molino, me gustaría mostrar una visión distinta al hecho de adaptar "Platero y yo"
Porque Platero y yo, de por sí, no es precisamente un tratado de filosofía ni una novela inaccesible. Es, en esencia, una obra breve, lírica, delicada, escrita desde la mirada limpia —aunque profundamente consciente— de quien observa el mundo con ternura. Es un libro que ha acompañado a generaciones de lectores jóvenes, yo ya la leí en el colegio, no porque simplifique la realidad, sino porque la ilumina con una sensibilidad que los niños entienden mejor de lo que solemos creer.
Entonces, ¿qué significa adaptarlo?
Tal vez la adaptación no sea tanto para los niños como para nuestra idea de los niños. Una idea que los supone impacientes, incapaces de sostener la atención, necesitados de simplificación constante. Como si la belleza del lenguaje fuera un obstáculo y no un puente. Como si la emoción tuviera que ser dosificada para no resultar excesiva.
Adaptar, en este contexto, parece implicar recortar. Limar. Traducir lo poético a lo funcional. Convertir la sugerencia en explicación. Y, en ese proceso, algo se pierde: la posibilidad de que el lector —aunque tenga trece años— se encuentre con un texto que no se lo da todo hecho.
Porque leer no es solo comprender; es también intuir, detenerse, incluso no entender del todo y volver más tarde. Es enfrentarse a palabras que no usamos a diario, a imágenes que no son inmediatas. Es, en definitiva, crecer.
Resulta paradójico que, en nombre de facilitar la lectura, terminemos empobreciéndola. Que, por miedo a que no lleguen, les acerquemos menos. Como si la dificultad fuera enemiga del aprendizaje, cuando muchas veces es su motor más honesto.
Quizá el problema no esté en Platero y yo, ni en los niños, sino en nuestra impaciencia adulta. En la necesidad de medir, evaluar y garantizar resultados. En convertir la experiencia de leer —que debería ser íntima, libre y a veces incluso desconcertante— en un contenido examinable.
Y así, Platero deja de ser ese burrito “pequeño, peludo, suave” que acompaña silenciosamente al lector, para convertirse en una versión resumida, domesticada, lista para ser respondida en un cuestionario.
La pregunta no es si los niños pueden leer el original. La pregunta es si estamos dispuestos a dejarles hacerlo.

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