1 de Mayo: el teatro de siempre, con menos credibilidad que nunca.
Llega el 1 de mayo y, como marca la tradición, los sindicatos salen a la calle. Banderas, consignas, discursos inflamados y la escenografía habitual de reivindicación. Todo en su sitio. Todo perfectamente reconocible. Incluso previsible.
Lo que ya no resulta tan fácil de explicar es su prolongado silencio durante los últimos años.
Porque mientras hoy se corean eslóganes contra la precariedad, los datos —los oficiales— cuentan una historia bastante menos épica. Según el Instituto Nacional de Estadística, la inflación acumulada entre 2021 y 2023 supera el 15%, con un pico del 10,8% en julio de 2022. En paralelo, los datos de la Encuesta de Estructura Salarial del propio INE reflejan subidas salariales muy por debajo de ese nivel. Pérdida directa de poder adquisitivo para millones de trabajadores.
En vivienda, la desconexión entre discurso y realidad es aún más evidente. El Banco de España lleva años advirtiendo de que el acceso a la vivienda se ha deteriorado gravemente: más del 60% de los jóvenes menores de 35 años no puede permitirse comprar una vivienda. Por su parte, portales como Idealista sitúan el incremento del alquiler por encima del 20% en muchas grandes ciudades en el último lustro, con tasas de esfuerzo que superan el 40% de los ingresos en zonas tensionadas.
Pero el relato oficial insiste en el éxito. Y es cierto que algunos indicadores acompañan. Según el propio INE, el PIB creció en torno al 2,5% en 2023, y la Seguridad Social ha registrado cifras récord de afiliación, superando los 21 millones de ocupados. Son datos reales. El problema es que no cuentan toda la historia.
Porque si uno rasca un poco, aparecen los matices. El Servicio Público de Empleo Estatal reconoce el fuerte aumento de los contratos fijos discontinuos tras la reforma laboral. Una figura que reduce la temporalidad “estadística”, sí, pero que en muchos casos implica periodos de inactividad que no siempre se reflejan como paro. Más estabilidad en el papel; más incertidumbre en la práctica.
Y mientras tanto, la presión fiscal sigue al alza. Según datos de la Agencia Tributaria, la recaudación superó los 270.000 millones de euros en 2023, un máximo histórico. Buena parte de ese incremento se explica por el efecto de la inflación sobre impuestos como el IVA y el IRPF, algo que el propio Banco de España ha señalado en varios informes recientes. Es decir: el Estado ingresa más, en parte, porque los ciudadanos pagan más… incluso sin mejorar su poder adquisitivo real.
La pregunta, a estas alturas, ya no es retórica: ¿dónde estaban los sindicatos cuando el INE confirmaba la pérdida de poder de compra? ¿Dónde estaban cuando el Banco de España alertaba del colapso en el acceso a la vivienda? ¿Dónde estaban cuando la Agencia Tributaria celebraba récords de recaudación impulsados por una inflación que empobrecía a las familias?
La respuesta, incómoda pero evidente, es que estaban donde no se les esperaba: en una posición de llamativa contención. Lejos de la presión constante, lejos de la movilización sostenida, lejos —en definitiva— de ese papel incómodo pero necesario de contrapoder.
Y si el silencio económico resulta difícil de justificar, el político lo es aún más. Ante decisiones controvertidas o episodios que han erosionado la confianza institucional, la reacción sindical ha sido, en el mejor de los casos, discreta. En el peor, inexistente. Como si la intensidad de la crítica dependiera del interlocutor.
Hoy volverán a hablar de derechos, de dignidad y de lucha. Y, sin duda, muchos de esos mensajes serán legítimos. El problema es que la credibilidad no se construye con citas estadísticas un día al año. Se construye —o se pierde— cuando esos mismos datos estaban sobre la mesa… y apenas hubo reacción.
Por eso este 1 de mayo tiene algo de representación teatral. Los mismos actores, el mismo guion, pero con un público cada vez más informado… y cada vez más escéptico.
Porque cuando incluso las cifras oficiales contradicen el relato complaciente, ya no basta con alzar la voz: hace falta haberla alzado antes.
Y en eso, precisamente, es donde muchos sienten que los sindicatos han fallado deliberadamente.
Comentarios
Publicar un comentario