"El ruido y la prudencia"
Hay momentos en los que no es lo que ocurre lo que más inquieta, sino cómo se cuenta. Este es uno de ellos
En una democracia madura, la separación de poderes no es una consigna retórica, sino una práctica cotidiana que exige contención, respeto institucional y, sobre todo, prudencia. No se trata únicamente de que cada poder actúe dentro de sus competencias, sino de que evite invadir —siquiera de forma simbólica— el espacio del otro. Y esa frontera, tan esencial como invisible, se pone a prueba precisamente en los momentos de mayor tensión política.
El llamado “caso Begoña” ofrece un ejemplo especialmente revelador. Nos encontramos ante un procedimiento en fase de instrucción, es decir, en el estadio más preliminar del proceso penal, donde no hay hechos probados ni conclusiones definitivas, sino hipótesis que deben ser verificadas o descartadas. La investigación, además, no se desarrolla en un vacío: está sometida al control de instancias superiores como la Audiencia Provincial de Madrid, cuya función es precisamente garantizar que el proceso se ajuste a derecho.
Este dato no es menor. Significa que el sistema judicial no actúa de forma arbitraria ni descontrolada, sino bajo mecanismos de supervisión que permiten corregir excesos, acotar investigaciones y, llegado el caso, archivar actuaciones sin fundamento. Es, en definitiva, la expresión práctica del Estado de Derecho funcionando.
Sin embargo, frente a esta arquitectura institucional, irrumpe el ruido político. Las recientes declaraciones de Félix Bolaños no pueden analizarse únicamente como una toma de posición legítima dentro del debate público. Lo relevante es el contexto: un procedimiento en curso, sin resolución firme, y sometido a revisión judicial. En ese escenario, la palabra del poder ejecutivo no es una más.
Cuando desde el Gobierno se cuestiona, directa o indirectamente, la actuación de un juez o la consistencia de una investigación en marcha, se introduce un elemento de fricción que trasciende el caso concreto. No porque se vulnere formalmente la independencia judicial —los jueces siguen resolviendo con arreglo a la ley—, sino porque se erosiona su percepción pública. Y en una democracia, la confianza en las instituciones es tan importante como su correcto funcionamiento.
Conviene subrayarlo con claridad: que un tribunal permita que una investigación continúe no equivale a validar la existencia de delito. Del mismo modo, que la Fiscalía sostenga la inexistencia de indicios no implica el cierre automático del caso. Esa tensión —entre quien investiga, quien acusa y quien controla— forma parte natural del proceso judicial. Es, de hecho, una de sus garantías.
Por eso resulta problemático convertir esa tensión en munición política. Cuando el debate público simplifica el proceso en términos de culpabilidad o persecución, cuando se desacredita preventivamente la labor judicial o se presenta cualquier actuación como interesada, se desplaza el foco: ya no se discuten hechos, sino intenciones. Y ese cambio es profundamente corrosivo.
La separación de poderes rara vez se rompe de manera abrupta. No suele haber un momento preciso en el que pueda señalarse su desaparición. Más bien se desgasta, poco a poco, a través de gestos, declaraciones y dinámicas que difuminan los límites entre lo político y lo judicial. Cada vez que un poder se arroga la interpretación del otro, cada vez que se cuestiona su legitimidad en función del resultado que produce, se debilita un poco más el equilibrio que sostiene al conjunto.
El verdadero riesgo, por tanto, no reside en una supuesta quiebra inmediata del sistema, sino en la normalización de estas prácticas. En aceptar como inevitable que los procesos judiciales se conviertan en escenarios de confrontación política. En asumir que la prudencia institucional es prescindible.
La separación de poderes no desaparece de un día para otro. Se diluye. Se desgasta en el ruido, en la prisa por imponer un relato, en la tentación de hablar antes de tiempo. Y quizá por eso, en medio de tanta urgencia política, convendría recordar algo esencial: hay silencios que también son una forma de respeto. Y, a veces, la más necesaria.
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