España ante el espejo: la renuncia estratégica disfrazada de pacifismo
La reciente ausencia de España en la reunión convocada por el Reino Unido junto a más de treinta países para abordar la seguridad en el estrecho de Ormuz no es un gesto menor, ni una simple discrepancia diplomática. Es, más bien, el síntoma de una política exterior que confunde prudencia con irrelevancia, y principios con inacción.
El argumento esgrimido —el “no a la guerra”— suena, en apariencia, noble. Nadie en su sano juicio desea la guerra. Pero el problema no reside en rechazar el conflicto armado, sino en utilizar ese rechazo como coartada para evitar cualquier implicación en escenarios complejos donde están en juego intereses globales, incluidos los propios. Porque el estrecho de Ormuz no es un lugar remoto sin consecuencias: por sus aguas transita una parte sustancial del suministro energético mundial. Ignorar esto no es pacifismo; es desconexión estratégica.
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Resulta especialmente llamativo que España ni siquiera haya querido sentarse en la mesa. No se trataba de enviar fragatas ni de asumir compromisos militares inmediatos, sino de participar en un debate multilateral sobre seguridad, estabilidad y cooperación. Rechazar la invitación equivale a renunciar voluntariamente a influir, a opinar y, en última instancia, a defender los intereses nacionales en un foro donde otros sí estarán decidiendo.
La postura del Gobierno transmite una idea preocupante: que España prefiere mantenerse al margen incluso cuando sus socios y aliados consideran que hay riesgos que deben abordarse de forma conjunta. En un mundo interdependiente, esa actitud no fortalece la soberanía; la debilita. Porque cuando uno no está en la mesa, termina en el menú.
Además, esta decisión proyecta una imagen de falta de compromiso con los marcos de cooperación internacional en los que España ha querido integrarse durante décadas. Ser aliado implica algo más que beneficiarse de la estabilidad que otros ayudan a sostener. Implica también asumir responsabilidades, aunque sean incómodas o políticamente costosas.
El “no a la guerra” no puede convertirse en un eslogan vacío que justifique la ausencia sistemática. La verdadera política exterior exige matices, inteligencia y capacidad de influencia. Exige saber cuándo decir no, pero también cuándo estar presente para evitar que otros decidan por ti.
España tiene derecho a defender una posición propia, incluso discrepante. Lo que no debería permitirse es desaparecer del escenario en el momento en que se discuten cuestiones clave. Porque la neutralidad mal entendida no es una postura ética superior; es, muchas veces, una forma elegante de irrelevancia.
Y en geopolítica, la irrelevancia se paga cara.
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