“Transparencia y poder: los límites necesarios”
Ser la esposa de Sánchez no puede ser una licencia para moverse en un terreno ambiguo, donde lo privado y lo público se entremezclan sin reglas claras ni mecanismos efectivos de control. En una democracia consolidada, esa ambigüedad no debería incomodar solo a la oposición política o a los medios de comunicación: debería interpelar a cualquiera que crea, de verdad, en la igualdad ante la ley.
La figura de Pedro Sánchez no existe en el vacío. A su alrededor se configura un entorno —personal, profesional y simbólico— que inevitablemente adquiere relevancia pública. No porque así lo deseen quienes lo integran, sino porque el poder, por definición, proyecta influencia. Y es precisamente ahí donde la igualdad ante la ley empieza a ponerse a prueba.
Porque la igualdad ante la ley no es una consigna decorativa ni un principio abstracto reservado a los textos constitucionales. Es una exigencia concreta: que nadie, por su posición, por su cercanía al poder o por su relevancia social, disponga de un margen de actuación distinto al del resto de los ciudadanos. Ni más amplio, ni más difuso, ni menos fiscalizable.
En España, este principio está recogido como uno de los pilares básicos del sistema democrático. Sin embargo, su verdadera fortaleza no se mide en su formulación, sino en su aplicación real. Y ahí es donde surgen las tensiones. Porque cuando aparecen espacios sin regulación clara —como ocurre con las parejas de los dirigentes políticos— se abre una grieta: no hay normas que se vulneren explícitamente, pero tampoco hay garantías de que se estén respetando en espíritu.
La cuestión no es si existe o no una ilegalidad. Es más sutil, y quizá más importante: ¿existe una desigualdad de facto? ¿Se está generando, aunque sea de forma involuntaria, una posición de ventaja o de excepción derivada de la cercanía al poder?
Si aceptamos que determinadas personas pueden operar en una zona gris, donde no se les exigen los mismos estándares de transparencia o donde sus actividades no están sometidas al mismo escrutinio, estamos erosionando el principio de igualdad desde dentro. No hace falta romper la ley para debilitarla; basta con aplicarla de forma desigual.
Algunos argumentarán que exigir este nivel de control invade la esfera privada. Pero la igualdad ante la ley no admite excepciones cómodas. No distingue entre lo incómodo y lo conveniente. Si una actividad tiene proyección pública, si interactúa con instituciones, empresas o recursos que dependen del poder político, entonces entra, necesariamente, en el terreno de lo que debe ser transparente y verificable.
Esto no significa criminalizar a nadie ni convertir la cercanía al poder en una sospecha permanente. Significa, más bien, proteger a todos —también a quienes están en esa posición— de la arbitrariedad y de la duda. Porque la igualdad ante la ley no solo limita; también ampara.
En otras democracias, este principio se traduce en códigos éticos, declaraciones de intereses, límites claros y obligaciones de transparencia incluso para quienes no ostentan cargos formales, pero sí una influencia evidente. No es una cuestión de desconfianza, sino de prevención. De evitar que la percepción de privilegio erosione la legitimidad de las instituciones.
Al final, la igualdad ante la ley no se defiende en los discursos, sino en los detalles. En las zonas grises. En los casos que no encajan del todo en las categorías tradicionales. Es ahí donde una democracia demuestra si sus principios son sólidos o simplemente retóricos.
Ser la esposa del presidente no puede ser una licencia. Pero tampoco debería ser una excepción.
Porque en una democracia madura, la cercanía al poder no eleva a nadie por encima de las reglas. Y si alguna vez lo hace, aunque sea de forma silenciosa, no es la persona la que falla: es el sistema el que empieza a debilitarse.
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