“Y aun así, sigo”



Hay dolores que no pasan. No se van. No se despiden siquiera. Se quedan.

No hacen ruido todo el tiempo, pero están ahí, sentados en algún rincón de uno mismo, esperando. Y cuando regresan, no sorprenden: reconocen el camino, lo recorren despacio, como si nunca se hubieran ido.

La primera vez que mi espalda me traicionó fue en 1997. Tenía 34 años, dos hijos pequeños, una mujer excepcional y toda la vida por delante. Hasta entonces, el cuerpo era un aliado silencioso. No pedía permiso, no exigía atención. Simplemente estaba, sosteniéndolo todo. Pero un día dejó de hacerlo.

Una protusión en L4-L5. Un nombre clínico para algo que no tenía nada de frío ni de técnico. El dolor lo ocupó todo. No era un síntoma: era una forma de vivir. Dolía al caminar, dolía al quedarme quieto, dolía al intentar ser quien había sido hasta ese momento. Dolía incluso en lo más pequeño, en lo más íntimo: agacharse, girarse, levantarse.

Y entonces entendí algo que nadie te explica: hay un instante en el que dejas de ser dueño de tu cuerpo.

Valerse por uno mismo ya no era una costumbre. Era una lucha. Una conquista diaria. A veces, una derrota.

Llegó la operación. Una artrodesis. 

Después, en 2011, otra vez el quirófano, otra vez el cuerpo abierto, otra vez la esperanza depositada en manos ajenas. Me recolocaron la prótesis, ajustaron lo que podían ajustar. Y durante un tiempo… funcionó.

Hubo paz.

No una felicidad luminosa, no. Algo más frágil, más contenido. Una calma que se vive con cuidado, como si cualquier exceso pudiera romperla. Pero era suficiente. Suficiente para volver a caminar sin miedo. Para dejar de pensar en cada paso. Para recuperar algo que solo se valora cuando desaparece: la normalidad.

Y en esa normalidad, casi sin darme cuenta, empecé a olvidar.

Olvidar el dolor es una forma de volver a vivir.

Pero el cuerpo no olvida.

Nunca lo hace.

Hace un año y medio, todo empezó a resquebrajarse otra vez. Al principio fue solo una sensación. Un aviso leve. Después, el dolor volvió con esa familiaridad inquietante, como alguien que llama a tu puerta sabiendo que le vas a reconocer.

Y entonces llegó lo peor.

La pierna izquierda dejó de responder.

No fue solo dolor. Fue ausencia. Fue desconexión. Fue mirar tu propio cuerpo y sentir que una parte de él ya no te pertenece del todo.

Ahí es donde todo cambia.

Porque el dolor se puede resistir. Se puede apretar los dientes, respirar hondo, seguir. Pero la pérdida… la pérdida es otra cosa. Es más silenciosa. Más profunda. Más cruel.

Es perder el impulso. Es perder la seguridad. Es perder ese gesto invisible que sostiene cada paso sin que tengamos que pensarlo.

De pronto, levantarse ya no es automático. Caminar deja de ser natural. Cruzar una habitación se convierte en un pequeño desafío lleno de cálculos, de dudas, de miedo a fallar.

El cuerpo deja de ser refugio.

Se convierte en incertidumbre.

Y hay algo devastador en eso: ya no confías en ti mismo de la misma manera.

Cada movimiento se negocia. Cada paso se mide. Cada día se enfrenta con una mezcla de resistencia y prudencia. Y aun así, sigues.

No porque sea fácil. No porque haya una solución clara.

Sino porque no queda otra.

Y en ese seguir, en ese avanzar roto pero consciente, aparece algo que no tiene nombre exacto, pero que sostiene todo: una forma de dignidad. Una manera de no rendirse del todo. De no dejar que el dolor decida quién eres.

Vivir así no es solo soportar.

Es resistir sin endurecerse.

Es aceptar sin abandonarse.

Es seguir adelante mientras una parte de ti permanece en tensión, alerta, frágil… pero viva.

Porque eso es lo que queda, al final: la vida, incluso en su forma más difícil.

Lo más duro no es recordar lo que pasó.

Lo más duro es entender que tu cuerpo también lo recuerda.

Que guarda cada herida, cada caída, cada intento.

Y que, a veces, recuerda con una fidelidad que duele más que el propio dolor.

Pero incluso ahí, en ese territorio incierto, aún hay algo que no se rompe del todo.

La voluntad de seguir.

Aunque sea despacio.

Aunque sea con miedo.

Aunque cada paso sea, simplemente, una pequeña victoria.

Comentarios

  1. Esa es la diferencia entre las personas que se rinden y las que no,que cada paso es una pequeña victoria,por eso siempre : HACIA LA VICTORIA!!!!!Fuertes y Valientes.
    Tú cuñada que te quiere te manda toda la firmeza y la valentía para llevar cada pasito de la vida con ardor guerrero hacia adelante.

    ResponderEliminar
  2. Y por eso (y por otras muchas cosas) has sido, eres y serás ejemplo para todos aquellos que te queremos.

    ResponderEliminar
  3. Eres ejemplo de lucha y perseverancia

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

SERIE: Carretera hacia el azul infinito Un viaje por la Costa Amalfitana

Las Fallas: lo que arde y lo que permanece